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En el rincón más suave y aterciopelado del firmamento, justo al lado de una luna creciente que siempre olía a jazmín, vivía una estrellita llamada Lulú. Lulú no era la estrella más grande, ni la más antigua, pero sí era la que más se esforzaba por brillar. Cada noche, se sacudía el polvo de cometa de sus puntas y encendía su luz dorada para cuidar los sueños de los niños que dormían allá abajo, en la Tierra.
Sin embargo, una noche de invierno, algo extraño sucedió. Lulú se despertó sintiéndose un poco pesada, como si sus rayos estuvieran hechos de plomo en lugar de fuego celestial. Intentó estirarse, respiró profundo, pero ¡puf! Su brillo se apagó de repente. En lugar de ser una chispa dorada en la oscuridad, Lulú se volvió gris, del color de una piedra de río olvidada.
Lulú se puso muy triste. Sus lágrimas, que eran pequeñas gotas de rocío espacial, caían silenciosas. «¿Cómo voy a iluminar a los niños si no brillo?», susurró con una vocecita que apenas se oía entre el viento estelar. La Luna, al verla tan apagada, le dio un consejo: «Pequeña Lulú, a veces la luz no se apaga porque se gaste, sino porque el corazón necesita recargarse. Ve a la Tierra, busca lo que te hace falta y verás que el brillo siempre vuelve».
Lulú, valiente a pesar de su tristeza, bajó volando bajito, bajito, deslizándose por un tobogán hecho de brisa nocturna hasta llegar a un jardín lleno de sombras. Todo le parecía inmenso y desconocido. Mientras caminaba por el césped húmedo, se encontró con un perrito de orejas largas que movía la cola con un ritmo frenético, como si estuviera bailando una canción secreta.

—Hola, perrito —dijo Lulú tímidamente—. He perdido mi luz. ¿Me prestas un poco de tu felicidad?
El perrito, que se llamaba Pipo, no entendía de astronomía, pero entendía mucho de amigos. Se acercó a Lulú, le dio una lamidita tibia en su punta derecha y soltó un «guau guau» tan alegre que las flores cercanas despertaron. En ese instante, una pequeña chispa amarilla brotó en el centro de Lulú. ¡Un poquito de brillo había vuelto!
Animada, Lulú siguió su camino hasta llegar a una ventana abierta. Allí, una niña llamada Sofía estaba regando sus macetas de lavanda antes de irse a dormir. Sofía acariciaba las hojas con una ternura que hacía que las plantas parecieran sonreír.
—Hola, niña —susurró Lulú desde el alféizar—. Me falta calor en el alma. ¿Me prestas un poco de tu cariño?

Sofía, que siempre creyó en la magia, no se asustó al ver a la estrellita gris. En lugar de eso, tomó su flor favorita y le dio un abrazo suave, cerrando los ojos con amor. Lulú sintió una onda de calor que la recorrió por completo. ¡Pum! Un destello de color celeste comenzó a girar alrededor de ella, mezclándose con el amarillo de Pipo.
Lulú se sentía mucho mejor, pero todavía no era la estrella radiante de antes. Se sentó en un columpio de madera a descansar y miró hacia arriba. En el cielo, vio una nube gorda y blanca que pasaba justo por delante de la Luna. Por la forma de las sombras, la nube parecía un cucurucho gigante de helado de fresa con una cereza encima. Lulú se imaginó a un gigante intentando darle un bocado y, de repente, una risa cristalina escapó de su boca.
—¡Jajajaja! ¡Qué nube tan graciosa! —exclamó Lulú.
En ese momento, ocurrió el milagro. La risa de Lulú actuó como un motor mágico. Un estallido de luces de colores —rosado, celeste y amarillo— brotó de su pecho, iluminando todo el jardín como si fuera pleno día. Lulú ya no era solo dorada; ahora era un arcoíris brillante que danzaba en la oscuridad.
Lulú entendió entonces la lección de la Luna: el brillo no se pierde para siempre, solo se esconde detrás de las nubes de la tristeza. El brillo vuelve cuando compartimos momentos con amigos, cuando damos amor sin esperar nada a cambio y, sobre todo, cuando somos capaces de reírnos de las cosas pequeñas.
Con un salto lleno de energía, Lulú subió de regreso al cielo, dejando un rastro de purpurina de colores tras de sí. Esa noche, brilló más fuerte que nunca antes. Y dicen que, desde entonces, cada vez que un niño ríe a carcajadas antes de dormir, Lulú se emociona tanto que desde lo alto le manda un guiño de luz multicolor para recordarle que su propia luz interna es el tesoro más grande del universo.
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