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Había una vez, en un salón de clases lleno de dibujos de colores y olor a lápices recién tajados, una niña llamada Lucía. Lucía tenía siete años, unos ojos brillantes como canicas y una energía que parecía no acabarse nunca. Sin embargo, Lucía guardaba dentro de ella un pequeño volcán que, a veces, entraba en erupción de la peor manera posible. Todo comenzó en el recreo de los lunes. Mientras sus compañeras, Sofía y Valentina, saltaban la cuerda y reían bajo el sol, Lucía las observaba desde la sombra de un gran roble. Ella quería jugar, quería saltar tan alto como ellas y sentir el viento en la cara, pero no sabía cómo pedirlo. Se acercaba lentamente, pero al llegar frente a ellas, se quedaba muda. Sus manos empezaban a sudar y su corazón latía rápido, como un tambor. —¡Hola! —quiso decir, pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta. Al ver que Sofía y Valentina seguían jugando sin notar su presencia, una chispa de frustración se encendió en su pecho. Esa chispa se convirtió en un fuego que bajó por sus brazos hasta llegar a sus dedos. Sin pensarlo, Lucía se acercó a Valentina y le dio un fuerte pellizco en el brazo. —¡Ay! —gritó Valentina, sobándose la zona lastimada con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué hiciste eso, Lucía? Eres muy mala. Las niñas se alejaron corriendo, dejando a Lucía sola con una sensación extraña: una mezcla de alivio momentáneo porque finalmente la habían mirado, y una tristeza profunda porque ahora estaban enojadas con ella. Al día siguiente, la situación no mejoró. En la clase de arte, mientras todos pintaban con acuarelas, Lucía intentó unirse a la mesa de las niñas. Pero el recuerdo del pellizco seguía fresco, y las demás movieron sus sillas para dejarle menos espacio. El volcán de Lucía volvió a rugir. Sintió que nadie la quería, que era invisible a menos que hiciera algo ruidoso o doloroso. Entonces, extendió su mano y empujó a Sofía, haciendo que su pincel manchara todo el dibujo de un hermoso castillo. —¡Ya basta, Lucía! —exclamó la maestra, la señorita Amalia, quien había estado observando todo desde su escritorio con mucha atención. La señorita Amalia no gritó. Se acercó a Lucía, se puso a su altura y la invitó a sentarse en el Rincón de la Calma, un espacio con cojines suaves y frascos de purpurina. Lucía estaba furiosa, pero también tenía ganas de llorar. —Lucía —dijo la maestra con voz dulce—, veo que tus manos están buscando una forma de hablar, pero están usando palabras que duelen. ¿Qué siente tu corazón ahora mismo? Lucía bajó la mirada y, por primera vez, las palabras salieron: —Siento que soy un fantasma. Ellas juegan y yo no sé cómo entrar en el juego. Me da rabia que no me vean, y cuando pego, al menos me miran. La señorita Amalia asintió con comprensión. —Entiendo que te sientas sola, Lucía. La soledad es una emoción muy pesada. Pero cuando usas la agresión, construyes un muro de espinas alrededor de ti. Las niñas no se acercan porque tengan miedo de salir lastimadas, no porque no quieran jugar contigo. Imagina que cada vez que pellizcas o empujas, pones un ladrillo más en ese muro. Al final, te quedarás encerrada y nadie podrá pasar. Lucía imaginó el muro de espinas y sintió un escalofrío. Ella no quería estar encerrada; ella quería estar en el círculo de la cuerda saltarina. —Pero, ¿cómo hago para que me vean sin lastimarlas? —preguntó Lucía con un hilo de voz. —Usando tus palabras —respondió la maestra—. Las manos son para crear, para abrazar y para ayudar, no para herir. Si quieres jugar, debes decir: ¿Puedo unirme?. Si te sientes triste porque no te incluyen, puedes decir: Me siento sola, ¿puedo jugar con ustedes?. Las palabras son puentes, Lucía, mientras que los golpes son muros. Esa tarde, la señorita Amalia organizó una actividad grupal llamada El Círculo de los Sentimientos. Todos los niños se sentaron en el suelo. La maestra explicó que a veces todos nos sentimos enojados o tristes, pero que nuestro cuerpo no debe ser un arma contra los demás. Luego, le dio a Lucía la oportunidad de hablar. —Perdón por los pellizcos y los empujones —dijo Lucía, mirando a Valentina y a Sofía—. Estaba enojada porque quería jugar y no sabía cómo pedirlo. Me sentía muy sola. Valentina miró su brazo y luego miró a Lucía. —No sabíamos que querías jugar, pensamos que querías molestarnos. Si nos pegas, nos da miedo estar cerca de ti. —No volveré a hacerlo —prometió Lucía—. Voy a intentar que mis manos sean solo para pintar y para chocar los cinco. A partir de ese día, las cosas cambiaron en el salón. No fue fácil, pues a veces el volcán de Lucía todavía quería soltar un poco de humo, pero ella aprendió a respirar profundo y a contar hasta diez antes de actuar. Aprendió que cuando sentía esa presión en el pecho, era mejor buscar a la maestra o usar sus palabras puente. Un viernes, durante el recreo largo, Lucía se acercó al patio. Sofía y Valentina estaban allí, listas para empezar un juego de escondite. Lucía sintió el viejo impulso de correr y empujar para llamar la atención, pero se detuvo. Respiró el aire fresco, abrió sus manos y las mantuvo a los costados. Se acercó despacio y, con una sonrisa valiente, preguntó: —¿Tienen espacio para una buscadora más? Sofía sonrió de vuelta y le hizo un espacio en el grupo. —¡Claro que sí, Lucía! Tú cuentas primero. Lucía cerró los ojos y empezó a contar: Uno, dos, tres.... Se sentía feliz. Sus manos ya no eran herramientas de dolor, sino parte de un juego compartido. Comprendió que el respeto y la amabilidad eran las llaves mágicas que abrían todas las puertas de la amistad, y que un corazón que sabe expresar lo que siente, nunca necesita usar los puños para ser escuchado. El muro de espinas se había derrumbado, y en su lugar, Lucía había construido un puente de palabras que la llevaría a tener muchas tardes de risas y juegos.
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