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Había una vez una niña llamada Lola que vivía en una casa muy peculiar al final de la Calle de los Suspiros. A simple vista, Lola parecía una niña común: le gustaban los helados de fresa, saltar en los charcos y coleccionar piedras con formas de animales. Sin embargo, su familia no era para nada común. El papá de Lola, el señor Bruno, era un hombre lobo que aullaba a las lámparas redondas pensando que eran lunas; su mamá, doña Elvira, era una elegante vampiresa que solo bebía zumo de tomate y dormía colgada de las vigas del techo; y su hermano mayor, Kiko, era un pequeño monstruo del pantano que dejaba huellas de barro verde por toda la alfombra.
Para Lola, su familia era perfecta, pero se acercaba un evento que la tenía muy nerviosa: el Día del Retrato Familiar en la escuela. La maestra, la señorita Amapola, había pedido a todos los niños que llevaran una fotografía o un dibujo de sus parientes para decorar el mural de la clase. Lola miraba las paredes de su casa y suspiraba. Tenía fotos de su padre persiguiendo ardillas en el parque, de su madre flotando sobre la mesa del comedor y de Kiko camuflado entre las plantas del jardín. —Si llevo estas fotos, todos pensarán que somos raros —pensó Lola con una pizca de tristeza.
Esa tarde, Lola decidió que ella misma pintaría el retrato más normal del mundo. Sacó sus pinceles y un lienzo grande. Llamó a su familia al salón para que posaran. —¡Escuchad todos! —anunció Lola con autoridad—. Necesito que parezcáis... normales. Papá, por favor, nada de orejas puntiagudas ni de intentar morder el pincel. Mamá, trata de tocar el suelo con los pies y no enseñes los colmillos al sonreír. Kiko, por lo que más quieras, ¡deja de soltar burbujas de lodo!
La familia Pérez-Feroz intentó esforzarse. El señor Bruno se puso un traje gris que le apretaba tanto que parecía un embutido peludo. Doña Elvira se puso un vestido de flores y trató de mantener una expresión seria para no mostrar sus dientes afilados. Kiko fue bañado y frotado hasta que su piel verde brilló, y le pusieron un lazo rojo en el cuello. Lola comenzó a pintar. Pintó a un hombre de pelo muy corto, a una mujer con una sonrisa cerrada y a un niño muy quieto. El resultado era un cuadro técnicamente perfecto, pero cuando Lola terminó, se dio cuenta de algo: no se parecían en nada a su familia. En el cuadro, su padre no se veía divertido, su madre no se veía elegante y Kiko parecía aburrido.
Esa noche, mientras Lola dormía, un viento travieso entró por la ventana y tiró el bote de pintura negra sobre el lienzo. A la mañana siguiente, Lola se despertó y gritó al ver el desastre. ¡El retrato normal estaba arruinado! Las manchas de pintura parecían garras y nubes oscuras. Faltaban solo dos horas para ir a la escuela. Lola empezó a llorar, pero entonces sintió una mano peluda en su hombro. Era su padre. —No llores, pequeña —dijo Bruno con su voz profunda—. Un retrato es solo papel. Lo que importa es el amor que hay dentro.
—Pero quiero que vean que somos una familia de verdad —sollozó Lola.
—Una familia de verdad es la que se divierte junta —añadió Doña Elvira, bajando del techo con gracia—. ¿Por qué no lo intentamos de nuevo, pero a nuestra manera?
Lola se secó las lágrimas y tomó un pincel nuevo. Esta vez no hubo reglas. Su padre se despeinó el pelaje y puso su mejor cara de lobo feliz. Su madre abrió la boca en una carcajada gigante, mostrando sus colmillos blancos y brillantes. Kiko saltó al centro, haciendo muecas y rodeado de sus queridas burbujas de pantano. Lola pintó con colores vibrantes: púrpuras, verdes neón, naranjas brillantes. Pintó el caos, las risas, el pelo volando y los ojos brillantes de alegría. En el centro del cuadro se pintó a sí misma, con una sonrisa de oreja a oreja, abrazando a su hermano monstruito.
Cuando llegó a la escuela, Lola sintió un pequeño nudo en el estómago. Vio los cuadros de sus compañeros: todos eran muy ordenados, con personas sentadas en sofás y sonrisas tímidas. Cuando llegó su turno, Lola caminó hacia el frente y desenrolló su lienzo. El salón se quedó en silencio. El cuadro de los Pérez-Feroz era una explosión de color y formas extrañas. La señorita Amapola se acercó, ajustándose las gafas.
—Lola... —dijo la maestra en un susurro—. Este cuadro es... ¡fascinante! Nunca había visto tanta energía en una pintura. Cuéntanos, ¿quiénes son?
Lola tomó aire y, con la cabeza muy alta, empezó a hablar. —Este es mi papá, es el mejor rastreador de tesoros y da los mejores abrazos peludos del mundo. Esta es mi mamá, que puede ver en la oscuridad y siempre sabe dónde pierdo mis calcetines. Y este es Kiko, mi hermano, que es un experto en encontrar ranas y nunca se queja por bañarse en el lodo. Son mi familia, y somos un poco diferentes, pero nos queremos muchísimo.
Para sorpresa de Lola, sus compañeros no se burlaron. Al contrario, todos se acercaron al mural con curiosidad.
—¡Guau, tu papá parece un superhéroe lobo! —dijo un niño.
—¡Ojalá mi mamá pudiera flotar como la tuya! —exclamó una niña emocionada.
Lola se dio cuenta de que no necesitaba esconder la naturaleza de su familia. Lo que hacía especial a su hogar no era la normalidad, sino la autenticidad. Durante el recreo, todos sus amigos querían saber más sobre cómo era vivir en una casa con un monstruo del pantano y una vampiresa. Lola les contó historias sobre las cenas de zumo de tomate y las canciones de cuna aulladas a la luna blanca.
Al final del día, cuando Lola regresó a casa, encontró a su familia esperándola con una tarta de chocolate (y un poco de barro para Kiko). Colgaron el retrato colorido justo encima de la chimenea. Lola se dio cuenta de que aquel cuadro no solo era una tarea escolar, sino un recordatorio de que ser diferente es lo que nos hace únicos y maravillosos. Y así, en la Calle de los Suspiros, la familia Pérez-Feroz siguió viviendo feliz, aullando, flotando y chapoteando, sabiendo que el retrato más hermoso es aquel que muestra quiénes somos de verdad.
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