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Gratis · elegí una vozLucía era una niña curiosa como un gatito explorando una caja llena de ovillos de lana. Le encantaba hacer preguntas, sobre todo a su Abuela Rosa, una mujer sabia y con el corazón lleno de historias. La Abuela Rosa tenía arrugas que parecían mapas de aventuras y una sonrisa que iluminaba toda la casa.
Un día, Lucía vio a su Abuela Rosa preparar velas de colores. No eran velas comunes; cada una tenía un aroma especial y un pequeño adorno. "¿Qué haces, Abuela?", preguntó Lucía, con los ojos brillantes de curiosidad.
"Estoy preparando las velas del recuerdo, mi niña", respondió la Abuela Rosa con una voz suave como la seda. "Mañana es el Día de los Muertos, y estas velas nos ayudarán a recordar a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros".
Lucía frunció el ceño. "¿Recordar? ¿Pero cómo nos van a ayudar las velas?"
La Abuela Rosa sonrió. "Cada vela tiene un poquito de magia. Su luz nos guía hacia los recuerdos felices, y su aroma nos trae a la memoria los momentos especiales que compartimos con ellos".
Al día siguiente, Lucía y su Abuela Rosa fueron al cementerio. El lugar estaba lleno de flores de cempasúchil, coloridas ofrendas y familias reunidas. Lucía se sentía un poco nerviosa; nunca había estado en un cementerio antes. Pero la mano cálida de su Abuela Rosa la tranquilizó.
En la entrada, los recibió Don Ernesto, el cuidador del cementerio. Era un hombre amable con una barba blanca y unos ojos que parecían esconder muchos secretos. Siempre tenía una sonrisa para todos y conocía cada rincón del cementerio como la palma de su mano.
"Buenas tardes, Doña Rosa, Lucía", saludó Don Ernesto con una voz grave pero gentil. "Es bueno verlas por aquí".
"Buenas tardes, Don Ernesto", respondió la Abuela Rosa. "Venimos a encender las velas del recuerdo".
Don Ernesto asintió con la cabeza. "El cementerio está lleno de historias esperando ser recordadas. Las velas son una hermosa manera de mantener vivas esas historias".
La Abuela Rosa y Lucía se dirigieron a la tumba del abuelo de Lucía. Era una lápida sencilla, pero adornada con flores frescas. Lucía nunca había conocido a su abuelo, pero había escuchado muchas historias sobre él. Sabía que era un hombre bueno, que amaba la música y la jardinería.
La Abuela Rosa encendió una vela amarilla que olía a limones. "Esta vela es para tu abuelo", dijo. "Le encantaban los limones. Siempre decía que su aroma le recordaba al sol".
Mientras la vela ardía, la Abuela Rosa comenzó a contar historias sobre el abuelo de Lucía. Le contó cómo le gustaba cantar canciones mientras trabajaba en el jardín, cómo siempre tenía una sonrisa para todos y cómo amaba contar chistes malos. Lucía escuchaba atentamente, imaginando a su abuelo como si lo conociera.
Luego, la Abuela Rosa encendió una vela azul que olía a lavanda. "Esta vela es para tu tía Sofía", dijo. "Ella amaba las flores y siempre tenía un ramo de lavanda en su ventana".
La Abuela Rosa contó historias sobre la tía Sofía, sobre su amor por los animales, su talento para la pintura y su risa contagiosa. Lucía se sentía más cerca de su tía Sofía a medida que escuchaba las historias.
Finalmente, la Abuela Rosa encendió una vela rosa que olía a rosas. "Esta vela es para todos los que amamos y que ya no están con nosotros", dijo. "Para que sepan que los recordamos y que siempre estarán en nuestros corazones".
Lucía sintió una mezcla de tristeza y alegría. Estaba triste porque no había conocido a su abuelo y a su tía Sofía, pero también estaba feliz de haberlos conocido a través de las historias de su Abuela Rosa. Se dio cuenta de que las velas no eran solo velas; eran portales hacia el pasado, una forma de mantener vivos los recuerdos de los que amamos.
Mientras regresaban a casa, Lucía tomó la mano de su Abuela Rosa. "Gracias, Abuela", dijo. "Me encantaron las historias. Ahora siento que conozco a mi abuelo y a mi tía Sofía".
La Abuela Rosa sonrió. "Ese es el poder de las velas del recuerdo, mi niña. Nos ayudan a mantener vivos los recuerdos y a celebrar la vida de aquellos que amamos".
Lucía entendió que el Día de los Muertos no era un día triste, sino un día para celebrar la vida y recordar a los que ya no están con nosotros. Y supo que cada año, encendería las velas del recuerdo con su Abuela Rosa, para que las historias nunca se apagaran.
Al llegar a casa, Don Ernesto las esperaba en la puerta. Les sonrió y les entrego un pequeño ramo de cempasúchil. "Para que el recuerdo de sus seres queridos ilumine su hogar", dijo con una sonrisa enigmática. Lucía supo que las historias del cementerio, como las velas, nunca se apagarían. Cada año, el Día de los Muertos, Lucía recordaría a su abuelo, a su tía Sofía y a todos aquellos que habían amado, manteniendo sus memorias brillantes como las velas en la noche.
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