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Gratis · elegí una vozLucía amaba sus girasoles más que a nada en el mundo. Cada primavera, plantaba las pequeñas semillas con sus propias manos, cuidándolas como si fueran sus bebés. Les hablaba, les cantaba canciones tontas, y se aseguraba de que tuvieran suficiente agua y sol. Los girasoles, a cambio, crecían altos y fuertes, con sus cabezas doradas siempre mirando hacia el sol, como si estuvieran intentando darle un beso.
Pero una noche de primavera, algo extraño sucedió. Lucía salió al jardín para despedirse de sus girasoles antes de irse a dormir, como hacía cada noche. Pero en lugar de ver sus radiantes caras amarillas, vio… ¡tristeza! Los pétalos estaban caídos, como si estuvieran llorando, y sus tallos se inclinaban hacia el suelo.
“¿Qué les pasa?” susurró Lucía, con el corazón apesadumbrado. Tocó suavemente uno de los pétalos, y sintió que estaba húmedo. ¡Estaban llorando de verdad!
Lucía corrió a buscar a su abuela, Nana Elena, que siempre tenía una respuesta para todo. Nana Elena era sabia y conocía todos los secretos del jardín.
“Nana, Nana, ¡mis girasoles están tristes! ¡Están llorando!” exclamó Lucía, con lágrimas en los ojos.
Nana Elena sonrió suavemente y tomó la mano de Lucía. “Vamos a ver, mi niña.”
Juntas, fueron al jardín. Nana Elena examinó los girasoles cuidadosamente. Observó las hojas, tocó la tierra y olió las flores. Finalmente, se enderezó y dijo: “Ya veo lo que pasa. Tus girasoles están tristes porque se sienten solos.”
“¿Solos?” preguntó Lucía, confundida. “Pero están todos juntos en el jardín.”
“Sí, pero necesitan algo más que compañía,” explicó Nana Elena. “Necesitan escuchar algo hermoso, algo que les alegre el corazón. Los girasoles aman la música, Lucía. ¿Recuerdas la canción que les cantabas cuando eran pequeñas semillas?”
Lucía asintió. Era una canción tonta sobre un pequeño gusano que quería ser una mariposa.
“Cántales esa canción, Lucía. Cántales con todo tu corazón. Verás cómo se alegran.”
Lucía se acercó a los girasoles y comenzó a cantar la canción del gusano. Al principio, su voz era un poco temblorosa, pero a medida que cantaba, se sintió más segura. Cantó con alegría, imaginando al pequeño gusano revoloteando por el jardín con sus nuevas alas de mariposa.
Mientras cantaba, algo mágico comenzó a suceder. Los pétalos de los girasoles comenzaron a levantarse lentamente. Los tallos se enderezaron, y las cabezas doradas empezaron a brillar de nuevo. ¡Estaban sonriendo!
Cuando Lucía terminó la canción, los girasoles estaban radiantes. Parecían más felices que nunca.
“¡Funciona!” exclamó Lucía, abrazando a Nana Elena. “La música los hace felices.”
Nana Elena sonrió. “Así es, mi niña. La música tiene el poder de curar cualquier tristeza.”
Desde esa noche, Lucía cantó para sus girasoles cada día. Les cantaba canciones alegres, canciones tristes, canciones tontas y canciones hermosas. Les contaba historias sobre sus aventuras y les compartía sus sueños. Y los girasoles, a cambio, le regalaban la más hermosa de las sonrisas doradas.
Un día, Lucía notó que algunas abejas zumbaban alrededor de los girasoles. Al principio, se preocupó de que las abejas pudieran picar a las flores, pero Nana Elena le explicó que las abejas eran muy importantes.
“Las abejas ayudan a los girasoles a crecer y a dar semillas,” dijo Nana Elena. “Son como pequeños mensajeros de amor.”
Lucía decidió ayudar a las abejas. Plantó flores de colores brillantes alrededor de los girasoles, para que las abejas tuvieran mucha comida. También les puso pequeños platos con agua azucarada para que pudieran refrescarse en los días calurosos.
Los girasoles estaban encantados con las abejas. Les gustaba escuchar su zumbido alegre y verlas revolotear de flor en flor. Las abejas, a su vez, amaban los girasoles, porque les daban néctar dulce y polen dorado.
Lucía se dio cuenta de que la felicidad de sus girasoles no solo dependía de la música, sino también de tener amigos y ayudar a los demás. Aprendió que la alegría se multiplica cuando se comparte, y que incluso las flores más hermosas necesitan un poco de amor y cuidado para florecer. Y así, el jardín de Lucía se convirtió en un lugar mágico, lleno de música, amistad y girasoles sonrientes.
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