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Gratis · elegí una vozLucina, la princesa del Río Cristal, era una niña de ojos brillantes y cabello como hebras de plata. Vivía en un palacio de conchas y coral, escondido bajo las cascadas que alimentaban la ciudad de Aguazul. Su tarea más importante era cuidar del río, porque Aguazul dependía completamente de sus aguas puras y cristalinas. Lucina amaba su trabajo. Pasaba los días jugando con las nutrias juguetonas, cantando canciones a los peces de colores y asegurándose de que cada gota de agua estuviera limpia y saludable.
Un día, mientras Lucina peinaba las algas doradas con su peine de nácar, notó algo extraño. El agua, que siempre había sido tan clara como el cristal, ahora tenía un tono grisáceo. Flotando en la superficie, vio latas oxidadas, botellas rotas y pedazos de plástico. El río estaba sucio. Muy sucio.
Preocupada, Lucina siguió el rastro de la contaminación río arriba. Nadó entre las rocas resbaladizas y pasó por debajo de puentes cubiertos de musgo, hasta que llegó a una cueva oscura y humeante. De la cueva salió un fuerte olor a quemado y un rugido estruendoso. Asustada pero decidida, Lucina se acercó con cautela.
En la cueva, vio la causa de toda la contaminación: un dragón enorme, cubierto de escamas negras y brillantes. Pero no era un dragón feroz y aterrador como los de los cuentos. Este dragón, llamado Mugre, era más bien desordenado y descuidado. Estaba arrojando basura al río sin la menor preocupación. Latas de refresco vacías, envolturas de caramelos y hasta viejos neumáticos salían volando de sus garras sucias.
"¡Alto ahí!" gritó Lucina, con la voz temblorosa pero firme. Mugre se sobresaltó y se giró para mirarla. Sus ojos, normalmente rojos y brillantes, estaban opacos y llenos de hollín.
"¿Quién osa interrumpir mi… mi… limpieza?" gruñó Mugre, aunque era evidente que no estaba limpiando nada.
"Soy Lucina, la princesa del Río Cristal, y este río es mi hogar y el hogar de toda Aguazul. ¡Estás contaminándolo con tu basura!" exclamó Lucina, señalando el desastre a su alrededor.
Mugre resopló una bocanada de humo que olía a neumático quemado. "¿Y qué? No veo el problema. ¡Necesito un lugar para deshacerme de mis cosas!" dijo con un tono despreocupado.
Lucina respiró hondo. Sabía que no podía razonar con un dragón tan desordenado. Tenía que encontrar una manera de hacerlo entender la importancia de mantener el río limpio. Entonces, se le ocurrió una idea. "Mugre," dijo con una sonrisa, "¿sabes por qué el Río Cristal es tan especial?"
Mugre frunció el ceño. "No, ¿por qué?"
"Porque en sus aguas viven las hadas de la limpieza," explicó Lucina. "Ellas se encargan de mantenerlo puro y cristalino. Pero si lo contaminas, las hadas se irán y el río se volverá feo y oscuro. Y si el río se vuelve feo y oscuro, ¡Aguazul desaparecerá!"
Mugre pareció pensarlo por un momento. A pesar de ser un dragón desordenado, no quería ser responsable de la desaparición de una ciudad entera. "¿Hadas de la limpieza, dices?" preguntó con curiosidad.
Lucina asintió. "Sí. Y son muy delicadas. No les gusta nada la basura."
Entonces, Lucina tuvo una idea aún mejor. "Mugre, si me ayudas a limpiar el río, te mostraré dónde viven las hadas de la limpieza. ¡Podrás verlas con tus propios ojos!"
Mugre, que en el fondo era un dragón curioso, aceptó la propuesta. Juntos, Lucina y Mugre comenzaron a limpiar el río. Lucina, con su red de pesca hecha de hojas de loto, recogía los pequeños desperdicios, mientras que Mugre, con su gran fuerza, sacaba del agua los objetos más pesados. Trabajaron duro durante horas, hasta que el río comenzó a recuperar su brillo original.
Al final del día, el Río Cristal estaba casi tan limpio como antes. Lucina llevó a Mugre a una cascada escondida, donde la luz del sol creaba un arcoíris brillante. "Mira," susurró Lucina, señalando el arcoíris. "Ahí es donde viven las hadas de la limpieza."
Mugre miró con atención. Aunque no podía ver a las hadas, sintió una energía especial en el aire, una sensación de paz y armonía. Se dio cuenta de que Lucina tenía razón: el río era un lugar mágico y valía la pena protegerlo.
Desde ese día, Mugre dejó de arrojar basura al río. Incluso se convirtió en un protector del Río Cristal, ayudando a Lucina a mantenerlo limpio y saludable. Y Aguazul prosperó, gracias a la valiente princesa y al dragón desordenado que aprendió a amar la limpieza.
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