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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle soleado donde los arcoíris parecían pintados a mano, tres cerditos muy amigos. Se llamaban Uno, Dos y Tres. Uno era un cerdito rosado brillante, Dos era un cerdito amarillo como el sol, y Tres era un cerdito azul como el cielo despejado. No eran cerditos ordinarios; ¡les encantaban los números y los colores!
Un día, mientras jugaban a contar margaritas amarillas (Uno contaba "¡Uno, dos, tres... diez margaritas!", Dos las agrupaba en montones de dos, y Tres intentaba hacer una torre de ellas, sin mucho éxito), decidieron organizar una gran fiesta. "¡Una fiesta de colores y números!", exclamó Uno, saltando de alegría.
"¡Sí!", gritó Dos, "¡Pero, ¿qué vamos a comer? Necesitamos pensar en la comida y los colores!" Tres, siempre el más práctico, dijo: "Primero, necesitamos una lista. ¡Una lista numérica de todo lo que necesitamos!"
Así que, Uno, Dos y Tres se pusieron a trabajar. Uno, con su amor por el rosa, sugirió fresas (¡diez fresas grandes y jugosas!), frambuesas (¡veinte frambuesas diminutas!), y pastelitos rosas con glaseado de fresa (¡tres pastelitos, uno para cada uno!). Dos, con su predilección por el amarillo, propuso plátanos (¡cinco plátanos maduros!), mangos (¡dos mangos grandes y amarillos!), y limonada burbujeante (¡un gran vaso de limonada, suficiente para los tres!). Tres, que adoraba el azul, pensó en arándanos (¡treinta arándanos azules!), uvas azules (¡cuarenta uvas redondas!), y un batido azul hecho con yogur y miel (¡tres batidos, uno para cada uno!).
Con la lista hecha, los tres cerditos se dirigieron al mercado del pueblo. El mercado era un torbellino de colores y olores. Vieron manzanas rojas brillantes, naranjas jugosas, pimientos verdes crujientes y berenjenas moradas relucientes. Uno compró sus fresas y frambuesas a una amable anciana con un sombrero rosa. Dos encontró sus plátanos y mangos en un puesto atendido por un mono muy divertido que hacía malabares con naranjas. Tres recogió sus arándanos y uvas azules de un granjero que tenía una barba tan azul como sus bayas.
Mientras compraban, un lobo grande y gris, llamado Cero, los observaba desde la distancia. Cero era un lobo solitario que no entendía los números ni los colores. Siempre se sentía excluido de las fiestas y la diversión. Pensó: "¿Por qué esos cerditos están tan felices? ¡Yo también quiero una fiesta!"
De vuelta en casa, los tres cerditos comenzaron a preparar la fiesta. Uno lavó las fresas y frambuesas con mucho cuidado. Dos peló los plátanos y cortó los mangos en trozos pequeños. Tres hizo el batido azul más delicioso que jamás hubieran probado.
Cuando todo estuvo listo, colocaron la comida en una mesa cubierta con un mantel a cuadros de colores. Invitaron a todos sus amigos: la vaca, el pato, el gallo y la oveja. Todos trajeron algo para compartir. La vaca trajo leche fresca, el pato trajo galletas de avena, el gallo trajo huevos duros y la oveja trajo lana de colores para hacer pulseras.
La fiesta fue un éxito rotundo. Todos comieron, bebieron, bailaron y jugaron. Uno contó chistes, Dos hizo trucos de magia y Tres enseñó a todos a contar hasta diez. Incluso la vaca aprendió a hacer malabares con huevos duros (¡aunque algunos se rompieron!).
Mientras la fiesta estaba en pleno apogeo, Cero, el lobo, se acercó tímidamente. Estaba cubierto de barro y se sentía muy avergonzado. "¿Puedo... puedo unirme a su fiesta?", preguntó con voz temblorosa.
Los tres cerditos se sorprendieron al verlo, pero Uno, siendo el más amigable, dijo: "¡Por supuesto que puedes! ¡Todos son bienvenidos a nuestra fiesta de colores y números!".
Cero entró y se sintió un poco incómodo al principio. Nunca había estado en una fiesta así. Pero pronto, Uno le ofreció un pastelito rosa, Dos le dio un vaso de limonada y Tres le enseñó a contar arándanos. Cero descubrió que le gustaban los colores y los números después de todo.
Al final de la fiesta, Cero ya no era un lobo solitario. Había hecho nuevos amigos y había aprendido que la amistad y la diversión son mucho más importantes que los números o los colores en sí mismos. Y los tres cerditos, Uno, Dos y Tres, aprendieron que compartir su alegría con los demás hacía que la fiesta fuera aún más especial. Desde ese día, siempre incluyeron a Cero en todas sus aventuras, demostrando que la amistad verdadera no conoce números ni colores. Siempre contaban: "¡Uno, Dos, Tres y Cero! ¡Cuatro amigos para siempre!"
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