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Gratis · elegí una vozCuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, la pequeña Ina se sentaba junto a su abuelo en la entrada de la cueva. Él tenía las manos arrugadas, los ojos tranquilos y la voz pausada, como si cada palabra viniera de muy, muy lejos.
—Abuelo, ¿por qué hay dibujos en la piedra? —preguntó una tarde, señalando las figuras de animales y manos pintadas con ocre y carbón.
El abuelo sonrió, miró la roca como si pudiera ver a través de ella, y dijo:
—Esos no son dibujos, Ina. Son cuentos.
—¿Cuentos?
—Sí. Cada trazo guarda una historia. Mira ese bisonte de allá —señaló con un dedo tembloroso—. Lo pintó un joven valiente para pedir ayuda a los espíritus de la montaña antes de una gran cacería. Y esa mano al lado... es la suya. Dejó su marca para que nunca lo olvidaran.
Ina se quedó en silencio, con los ojos muy abiertos. El viento entraba suave por la boca de la cueva, como si también quisiera escuchar.
—¿Y esa figura con muchas piernas? —dijo señalando una figura extraña.
—Ah... ese es el espíritu del río —respondió el abuelo—. Lo pintaron cuando hubo una gran sequía. Alguien soñó con él, lo vio danzando entre las piedras, y al día siguiente, comenzó a llover.
—¿Tú también tienes un cuento en la roca, abuelo?
El anciano la miró con dulzura y asintió despacio.
—Una vez. Cuando tú naciste. Pinté una espiral junto al sol. Eso significa “vida nueva”.
Ina corrió hasta donde estaba el símbolo. Lo tocó con sus dedos pequeños.
—Entonces yo también soy parte del cuento…
—Tú eres el próximo capítulo, Ina —dijo él, y le pasó un trozo de piedra con pigmento ocre—. Ahora te toca a ti contar algo para los que vendrán.
Esa noche, bajo las estrellas, Ina dibujó su primer cuento. Un sol. Una niña. Y un abuelo.
Al día siguiente, Ina despertó emocionada. Corrió a la cueva, pero su abuelo no estaba en su lugar habitual. Lo encontró cerca del río, observando el agua con una expresión pensativa.
—Abuelo, ¿qué pasa? —preguntó Ina, preocupada.
—El río… está cambiando su curso —respondió el abuelo, con la voz cargada de preocupación—. Si sigue así, el pueblo tendrá problemas para conseguir agua.
Ina miró el río, sintiendo la angustia de su abuelo. Recordó la historia del espíritu del río pintado en la roca. ¿Podría ella hacer algo para ayudar?
—Abuelo, voy a pintar al espíritu del río —dijo Ina, decidida.
El abuelo la miró con sorpresa, pero asintió con una sonrisa. Ina recogió su trozo de piedra con pigmento ocre y regresó a la cueva. Observó la antigua pintura del espíritu del río, tratando de recordar cada detalle. Luego, comenzó a pintar su propia versión.
Dibujó al espíritu con muchas piernas, danzando entre las piedras. Pero esta vez, le añadió algo nuevo: lágrimas azules que caían de sus ojos, representando la tristeza por la sequía. También pintó pequeñas manos, las manos de los niños del pueblo, ofreciéndole flores al espíritu.
Cuando terminó, Ina se sintió agotada pero satisfecha. Mostró su pintura al abuelo, quien la observó con admiración.
—Es hermosa, Ina —dijo el abuelo—. Has capturado el espíritu del río y la esperanza de nuestro pueblo.
Juntos, Ina y su abuelo llevaron la pintura a la orilla del río. La colocaron sobre una gran piedra, a la vista de todos. Los habitantes del pueblo se reunieron para observar la nueva pintura. Algunos reconocieron el espíritu del río, otros se conmovieron por las lágrimas azules y las pequeñas manos que ofrecían flores.
Esa noche, Ina y su abuelo volvieron a la cueva. El cielo estaba lleno de estrellas, y el viento susurraba suavemente.
—¿Crees que mi pintura ayudará, abuelo? —preguntó Ina, con un hilo de duda en la voz.
—La fe mueve montañas, Ina —respondió el abuelo—. Tu pintura es una muestra de fe. Y eso es muy poderoso.
Al día siguiente, Ina y su abuelo se despertaron con un sonido diferente. Un sonido suave y persistente. Era el sonido de la lluvia. Corrieron afuera y vieron el cielo gris, cubierto de nubes. Las primeras gotas comenzaron a caer, lentamente al principio, y luego con más fuerza.
La lluvia continuó durante todo el día. El río comenzó a crecer, recuperando su curso original. El pueblo entero celebró con alegría. La pintura de Ina había funcionado. Había traído la lluvia y la esperanza de vuelta a su comunidad.
Desde ese día, Ina continuó pintando cuentos en la roca. Historias de alegría, de tristeza, de esperanza y de amor. Historias para recordar el pasado y para construir un futuro mejor. Y así, la cueva se convirtió en un libro abierto, lleno de los secretos pintados de Ina y de su abuelo, para que todos pudieran leerlos y aprender de ellos.
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