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Luana tenía 9 años y un secreto: soñaba con ser presidenta. No para mandar, sino para arreglar el mundo… empezando por su barrio. Un día, ¡zas!, su sueño se hizo realidad. Un hada despistada, confundiendo su casa con el palacio presidencial, le concedió un día como Presidenta de la República.
Luana, con su pijama de ositos y su corona de papel (que usaba para jugar a la reina), se sentó en el sillón gigante que, de repente, apareció en su sala. En la mesa, no había papeles aburridos, ¡sino un plato lleno de galletas con chispas de chocolate! "¡Esto sí es un buen trabajo!", pensó Luana.
Lo primero que hizo fue llamar a su mejor amigo, Tomás. "¡Tomás, soy la presidenta!", le dijo. Tomás, que estaba jugando con sus canicas, soltó una carcajada. "¡Claro, y yo soy el Rey del Universo! ¿Qué quieres, Luana?". Luana le contó todo. Al principio, Tomás no lo creyó, pero cuando vio las cámaras de televisión afuera de su casa, supo que Luana no estaba bromeando.
"Necesito tu ayuda, Presidente Tomás", dijo Luana, usando el título oficial que acababa de inventar. "¡Tenemos que hacer algo importante! Pero… ¿qué?".
Mientras pensaban, Luana tomó una galleta. ¡Mmmm, deliciosa! Tomás también agarró una. ¡Y otra! De repente, Luana notó algo extraño. "¡Tomás! ¡Están desapareciendo las galletas! ¡Es un misterio! ¡Un misterio presidencial!".
Tomás se rio. "Luana, ¡nos las estamos comiendo nosotros!" Pero Luana insistió. "No, Tomás, esto es más serio. ¡Es un complot! ¡Un complot de las galletas desaparecidas! Como presidenta, debo investigar".
Luana declaró el "Estado de Emergencia Galletil" y nombró a Tomás su "Ministro de Investigación Dulce". Juntos, empezaron a buscar pistas. Revisaron debajo del sillón, detrás de las cortinas, incluso dentro del jarrón de flores (que, por suerte, estaba vacío).
Encontraron migajas. Muchas migajas. "¡Evidencia!", exclamó Luana. "Las migajas nos llevarán al culpable". Siguieron el rastro de migajas hasta… ¡la cocina! Allí, encontraron a su perro, Max, con la cara llena de chocolate y el plato de galletas casi vacío.
Max movió la cola tímidamente. "¡Max! ¡Tú eres el culpable! ¡El culpable del complot de las galletas desaparecidas!", dijo Luana, con una sonrisa. Max lamió la mano de Luana. Era imposible enojarse con él.
Luana y Tomás se rieron. Habían resuelto el misterio más importante del día. Pero Luana sabía que ser presidenta era más que resolver misterios de galletas. Tenía que hacer algo importante para su país, aunque solo fuera por un día.
Recordó que siempre veía a los niños de su barrio jugando en un parque pequeño y descuidado. "¡Ya sé!", dijo Luana. "¡Voy a mejorar el parque!" Llamó a todos los canales de televisión y les dijo: "Presidenta Luana anuncia la Operación Parque Feliz".
Con la ayuda de Tomás, Max (que ahora era el "Ministro de Alegría Canina") y un equipo de trabajadores muy amables, Luana transformó el parque. Plantaron flores, pintaron los columpios de colores brillantes y construyeron un arenero gigante.
Cuando los niños del barrio vieron el nuevo parque, corrieron a jugar, gritando de alegría. Luana se sintió feliz. Había hecho algo bueno. Había usado su día como presidenta para hacer sonreír a la gente.
Al final del día, el hada regresó. "Tu tiempo como presidenta ha terminado, Luana. Has hecho un buen trabajo". El sillón gigante desapareció, las cámaras de televisión se fueron y Luana volvió a estar en su pijama de ositos, con su corona de papel.
Pero el parque seguía ahí, brillante y lleno de niños jugando. Y Luana sabía que, aunque solo hubiera sido por un día, había sido la mejor presidenta del mundo. Y quizás, solo quizás, un día lo sería de verdad, pero con galletas para todos. Esa noche, antes de dormir, Luana le susurró a Max: "Recuerda, Max, como ministros, tenemos la responsabilidad de mantener felices a todos". Max movió la cola, soñando con más galletas y más parques felices.
Al día siguiente, Tomás le preguntó a Luana: "¿Crees que algún día serás presidenta de verdad?". Luana sonrió. "No lo sé, Tomás. Pero sé que siempre puedo hacer algo para ayudar a los demás, incluso si solo tengo una corona de papel y un perro comegalletas". Y juntos, fueron al parque a jugar con sus amigos.
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