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Gratis · elegí una vozHabía una vez una ratoncita llamada Lulú que soñaba con ser astronauta. Pasaba horas mirando las estrellas a través de un agujerito en la pared y leyendo libros viejos que encontraba detrás del refrigerador. Sabía todo sobre los planetas, las constelaciones y hasta las manchas solares. ¡Lulú estaba lista para explorar el universo!
Un día, mientras curioseaba en el cuarto de su dueña, encontró un tesoro: ¡un casco de astronauta de juguete! Era brillante, blanco y tenía una visera que se abría y cerraba. Lulú se lo puso de inmediato. Le quedaba un poco grande, pero eso no importaba. ¡Era su momento de viajar al espacio!
—¡Voy a la Luna! —gritó, inflando el pecho de emoción y sintiéndose como la primera ratoncita en pisar la superficie lunar. Subió a una gran cuchara de madera que estaba sobre la mesa del desayuno. La cuchara parecía una perfecta plataforma de lanzamiento. Lulú respiró hondo, cerró los ojos y se imaginó despegando hacia las estrellas.
Pero cuando saltó para despegar… ¡PUM! En lugar de volar hacia el cielo, cayó directo dentro de un tazón gigante de cereal con leche. El tazón estaba lleno hasta el borde de aros de cereal de colores nadando en un mar blanco y espumoso.
—¡Auxilio! ¡Estoy atrapada en la galaxia de los cereales flotantes! —dijo Lulú, pataleando desesperadamente en la leche. El casco le resbalaba y la leche le salpicaba la cara. ¡Definitivamente, no era así como se imaginaba su primer viaje espacial!
El gato de la casa, Don Bigotes, un felino elegante y de pelaje atigrado, la miró sorprendido desde el suelo. Don Bigotes era conocido por su sarcasmo y su afición por tomar largas siestas al sol. Nunca se había imaginado ver a una ratoncita astronauta atrapada en un tazón de cereal.
—¿Necesitas ayuda, pequeña astronauta, o prefieres quedarte en ese planeta de leche? —se burló el gato, con una sonrisa pícara dibujada en su bigote. Sus ojos amarillos brillaban con curiosidad y un poco de diversión.
Lulú, toda empapada de leche y con trocitos de cereal pegados al pelaje, sacudió sus orejas para quitarse el exceso de líquido. Estaba avergonzada, pero también decidida a no dejarse intimidar por el gato.—¡Solo si me prometes que no me comes cuando me saques! —respondió Lulú, con voz temblorosa pero firme. Sabía que Don Bigotes era un cazador experto, y la idea de convertirse en el desayuno del gato no le agradaba en absoluto.
Don Bigotes, divertido por la valentía de la pequeña ratoncita, se echó a reír suavemente. —Tranquila, ratoncita astronauta. No tengo hambre de ratones hoy. Pero la próxima vez, usa un cohete de verdad y no una cuchara de sopa. ¡Es mucho más seguro!
Con cuidado, Don Bigotes extendió una pata y ayudó a Lulú a salir del tazón de cereal. La ratoncita, temblorosa y cubierta de leche, le dio las gracias tímidamente. Don Bigotes la observó mientras se acicalaba el pelaje con sus pequeñas patitas.—De nada, pequeña soñadora. Pero recuerda: la seguridad es lo primero, incluso en el espacio.—dijo guiñándole un ojo.
Desde ese día, Lulú siguió soñando con el espacio y con explorar las estrellas. Pero aprendió una valiosa lección: los viajes espaciales requieren planificación y un buen vehículo. Decidió que necesitaba un cohete de verdad, uno que no terminara en un tazón de cereal con leche. Así que, con la ayuda de algunos amigos ratones, comenzó a recolectar materiales. Encontraron una gran caja de cartón, tubos de papel higiénico, tapas de botellas y un montón de pegamento.
Juntos, construyeron un impresionante cohete espacial. Lo pintaron de colores brillantes, le pusieron ventanas redondas y hasta le añadieron aletas para que volara más rápido. Lulú estaba emocionada. ¡Esta vez sí que iba a llegar a la Luna!
Cuando el cohete estuvo terminado, Lulú se puso su casco de astronauta y se subió a bordo. Sus amigos ratones la despidieron con entusiasmo. —¡Buena suerte, Lulú! ¡Que tengas un buen viaje!—gritaron al unísono.
Lulú encendió los motores (que en realidad eran dos linternas pequeñas) y comenzó la cuenta regresiva. —¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡Despegue!—gritó con todas sus fuerzas.
El cohete no voló, por supuesto. Era solo una caja de cartón. Pero Lulú, dentro de su cohete, se sintió como si estuviera volando entre las estrellas. Imaginó que pasaba junto a planetas gigantes, que saludaba a astronautas alienígenas y que recogía rocas lunares brillantes. Y lo más importante de todo: ¡no había ni una gota de leche a la vista!
Desde ese día, Lulú siguió construyendo cohetes y soñando con el espacio. Sabía que algún día, tal vez, llegaría a viajar de verdad a la Luna. Pero mientras tanto, estaba feliz con sus aventuras imaginarias y con la compañía de sus amigos ratones. Y, por supuesto, siempre recordaría su primer viaje espacial… ¡a la galaxia de los cereales flotantes! Y siempre recordaría el consejo de Don Bigotes: ¡La seguridad es lo primero! Y, sobre todo, ¡nada de leche de por medio!
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