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Gratis · elegí una vozLuis era un niño curioso con ojos brillantes como el sol de Apurímac. Vivía en una pequeña casa con techo de tejas rojas, rodeado de montañas imponentes. Un día, su abuelo, Don Mateo, le regaló un mapa antiguo. "Este mapa", dijo Don Mateo con una sonrisa arrugada, "te mostrará los tesoros escondidos de nuestra tierra, Apurímac. Pero el verdadero tesoro, Luis, está en aprender y amar cada rincón de nuestra casa."
Emocionado, Luis empacó su mochila con una botella de agua, un pan con queso y su inseparable peluche de llama, Llamita. El mapa lo guió primero al Puente Colonial de Pachachaca. ¡Era enorme! Luis se maravilló al ver las piedras antiguas que lo sostenían, imaginando a los viajeros de antaño cruzándolo con sus caballos y carretas. Dibujó el puente en su cuaderno, prestando atención a cada detalle.
Después, el mapa lo llevó a la ciudad de Abancay, la capital de Apurímac. Allí, visitó la Plaza de Armas, llena de coloridas flores y palomas juguetones. Un señor le contó la historia de la ciudad, cómo había sido fundada y cómo había crecido gracias al trabajo de su gente. Luis compró un helado de lúcuma, su sabor favorito, y prometió volver a visitar la plaza.
El siguiente punto en el mapa era el Cañón del Apurímac, uno de los cañones más profundos del mundo. Luis sintió un cosquilleo en el estómago al asomarse al borde. El río Apurímac serpenteaba abajo, como una cinta plateada. Imaginó cóndores majestuosos volando sobre él, vigilando la tierra. Para llegar al cañón, tuvo que caminar por senderos empinados y llenos de piedras. Llamita, colgada de su mochila, parecía animarlo a seguir.
De regreso en Abancay, Luis decidió visitar el Santuario Nacional de Ampay. El mapa indicaba que allí encontraría la "Montaña Sonriente". Intrigado, tomó un colectivo hasta las faldas del Ampay. La caminata fue larga y desafiante. El aire se volvía más frío y sus pulmones trabajaban más duro. Vio árboles de Intimpa, con sus hojas plateadas brillando al sol, y escuchó el canto de los pájaros escondidos entre las ramas.
Finalmente, llegó a un claro. Allí, frente a él, se alzaba una montaña con una forma peculiar. La nieve en la cima, derretida por el sol, formaba una especie de sonrisa. ¡Era la Montaña Sonriente! Luis sintió una inmensa alegría. Se sentó en una roca y observó la montaña durante un largo rato, admirando su belleza y su serenidad.
De pronto, escuchó un suave susurro. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. El susurro volvió a escucharse, esta vez más claro. "Gracias por visitarme, pequeño", decía la voz. Luis se asustó un poco, pero luego se dio cuenta de que la voz venía de la Montaña Sonriente.
"¿Quién eres?", preguntó Luis con voz temblorosa.
"Soy la guardiana de estas tierras", respondió la montaña. "Y tú, Luis, has demostrado tener un corazón puro y un gran amor por Apurímac. Por eso, te revelaré un secreto."
La Montaña Sonriente le contó a Luis la historia de un antiguo tesoro escondido en el Ampay, un tesoro no de oro ni de plata, sino de sabiduría y respeto por la naturaleza. Le dijo que la clave para encontrar el tesoro era escuchar el viento, observar las plantas y sentir la energía de la tierra.
Luis pasó los siguientes días explorando el Ampay, siguiendo las pistas que le había dado la Montaña Sonriente. Aprendió a identificar las diferentes plantas, a reconocer el canto de los pájaros y a sentir la energía de la tierra bajo sus pies. Descubrió que el verdadero tesoro no era un objeto material, sino el conocimiento y la conexión con la naturaleza.
Finalmente, regresó a su casa, lleno de alegría y sabiduría. Le contó a su abuelo Don Mateo todo lo que había aprendido. Don Mateo sonrió y le dijo: "Sabía que encontrarías el verdadero tesoro, Luis. El tesoro de amar nuestra tierra y protegerla para las futuras generaciones."
Luis continuó explorando Apurímac, visitando otros lugares como el Complejo Arqueológico de Saywite y las Aguas Termales de Cconoc. En cada lugar, aprendía algo nuevo y fortalecía su amor por su tierra. Se convirtió en un guardián de Apurímac, compartiendo sus conocimientos con otros niños y protegiendo la naturaleza. Y cada vez que veía la Montaña Sonriente, recordaba el secreto que le había revelado y sonreía, sabiendo que el verdadero tesoro estaba en su corazón.
Desde ese día, Luis entendió que el mapa de su abuelo no solo lo había guiado a lugares hermosos, sino que también lo había guiado a descubrir la belleza dentro de sí mismo y la importancia de cuidar su hogar, Apurímac.
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