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En un río de aguas cristalinas, vivía una familia de duendes juguetones. Estaban Pomponio, la mamá duende, Donato, el papá duende, y sus tres traviesos hijos: Lila, Pipo y Tito. Un día, el río comenzó a secarse. "¡Ya no podemos vivir aquí!", exclamó Pomponio con tristeza. Donato, siempre optimista, dijo: "¡No teman! ¡Nos mudaremos a la Aldea Brillante! He oído que allí la gente es amable y generosa".
Y así fue. Empacaron sus pequeñas mochilas con bayas silvestres y piedrecitas brillantes, y emprendieron el camino hacia la Aldea Brillante. Al llegar, se encontraron con una aldea hermosa, pero… ¡algo no andaba bien! La gente parecía triste y gruñona. Nadie sonreía, nadie compartía.
Lila, Pipo y Tito, acostumbrados a la alegría del río, se sintieron muy tristes. Un día, vieron a un anciano sentado en la plaza, con la mirada perdida. Pipo se acercó tímidamente y le ofreció una baya. El anciano lo miró con sorpresa. "¿Por qué me das esto, pequeño?", preguntó.
"Porque parece triste", respondió Pipo con sinceridad. El anciano sonrió por primera vez en mucho tiempo. "En esta aldea, nadie da nada a nadie. Todos piensan solo en sí mismos", dijo con voz cansada.
Donato, que había estado escuchando, se acercó y dijo: "En nuestro pueblo, decimos: No es mendigo el que pide, es el que no da. Si todos compartieran un poco, la aldea sería más feliz".
Pomponio tuvo una idea. "¡Vamos a organizar una fiesta!", exclamó. Los duendes comenzaron a recolectar flores silvestres, a preparar pastelitos de bayas y a tocar música alegre con sus flautas de caña. Al principio, la gente de la aldea los miraba con desconfianza. Pero la música era tan contagiosa y el olor de los pastelitos tan delicioso que poco a poco comenzaron a acercarse.
Lila, Pipo y Tito bailaban y reían, contagiando su alegría a todos. Donato contaba historias divertidas, y Pomponio ofrecía pastelitos a cada uno. Poco a poco, las caras tristes se fueron iluminando con sonrisas. La aldea, que antes era gris, comenzó a llenarse de color y alegría.
Pero no todos estaban contentos. Había un hombre muy rico llamado Don Avariento, que vivía en la mansión más grande de la aldea. Don Avariento era egoísta y solo pensaba en acumular riquezas. Al ver la fiesta, sintió rabia. "¡Qué desperdicio de tiempo y recursos!", gruñó.
Don Avariento intentó sabotear la fiesta. Ordenó a sus sirvientes que dispersaran a la gente y que apagaran la música. Pero los duendes, con su astucia y alegría, lograron evitar que lo hiciera.
Donato se acercó a Don Avariento y le dijo: "En nuestro pueblo, sabemos que existen sólo trece caminos para la verdad y treinta y tres para una vida justa. Elegir el camino de la generosidad te traerá más felicidad que toda tu riqueza".
Don Avariento se burló de Donato. "¡Tonterías! La felicidad está en el dinero", dijo con desprecio. Pero en el fondo, una pequeña voz le decía que tal vez Donato tenía razón.
Esa noche, Don Avariento no pudo dormir. Pensó en la alegría que había visto en la fiesta y en las palabras de Donato. A la mañana siguiente, tomó una decisión. Salió de su mansión y se dirigió a la plaza del pueblo. Llevaba consigo un saco lleno de monedas de oro.
Al llegar a la plaza, Don Avariento anunció: "He sido un egoísta toda mi vida. Pero hoy quiero cambiar. Voy a compartir mi riqueza con todos ustedes". La gente de la aldea lo miró con incredulidad. Don Avariento comenzó a repartir monedas de oro a cada uno. Las caras de la gente se iluminaron de alegría.
Don Avariento sintió una felicidad que nunca antes había experimentado. Comprendió que la verdadera riqueza no está en acumular, sino en compartir. La Aldea Brillante se convirtió en un lugar aún más brillante.
Los duendes, felices de haber transformado la aldea, decidieron quedarse a vivir allí. Sabían que habían encontrado un lugar donde la generosidad y la alegría florecían. Y Don Avariento, convertido en un hombre generoso, se unió a ellos para construir una aldea aún más feliz.
Un día, la abuela del pueblo, Doña Sabia, le contó a los duendes una antigua leyenda: "Sólo los ángeles verdaderos mueren, los egoístas viven pero no disfrutan porque nada les es suficiente". Los duendes comprendieron que la verdadera vida está en dar y compartir, no en acumular y guardar. Y así, la Aldea Brillante se convirtió en un símbolo de la alegría, la generosidad y la verdadera felicidad.
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