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En la soleada clase de María, donde los niños de cuatro años aprendían a cantar y dibujar, estaban sucediendo cosas muy extrañas. Primero, las crayolas desaparecían misteriosamente, solo para reaparecer dentro del zapato de Pablo. Luego, la plastilina azul se convertía, de la noche a la mañana, en verde brillante. Y, por último, ¡todos los sombreros de papel, cuidadosamente decorados, amanecían colgados del ventilador del techo!
María, la profesora, estaba perpleja. Intentó encontrar una explicación lógica, pero nada tenía sentido. Un día, mientras los niños pintaban con acuarelas, notó que el bote de agua de Ana estaba lleno de confeti. ¡Confeti que no estaba allí hacía un segundo!
"Niños," dijo María con una voz suave, "¿Habéis visto algo raro hoy?"
Los niños se miraron entre sí con ojos curiosos. Sofía, la más observadora, levantó la mano. "Señorita María," dijo con voz tímida, "creo que vi algo moverse debajo de la mesa."
"¿Qué viste, Sofía?" preguntó María, con el corazón latiendo un poco más rápido.
"Era pequeño y verde, y tenía un sombrero puntiagudo," respondió Sofía.
María sonrió. "Niños, creo que sé lo que está pasando. Creo que tenemos duendes en la clase."
Los niños abrieron los ojos como platos. "¿Duendes?" preguntaron al unísono.
"Sí," dijo María. "Duendes traviesos. Serán muy pequeños, por eso no los vemos bien. Les gusta hacer bromas y cambiar las cosas de lugar."
Los niños se rieron. La idea de tener duendes en la clase era emocionante. Pero, ¿qué sería lo siguiente que harían?
Al día siguiente, la clase llegó y encontró todas las sillas apiladas en el centro de la habitación formando una gran torre. Los niños se rieron a carcajadas. ¡Estos duendes eran realmente traviesos!
"Tenemos que hacer algo," dijo María, riendo también. "No podemos dejar que los duendes hagan lo que quieran."
"¿Qué podemos hacer, Señorita María?" preguntó Pablo.
"Podemos intentar ser sus amigos," sugirió María. "Quizás si les demostramos que somos amables, dejarán de hacer tantas travesuras."
Los niños estuvieron de acuerdo. Decidieron dejar un pequeño regalo para los duendes. Sofía sugirió dejar una galleta. Pablo propuso dejar un dibujo colorido. Ana ofreció una pequeña flor que había recogido en el jardín.
Al final del día, dejaron una galleta, un dibujo colorido y una flor en un rincón de la clase. Al día siguiente, cuando llegaron, encontraron que los regalos habían desaparecido. En su lugar, había una pequeña nota escrita con letras temblorosas: "Gracias. Pero preferimos el chocolate."
Los niños se rieron de nuevo. ¡Incluso los duendes tenían sus preferencias! Decidieron, entonces, dejar un trozo de chocolate la noche siguiente.
A la mañana siguiente, el chocolate había desaparecido y, ¡sorpresa!, todas las crayolas estaban ordenadas por color en su caja, la plastilina azul era azul otra vez, y los sombreros de papel estaban de nuevo en la mesa. ¡Incluso habían añadido pequeñas lentejuelas brillantes a los dibujos de los niños!
Los niños estaban encantados. Parecía que los duendes habían apreciado el chocolate y habían decidido portarse mejor.
Pero la tranquilidad no duró mucho. Al día siguiente, descubrieron que todos los zapatos de los niños estaban atados con los cordones formando una larga cadena que serpenteaba por toda la clase.
"¡Oh, no!" exclamó María, riendo. "Parece que todavía les gusta hacer travesuras."
Los niños, en lugar de enfadarse, se unieron a la risa. Decidieron convertir la travesura en un juego. Intentaron desatarse los zapatos sin romper la cadena, trabajando en equipo.
Después de un rato, lograron desatarse todos los zapatos. Se dieron cuenta de que, aunque los duendes eran traviesos, también les estaban enseñando a trabajar juntos y a no tomarse las cosas demasiado en serio.
Desde ese día, las travesuras de los duendes continuaron, pero los niños ya no se asustaban ni se enfadaban. En lugar de eso, intentaban resolver los misterios y convertir las travesuras en juegos. Aprendieron a reírse de sí mismos y a disfrutar de la compañía de sus invisibles amigos. María, por su parte, aprendió que a veces, las cosas más extrañas pueden ser las más maravillosas, y que un poco de magia puede hacer que el aprendizaje sea mucho más divertido. Y aunque nunca vieron a los duendes, sabían que estaban ahí, haciendo de su clase un lugar muy especial. Cada vez que una crayola desaparecía o un sombrero aparecía en un lugar inesperado, los niños sonreían, sabiendo que los duendes traviesos estaban cerca, listos para la próxima aventura.
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