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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un valle verde y soleado, tres cerditos hermanos: Pipo, el más pequeño y juguetón; Pepe, el mediano, algo distraído; y Paco, el mayor, muy trabajador y responsable. Un día, su mamá cerdita los llamó a su lado.
"Mis queridos hijos," dijo con voz suave, "ya están grandes y es hora de que construyan sus propias casas. Recuerden ser cuidadosos, porque en el bosque vive un lobo soplón que le encanta derribar casas con su fuerte aliento."
Pipo, emocionado por la libertad, fue el primero en despedirse. "¡No te preocupes, mamá! ¡Construiré la casa más rápida y volveré pronto a jugar!" Con una sonrisa, Pipo se adentró en el bosque. No tardó mucho en encontrar un campo lleno de paja dorada. Pensó: "¡Esta es perfecta! Es fácil y rápido de construir". En poco tiempo, Pipo había levantado una casita de paja. Estaba tan orgulloso que se echó a dormir una siesta a la sombra de un árbol.
Pepe, que no era tan rápido como Pipo, pero tampoco tan lento como Paco, encontró un montón de ramas y palos. "Una casa de madera será mucho más resistente que la de paja," pensó. Aunque le costó un poco más de trabajo, Pepe logró construir una casita de madera. Estaba contento con su obra y se puso a cantar una canción alegre.
Paco, el mayor, sabía que el lobo soplón era un peligro real. Caminó por el bosque hasta encontrar un lugar con muchas piedras y ladrillos. "Construiré una casa fuerte, muy fuerte, que ni siquiera el lobo soplón pueda derribar," se prometió. Trabajó duro durante días, mezclando cemento y colocando ladrillo tras ladrillo. La casa de Paco era sólida y resistente.
Mientras tanto, el lobo soplón, que siempre andaba husmeando por el bosque, olió el aroma de los cerditos. "¡Qué festín me voy a dar!" pensó el lobo, relamiéndose los bigotes. Primero se dirigió a la casa de paja de Pipo. Llamó a la puerta con un rugido.
"¡Cerdito, cerdito, ábreme la puerta!"
Pipo, asustado, respondió: "¡No, no, no! ¡Por nada del mundo te abriré!"
El lobo soplón resopló con fuerza. "¡Entonces soplaré, soplaré, y tu casa derribaré!" Y sopló, y sopló, y sopló con todas sus fuerzas. La casita de paja de Pipo se desmoronó en un instante. Pipo, aterrorizado, corrió lo más rápido que pudo hacia la casa de madera de Pepe.
"¡Pepe, Pepe, ábreme! ¡El lobo soplón ha derribado mi casa!"
Pepe, preocupado por su hermano, abrió la puerta de inmediato. Los dos cerditos se escondieron dentro, temblando de miedo. El lobo soplón llegó a la casa de madera y llamó a la puerta con un gruñido.
"¡Cerditos, cerditos, ábranme la puerta!"
Pepe y Pipo respondieron al unísono: "¡No, no, no! ¡Por nada del mundo te abriremos!"
El lobo soplón resopló con más fuerza que antes. "¡Entonces soplaré, soplaré, y su casa derribaré!" Y sopló, y sopló, y sopló con todas sus fuerzas. La casita de madera tembló y crujió, pero resistió un poco más que la de paja. Sin embargo, al final, también se derrumbó. Pepe y Pipo, aún más asustados, corrieron hacia la casa de ladrillo de Paco.
"¡Paco, Paco, ábrenos! ¡El lobo soplón ha derribado nuestras casas!"
Paco, que había estado observando desde la ventana, abrió la puerta rápidamente. "¡Entren, rápido! ¡Aquí estarán seguros!"
Los tres cerditos se refugiaron en la casa de ladrillo. El lobo soplón llegó, furioso, y llamó a la puerta con rabia.
"¡Cerditos, cerditos, ábranme la puerta!"
Paco, con voz firme, respondió: "¡No, no, no! ¡Esta casa no la derribarás!"
El lobo soplón resopló con todas sus fuerzas, una y otra vez. Sopló, y sopló, y sopló sin parar. Pero la casa de ladrillo no se movió ni un poco. El lobo estaba exhausto y frustrado. Se sentó en el suelo, sin aliento, pensando en una manera de entrar.
Entonces, el lobo soplón vio la chimenea. "¡Ya sé! Subiré por la chimenea y los atraparé adentro!" pensó. El lobo comenzó a trepar por el tejado. Paco, que era muy inteligente, escuchó al lobo y rápidamente encendió el fuego en la chimenea. Puso una olla grande llena de agua hirviendo justo debajo de la chimenea.
El lobo soplón, al bajar por la chimenea, cayó directamente en la olla de agua hirviendo. ¡Aulló de dolor y salió corriendo de la casa! Corrió tan rápido como pudo, con el trasero quemado, y nunca más se le volvió a ver por el valle. Los tres cerditos, agradecidos y aliviados, vivieron felices para siempre en la casa de ladrillo de Paco. Pipo y Pepe aprendieron la lección de que el trabajo duro y la precaución son importantes para estar seguros.
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