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Había una vez un niño llamado Lucas que amaba los colores, los patrones y, sobre todo, las reglas. Lucas tenía un diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA), lo que significaba que su cerebro procesaba el mundo de una forma única y maravillosa. Para Lucas, los números siempre sumaban lo mismo y los trenes siempre seguían la misma vía. El orden le daba paz. Sin embargo, había algo que Lucas no lograba descifrar por completo: el concepto de perder en un juego.
Para Lucas, jugar era como resolver un rompecabezas. Si seguías todas las reglas y hacías los movimientos correctos, el resultado lógico debía ser la victoria. Cuando el dado mostraba un número que no lo favorecía o cuando otro niño llegaba primero a la meta, el mundo de Lucas se desmoronaba. No era capricho ni falta de educación; era una confusión profunda, como si alguien le dijera que dos más dos ya no eran cuatro. Sentía un torbellino en el pecho, un ruido fuerte en sus oídos y un deseo inmenso de salir corriendo.
Un martes por la tarde, en el salón de clases, la maestra Clara anunció que jugarían a El Camino de la Selva, un juego de mesa con fichas de animales. Lucas eligió el elefante azul, su favorito. Se sentó con sus compañeros: Sofía, que siempre sonreía, y Mateo, que era muy rápido para contar. Lucas se aseguró de que su ficha estuviera perfectamente centrada en la casilla de salida. En su mente, ya había trazado el camino hacia la victoria. Ganar significaba que todo estaba en su lugar.
El juego comenzó. Sofía lanzó el dado y avanzó tres espacios. Mateo lanzó y avanzó cinco. Cuando llegó el turno de Lucas, sacó un seis. Sus ojos brillaron. Estoy haciendo todo bien, pensó. Pero a mitad de la partida, la suerte cambió. Sofía cayó en una casilla de atalló y saltó directamente cerca de la meta. Mateo, con un lanzamiento afortunado, superó a Lucas. De repente, Mateo gritó con alegría: ¡Llegué! ¡He ganado!.
El silencio cayó sobre Lucas. El elefante azul todavía estaba a diez casillas del final. Para Lucas, esto no tenía sentido. Él había seguido las reglas, no se había distraído y había movido su ficha con precisión. Si no ganaba, ¿significaba que el juego estaba roto? ¿O que él estaba roto? El torbellino empezó a girar en su estómago. Sus manos comenzaron a aletear nerviosas y sus ojos se llenaron de lágrimas de pura frustración. No vale, susurró. El juego no funciona.
La maestra Clara, que conocía muy bien cómo funcionaba el corazón de Lucas, se acercó con calma. No le dijo que no llorara, ni lo regañó. En lugar de eso, se sentó a su altura y sacó una libreta pequeña donde solía dibujar para explicarle cosas. Lucas, dijo con voz suave, veo que tu elefante azul hizo un viaje increíble hoy. Mira todos los paisajes por los que pasó.
Lucas miró el tablero. Pero no llegó primero, Clara. Si no llega primero, el camino no termina, respondió él con la voz entrecortada.
Clara dibujó un círculo grande en su papel. Imagina que jugar es como un círculo, Lucas. En un extremo está la Victoria y en el otro está el Aprendizaje. A veces la flecha apunta a un lado y a veces al otro, pero el círculo siempre sigue siendo el Juego. Ganar es divertido, pero Perder es solo otra forma de jugar. No significa que hiciste algo mal, solo significa que hoy el dado tenía otros planes.
Lucas observó el dibujo. Le gustaban los círculos. ¿Entonces el elefante azul no está triste?, preguntó.
El elefante azul está orgulloso porque recorrió el camino, intervino Sofía, acercándose con cuidado. A mí también me gusta jugar contigo porque cuentas los espacios muy rápido y nunca te equivocas.
Lucas procesó las palabras de Sofía. El orden no estaba en el resultado, sino en el proceso. Empezó a entender que el juego no era una ecuación matemática con una sola respuesta correcta. Era más bien como una canción: a veces termina en una nota alta y otras veces en una nota baja, pero la música es hermosa de cualquier manera.
Esa tarde, Clara le propuso un trato. Crearían un Manual del Buen Jugador especial para el salón. Lucas, entusiasmado por la idea de crear reglas, se puso manos a la obra. Escribió con su letra clara: Regla número 1: El dado decide el camino, no el niño. Regla número 2: Divertirse es el premio secreto que todos ganan. Regla número 3: Si no llegas primero, puedes intentarlo en la próxima vuelta.
A la semana siguiente, volvieron a jugar. Esta vez era un juego de cartas. Lucas no ganó, pero cuando Mateo se llevó la victoria, Lucas respiró hondo, cerró los ojos y contó hasta diez, imaginando el círculo de la maestra Clara. Sintió un poco de decepción, sí, pero ya no era un torbellino incontrolable. Miró a sus amigos y dijo, casi en un susurro: Buen juego, Mateo.
Fue un momento pequeño para el mundo, pero un paso gigante para Lucas. Comprendió que perder no era el fin del mundo, sino simplemente la señal de que el juego había terminado por ahora y que pronto comenzaría uno nuevo. Al llegar a casa, le contó a su mamá que su elefante azul no había ganado, pero que se había divertido mucho saltando sobre los ríos de cartón del tablero. Lucas descubrió que, aunque ganar se siente como un rayo de sol, aprender a perder es como tener un paraguas: te protege y te permite seguir caminando, sin importar el clima del dado. Y así, entre dados, risas y nuevos amigos, Lucas aprendió que el juego más importante no es el que se gana en el tablero, sino el que se disfruta con el corazón.
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