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Gratis · elegí una vozLulú era una mariquita muy feliz. Le encantaba volar entre las flores del jardín, saludar a las abejas zumbonas y jugar a las escondidas con los caracoles lentos. Pero lo que más le gustaba de Lulú eran sus lunares negros. ¡Eran tan brillantes y redonditos!
Un día, Lulú se despertó sintiéndose un poco triste. No sabía por qué, pero tenía un nudo en la barriguita. Fue al espejo, una hoja brillante de una planta, para peinarse sus antenitas. ¡Y entonces lo vio! ¡Sus lunares habían desaparecido!
"¡Oh, no! ¡Mis lunares! ¿Dónde están?" gritó Lulú, con la voz temblorosa. Se miró por todos lados, se sacudió, incluso intentó hacer una voltereta, pero nada. Sus lunares no estaban por ninguna parte.
Llorando a lágrima viva, Lulú fue a buscar a su amiga la abeja, Berta. "¡Berta, Berta! ¡He perdido mis lunares! ¿Qué voy a hacer? Ya no soy Lulú la mariquita, soy… soy… ¡solo Lulú!"
Berta, que era muy práctica, le dijo: "¡No te preocupes, Lulú! Podemos arreglarlo. Tengo un poco de pintura negra que sobró de pintar mi colmena. ¡Te pintaré unos lunares nuevos!"
Así que Berta, con mucho cuidado, pintó unos lunares en la espalda de Lulú. Pero la pintura era resbaladiza y los lunares se corrían con el viento. "¡Ay, no! ¡Parecen manchas de barro!" exclamó Lulú, aún más triste.
Luego, Lulú fue a ver a su amigo el caracol, Carlos. Carlos era muy creativo. "¡Ya sé!" dijo Carlos. "¡Te pegaremos unos botones negros! ¡Serán lunares brillantes y originales!"
Carlos sacó una caja llena de botones de todos los tamaños y colores. Eligieron unos botones negros y los pegaron a la espalda de Lulú con un poco de baba de caracol (¡que, por cierto, era un pegamento excelente!). Pero los botones eran pesados y Lulú no podía volar bien. Además, ¡se caían a cada rato!
Lulú estaba desesperada. Fue a sentarse en una hoja de trébol, con la cabeza gacha. "Ya no sé qué hacer," sollozó. "Sin mis lunares, no soy yo misma."
En ese momento, una hermosa mariposa, llamada Sofía, se posó a su lado. Sofía era la más sabia del jardín. Había visto muchas estaciones pasar y conocía los secretos del corazón.
"¿Qué te pasa, pequeña?" preguntó Sofía con voz suave.
Lulú le contó su problema. Le contó cómo había perdido sus lunares y cómo sus amigos habían intentado ayudarla, pero sin éxito.
Sofía escuchó atentamente y luego dijo: "Querida Lulú, a veces, cuando nos sentimos tristes o inseguros, nuestra luz interior se atenúa. Y cuando eso pasa, a veces pensamos que hemos perdido algo que es parte de nosotros, como tus lunares."
Lulú la miró con curiosidad. "¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir que tus lunares no han desaparecido realmente," explicó Sofía. "Están ahí, pero están ocultos porque tú no te sientes bien contigo misma. Cuando vuelvas a sonreír y a aceptarte tal como eres, tus lunares volverán a brillar."
Lulú pensó en lo que dijo Sofía. Se dio cuenta de que se había levantado sintiéndose triste sin ninguna razón aparente, y que esa tristeza la había hecho creer que había perdido algo importante.
Respiró hondo y trató de recordar todas las cosas buenas de ser Lulú la mariquita: le gustaba volar, le gustaba jugar con sus amigos, le gustaba comer hojas tiernas y, sobre todo, le gustaba ser ella misma, con o sin lunares.
Lulú sonrió. Era una sonrisa tímida al principio, pero luego se convirtió en una gran sonrisa radiante. ¡Y en ese mismo instante, sus lunares reaparecieron! ¡Brillaban más que nunca!
Lulú se miró en la hoja brillante y se dio cuenta de que Sofía tenía razón. Sus lunares no se habían ido a ninguna parte, solo estaban esperando a que ella volviera a ser feliz.
Saltó de alegría y fue corriendo a dar las gracias a Berta y a Carlos. Les explicó lo que había aprendido y les dijo que, aunque apreciaba su ayuda, lo más importante era aceptarse a uno mismo tal como es.
Desde ese día, Lulú la mariquita nunca más dudó de sí misma. Aprendió que la verdadera belleza viene de adentro y que la alegría es la mejor manera de hacer brillar tus lunares, ¡y todo lo demás! Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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