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Gratis · elegí una vozLucía era nueva en la escuela. Todo le resultaba extraño: los pasillos largos y llenos de eco, los salones con pupitres ordenados, las voces de los demás chicos que parecían hablar un idioma secreto. Sentía un nudo en el estómago cada vez que sonaba el timbre, indicando el cambio de clase. Pero cuando llegó el primer recreo, algo lindo sucedió. Dos chicas del grado, Sofía y Lara, se acercaron con una sonrisa que parecía un rayo de sol.
—¿Querés venir con nosotras? —le preguntó Sofía, extendiéndole una mano.
Lucía asintió con entusiasmo. Por un momento, sintió que tal vez ese día, a pesar de todo, sería bueno. Tal vez la escuela no era tan aterradora como imaginaba.
Estaban por comenzar un juego de las escondidas cuando aparecieron Morena y María, dos chicas que también iban al mismo grado. Morena frunció el ceño, sus ojos oscuros brillando con algo que Lucía no entendía. Sin saludar, y elevando la voz para que todos escucharan, dijo:
—No dejen que Lucía juegue. Es rara… y su cabello es feo.
María, a su lado, agregó con una risita cruel que resonó en los oídos de Lucía:
—Sí, además huele raro.
Lucía bajó la mirada. Las palabras, como pequeñas flechas envenenadas, la habían lastimado profundamente. Su corazón latía con fuerza en su pecho y sintió un calor en las mejillas. Sin decir nada, se alejó despacito, arrastrando los pies, sintiendo que la alegría incipiente del recreo se le escapaba de las manos como arena entre los dedos. Buscó un rincón solitario en el patio, cerca de un viejo árbol cuyas ramas se extendían como brazos protectores.
Sofía se quedó quieta, mirando todo con el ceño fruncido. No entendía por qué Morena había dicho eso. Lucía no le parecía rara. Le parecía una nena como cualquiera… solo que ahora estaba triste y sola. Sofía se sintió incómoda. Quería caerle bien a Morena y María, porque eran populares y divertidas, pero lo que habían dicho no le había gustado. Algo dentro suyo, una vocecita suave pero insistente, le decía que eso no estaba bien. Que era injusto y cruel.
Entonces, respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco, y dijo con firmeza, su voz temblando apenas:
—A mí no me parece justo dejarla afuera. Si no la dejan jugar, yo tampoco quiero jugar con ustedes.
Morena la miró sorprendida, con los ojos muy abiertos. No esperaba esa respuesta. Frunció los labios con disgusto, dio media vuelta con un movimiento brusco y se fue, caminando con pasos rápidos y decididos. María, sin decir una palabra, la siguió en silencio, con la mirada fija en la espalda de Morena.
Pero Lara se quedó junto a Sofía. La miró con admiración y le sonrió.
—Vamos a buscar a Lucía —dijo Sofía, decidida a reparar el daño causado por las palabras hirientes.
Lara sonrió y asintió. Juntas caminaron hacia donde Lucía estaba sentada, con la mirada perdida en el suelo, dibujando figuras imaginarias con la punta de su zapato. Parecía una pequeña estatua de tristeza.
—¿Querés jugar con nosotras? —le preguntó Sofía con dulzura, acercándose con cuidado.
Lucía las miró, primero sorprendida, con los ojos llenos de lágrimas que amenazaban con caer. Luego sonrió. Una sonrisa tímida y pequeña, pero sincera y llena de esperanza. Se puso de pie, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano, y las tres fueron juntas a jugar a la soga.
Al principio, Lucía se movía con torpeza, sintiendo que todos la observaban. Pero Sofía y Lara la animaron, contándole chistes y haciéndola reír. Poco a poco, la tensión se fue desvaneciendo y las risas comenzaron a sonar otra vez en el recreo, mezclándose con el canto de los pájaros en los árboles.
Ese día, Lucía aprendió que la escuela no era solo pasillos y salones, sino también un lugar donde podía encontrar amigas verdaderas. Y Sofía aprendió que a veces, ser firme no es pelear con gritos y empujones. Es simplemente hacer lo correcto, defender a quien lo necesita, aunque cueste enfrentar a los demás. Es construir un puente de amistad donde antes había un muro de palabras crueles. Y ese puente, pensó Sofía, era mucho más fuerte que cualquier muro.
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