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Mamá Dragona tenía siete dragones, ¡cada uno de un color diferente! Estaba Rayito, rojo como una fresa jugosa; Solecito, amarillo como el sol brillante; Verdecito, verde como una hoja fresca; Azulito, azul como el cielo en verano; Violetita, violeta como una flor de lavanda; Rosita, rosa como un algodón de azúcar; e Índigo, índigo como el mar profundo. Eran pequeños y juguetones, y a Mamá Dragona le encantaba verlos volar y jugar juntos en el claro del bosque.
Un día, mientras Mamá Dragona buscaba bayas para el almuerzo, un ladrón muy, muy despistado llamado Rufino, ¡que era famoso por perder sus llaves y olvidar dónde había dejado su sombrero!, vio a los dragones. Rufino no era un ladrón malo, solo un poco... confundido. Pensó que los dragones de colores eran juguetes muy bonitos que alguien había dejado olvidados. "¡Qué suerte la mía!", exclamó Rufino, recogiendo a los siete dragones en un saco grande. "¡Estos adornarán mi casa de maravilla!"
Cuando Mamá Dragona regresó, ¡sus dragones no estaban! Estaba muy preocupada. "¡Mis bebés!", gritó, con lágrimas en los ojos. "¿Dónde estarán?"
Rayito, Solecito, Verdecito, Azulito, Violetita, Rosita e Índigo estaban muy asustados dentro del saco. Estaba oscuro y olía a calcetines viejos. "¡Mamá!", gimió Rayito. "¡Tenemos miedo!"
"¡No se preocupen, pequeñines!", susurró Solecito. "¡Encontraremos la forma de salir!"
Verdecito tuvo una idea. "¡Podemos hacer cosquillas al ladrón!", propuso.
Y así lo hicieron. Todos empezaron a hacer cosquillas con sus pequeñas colas y alas dentro del saco. Rufino, que caminaba por el bosque, empezó a reírse sin parar. "¡Ja, ja, ja!", reía Rufino. "¡Qué cosquillas! ¡Debe ser una ardilla traviesa!"
Pero las cosquillas no paraban. ¡Eran demasiadas cosquillas! Rufino se retorcía y se movía. De repente, tropezó con una raíz de árbol y ¡zas!, el saco se abrió y los siete dragones salieron rodando.
"¡Estamos libres!", gritó Azulito, volando hacia el cielo.
Los dragones, aunque un poco mareados, vieron a Rufino tirado en el suelo, riendo y tosiendo. Violetita sintió un poco de pena por él.
"¡Mira, está llorando!", dijo Rosita.
Índigo, el más valiente, se acercó a Rufino y le dio un pequeño empujón con su nariz. Rufino, al ver al pequeño dragón índigo, dejó de reír y lo miró con sorpresa.
"Oh...", dijo Rufino, con la cara roja. "¡Sois dragones de verdad! ¡Pensé que eran juguetes! Lo siento mucho. No quería robaros."
Mientras tanto, Mamá Dragona, que había estado buscando desesperadamente, escuchó las risas y los gritos. Siguió el sonido y llegó al claro donde estaban sus dragones y el ladrón.
Al ver a sus bebés sanos y salvos, corrió hacia ellos y los abrazó con fuerza. "¡Mis pequeños! ¡Estáis bien!", exclamó Mamá Dragona, aliviada.
Luego, miró a Rufino. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza gacha.
"¿Quién es este?", preguntó Mamá Dragona.
"Es Rufino, mamá", explicó Rayito. "Él no quería hacernos daño. Pensó que éramos juguetes."
Mamá Dragona se acercó a Rufino y le dijo: "Entiendo que te hayas equivocado, pero robar no está bien. ¿Por qué no nos ayudas a recoger bayas para el almuerzo? Así demostrarás que lo sientes de verdad."
Rufino, avergonzado, asintió con la cabeza. "Sí, claro. ¡Me encantaría ayudar!", dijo Rufino, levantándose.
Juntos, Mamá Dragona, los siete dragones y Rufino recogieron bayas para el almuerzo. Rufino, con mucho cuidado, intentó no perder ninguna baya y, ¡sorpresa!, no perdió nada. Hasta encontró las llaves que había perdido la semana pasada.
Después del almuerzo, Rufino se despidió de Mamá Dragona y de los dragones. "Lo siento mucho por lo que hice", dijo Rufino. "Prometo no volver a robar nada jamás."
"Todos cometemos errores", dijo Mamá Dragona. "Lo importante es aprender de ellos."
Rufino se fue del bosque, sintiéndose mucho mejor. Y Mamá Dragona y sus siete dragones arcoíris volvieron a casa, más felices que nunca. Sabían que aunque a veces pasen cosas malas, siempre hay una solución, ¡y que incluso un ladrón despistado puede aprender a ser amable!
Desde ese día, Rufino se dedicó a encontrar cosas perdidas para los demás. Se convirtió en el buscador oficial del bosque, y siempre devolvía todo lo que encontraba. Y cada vez que veía un arcoíris, se acordaba de los siete dragones y sonreía.
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