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Gratis · elegí una vozEn lo alto, más allá de las nubes esponjosas y las estrellas titilantes, vivía una reina muy especial. Se llamaba Reina Celeste, y su reino era todo el cielo. Su palacio estaba hecho de nubes de algodón de azúcar, sus ventanas eran constelaciones brillantes, y su trono era un arcoíris permanente. La Reina Celeste amaba observar a los niños en la Tierra. Le gustaba verlos reír, jugar y soñar.
Pero la Reina Celeste tenía un secreto. A pesar de toda su belleza y poder, se sentía sola. Extrañaba tener un amigo, alguien con quien compartir la inmensidad del cielo y la belleza de las estrellas fugaces.
En un pequeño pueblo, al pie de una montaña altísima, vivía una niña llamada Lucero. Lucero amaba mirar las estrellas. Cada noche, se sentaba en el balcón de su casa con su telescopio, explorando las constelaciones y soñando con visitar el espacio. Una noche, mientras observaba la luna, vio algo inusual: una luz brillante, más intensa que cualquier estrella, que se movía hacia ella.
La luz se acercó y se transformó en un pequeño mensajero celeste, con alas de plumas doradas y una sonrisa brillante. “La Reina Celeste te invita a su palacio,” dijo el mensajero. “Ella ha visto tu amor por las estrellas y desea conocerte.”
Lucero no podía creerlo. ¡La Reina Celeste la estaba invitando! Sin dudarlo, aceptó la invitación. El mensajero la tomó de la mano, y juntos volaron hacia el cielo, dejando atrás el pequeño pueblo y la montaña. El viaje fue mágico. Las nubes parecían castillos de algodón, y las estrellas les guiñaban un ojo al pasar.
Finalmente, llegaron al palacio de la Reina Celeste. Era aún más hermoso de lo que Lucero había imaginado. La Reina Celeste los esperaba en el jardín, rodeada de flores luminosas y cascadas de luz. La Reina Celeste era radiante, con un vestido hecho de polvo de estrellas y una corona de constelaciones.
“Bienvenida, Lucero,” dijo la Reina Celeste con una voz suave como el viento. “He estado observándote. Me encanta tu curiosidad y tu amor por el cielo.”
Lucero se sintió un poco nerviosa, pero la Reina Celeste era tan amable que pronto se relajó. Hablaron durante horas. Lucero le contó a la Reina Celeste sobre sus sueños de explorar el espacio, y la Reina Celeste le contó a Lucero sobre la inmensidad del cielo y la belleza de las estrellas. Lucero le contó a la Reina Celeste sobre sus amigos y su familia, sobre las flores de su jardin y sobre las historias que le contaba su abuela.
La Reina Celeste se dio cuenta de que Lucero era una niña especial, llena de alegría y bondad. Y Lucero se dio cuenta de que la Reina Celeste, a pesar de su poder y belleza, era una persona amable y solitaria.
“Lucero,” dijo la Reina Celeste, “me siento muy feliz de haberte conocido. Me has alegrado mucho el corazón. Me has hecho sentir menos sola.”
Lucero sonrió. “Yo también estoy muy feliz de haberte conocido, Reina Celeste. Me encanta tu palacio y tu jardín, y me encanta hablar contigo.”
La Reina Celeste decidió hacerle un regalo a Lucero. Le regaló un pequeño pedazo de estrella fugaz, que brillaba con una luz suave y cálida. “Lleva esto contigo, Lucero,” dijo la Reina Celeste. “Te recordará siempre nuestra amistad, y te guiará en tus sueños.”
Lucero agradeció el regalo con el corazón lleno de alegría. Sabía que nunca olvidaría su encuentro con la Reina Celeste. El mensajero celeste la llevó de regreso a su casa, y Lucero se despidió de la Reina Celeste con una promesa de visitarla pronto.
De vuelta en su balcón, Lucero abrazó el pedazo de estrella fugaz. Brillaba suavemente, recordándole la amistad que había encontrado en el cielo. A partir de esa noche, Lucero nunca dejó de mirar las estrellas. Sabía que, en lo alto, la Reina Celeste la estaba observando, y que ahora, ya no estaba sola. La amistad entre la niña y la reina llenó el cielo de una luz aún más brillante, una luz que iluminaba los sueños de todos los niños en la Tierra. Y la Reina Celeste ya no se sentía sola, porque sabía que, en algún lugar, al pie de una montaña, una niña llamada Lucero la recordaba con cariño.
Cada noche, antes de dormir, Lucero miraba al cielo y susurraba: "Buenas noches, Reina Celeste." Y en lo alto, más allá de las nubes, la Reina Celeste sonreía, sabiendo que su amiga Lucero estaba soñando con las estrellas.
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