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Había una vez, en el corazón de un valle cubierto de tréboles y margaritas, una colonia de hormigas que era famosa por su increíble organización. Desde que salía el primer rayo de sol hasta que la luna se asomaba por el horizonte, miles de patitas marchaban en fila, cargando semillas, trozos de hojas y migas de pan. Sin embargo, entre este mar de trabajadoras incansables, vivía una hormiguita llamada Lola. Lola era diferente a las demás, no porque fuera de otro color o tuviera antenas más largas, sino porque tenía una afición muy particular: le encantaba la siesta eterna. Mientras sus hermanas sudaban bajo el sol de verano, Lola buscaba la sombra de una gran seta roja y se dedicaba a observar las nubes. ¡Mira esa!, decía Lola señalando al cielo, parece un pastel de manzana. Sus compañeras, cargadas con granos de trigo que pesaban tres veces más que ellas, solo suspiraban y seguían su camino. La hormiga capataz, una anciana sabia llamada Doña Úrsula, se detenía a menudo frente a ella. Lola, el verano es corto y el invierno es largo y frío. Si no guardas ahora, tu estómago protestará después, le advertía con voz ronca pero amable. Pero Lola solo bostezaba y respondía: Mañana empezaré, Doña Úrsula. Hoy el sol está demasiado cálido para cargar cosas pesadas. Las semanas pasaron y el paisaje empezó a cambiar. Las flores perdieron sus pétalos y el viento comenzó a soplar con un silbido gélido. Las demás hormigas redoblaron sus esfuerzos, llenando los almacenes subterráneos hasta el techo. Intentaron convencer a Lola una última vez: ¡Ven con nosotros! Hemos encontrado un rastro de azúcar cerca del viejo roble, le gritaron. Pero Lola, acurrucada en una hoja seca, simplemente cerró los ojos y siguió soñando con campos de flores que nunca se marchitaban. De repente, una mañana, el mundo despertó pintado de blanco. La primera gran nevada había llegado. Lola se despertó con un escalofrío que le recorrió todo el exoesqueleto. Tenía mucha hambre, así que salió de su escondite esperando encontrar alguna baya caída. Pero donde antes había abundancia, ahora solo había una capa espesa de nieve y hielo. Buscó bajo las piedras, rascó la corteza de los árboles, pero no encontró ni una sola migaja. Desesperada y temblando de frío, se acercó a la entrada del hormiguero central. El calorcito que salía de la entrada olía a miel y a semillas tostadas. Con mucha vergüenza, Lola llamó a la puerta. Por favor, ¿podrían darme un poco de comida?, suplicó. Doña Úrsula salió a recibirla, pero su rostro no mostraba la sonrisa de siempre. Lola, dijo con firmeza, todas trabajamos juntas para que nadie pase hambre, pero tú elegiste descansar mientras nosotras nos esforzábamos. Si te damos nuestra comida ahora, pondremos en riesgo a las que sí cumplieron con su deber. No podemos premiar la pereza. La puerta se cerró suavemente, dejando a Lola sola en la inmensidad del invierno. Fue el momento más difícil de su vida. Pasó el resto de la tarde tiritando, dándose cuenta de que sus acciones tenían consecuencias reales. Sin embargo, Doña Úrsula, que tenía un corazón de oro, no quería que Lola sufriera para siempre, sino que aprendiera la lección. Al caer la noche, la puerta se abrió de nuevo. No te dejaremos fuera en la tormenta, dijo Doña Úrsula, pero aquí no hay comida gratis. Tendrás que ganarte tu lugar ayudando en la limpieza de los túneles y organizando el inventario para el próximo año. Lola entró llorando de gratitud. No era una tarea fácil; mientras las demás descansaban y disfrutaban de los banquetes, Lola pasaba horas barriendo pasillos y contando cada grano de arroz bajo la supervisión de la capataz. Pero en lugar de quejarse, Lola lo hacía con una sonrisa. Descubrió que el trabajo en equipo la hacía sentir parte de algo más grande y que el cansancio al final del día tenía un sabor dulce, el sabor del deber cumplido. Cuando finalmente llegó la primavera y el primer brote verde asomó entre la nieve, Lola fue la primera en salir. No esperaba a que nadie le dijera qué hacer. Se puso su pequeño arnés de carga y, antes de que el sol estuviera en lo alto, ya había traído tres semillas de girasol al almacén. Sus hermanas la miraban asombradas. La hormiga perezosa se había convertido en la hormiga más diligente del valle. Desde aquel invierno, Lola nunca más volvió a postergar sus tareas. Aprendió que el equilibrio entre el descanso y la responsabilidad es lo que mantiene vivo al hormiguero. Y así, con los graneros siempre llenos y el corazón contento, Lola y sus compañeras vivieron felices, trabajando juntas bajo el sol radiante de cada verano.
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