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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón escondido más allá de las nubes más altas y los vientos más veloces, un reino suspendido en el aire llamado El Albor. En este lugar no existían los relojes ni las alarmas, pues la luz del día dependía de una sola persona: Lumina, la Tejedora de Luces. Lumina era una niña de cabellos plateados que brillaban como el mercurio y ojos del color de las violetas al amanecer. Su tarea era la más importante de todas: cada noche, debía tejer el Velo del Amanecer, una tela mágica y ligera que, al extenderse sobre el mundo, despertaba a los pájaros, abría las flores y avisaba al sol de que era hora de subir al escenario del cielo.
Para tejer este velo, Lumina utilizaba un telar hecho de madera de estrellas y tres tipos de hilos sagrados: seda de luna para la suavidad, polvo de estrellas para el brillo y la Hebra de Oro Puro, que proporcionaba el calor necesario para calentar la tierra. Una noche, mientras el mundo dormía plácidamente, un viento travieso y juguetón llamado Céfiro entró por la ventana del taller de Lumina. Céfiro no era malvado, pero sí muy descuidado. Con un soplido juguetón, revolvió las cestas de hilos y, sin querer, enganchó la Hebra de Oro Puro en su cola de aire, llevándosela lejos, hacia el Bosque Susurrante que descansaba en la superficie de la Tierra.
Lumina miró su telar con horror. Sin la Hebra de Oro, el velo quedaría pálido y frío; el sol no sentiría la llamada y el mundo permanecería en una penumbra eterna. —¡Tengo que recuperarla! —exclamó Lumina. Con valentía, se envolvió en su capa de seda y descendió desde las nubes, bajando por un camino de rayos de luna hasta llegar al suelo del bosque. Era la primera vez que sus pies tocaban la hierba, que se sentía fresca y húmeda bajo sus sandalias de plata.
El Bosque Susurrante era inmenso y estaba lleno de sombras que bailaban bajo la luz de las estrellas. Lumina se sintió pequeña, pero no se rindió. Pronto se encontró con un búho de grandes anteojos llamado Sabino, que leía un libro de constelaciones sobre una rama de roble. —¿Has visto una hebra de oro que brilla como el mediodía? —preguntó Lumina con voz dulce. Sabino ajustó sus gafas y asintió lentamente. —Céfiro pasó por aquí hace poco, riendo y dejando una estela dorada. La hebra se quedó atrapada en la copa del Gran Pino, el árbol más alto de este bosque. Pero ten cuidado, pequeña tejedora, el camino es empinado y la noche se acaba.
Lumina agradeció al sabio búho y corrió hacia el centro del bosque. En su camino, una pequeña luciérnaga llamada Destello se unió a ella, iluminando los senderos entre las raíces retorcidas. Juntas llegaron al pie del Gran Pino, cuyas ramas parecían tocar el mismo cielo de donde Lumina venía. La niña comenzó a trepar. Sus manos se raspaban con la corteza, pero el pensamiento de un mundo sin luz le daba fuerzas. A mitad de camino, el cansancio empezó a pesarle, pero Destello le susurró: —¡Mira arriba! ¡Ya casi llegas!.
En la cima más alta, meciéndose con la brisa, estaba la Hebra de Oro Puro. Brillaba con una intensidad hermosa, como un pequeño sol cautivo entre las agujas del pino. Lumina la tomó con delicadeza y la enrolló en su carrete de madera. Pero justo en ese momento, el horizonte comenzó a teñirse de un gris pálido. ¡El tiempo se agotaba! Si no regresaba pronto a su telar, el amanecer se perdería para siempre. Con la ayuda de Céfiro, que se sentía muy arrepentido y había regresado para ayudarla, Lumina montó sobre una ráfaga de viento ascendente que la llevó de vuelta a su reino en las nubes en un abrir y cerrar de ojos.
Sentada rápidamente en su telar, Lumina trabajó con una velocidad asombrosa. Sus dedos volaban entre los hilos, cruzando la seda de luna con el polvo de estrellas y, finalmente, entrelazando la Hebra de Oro Puro en el centro del tejido. El velo comenzó a emitir un calor reconfortante y una luz rosada y naranja que iluminó todo el taller. Con un gesto elegante, Lumina lanzó el velo hacia el vacío. La tela se desplegó como una inmensa caricia sobre las montañas, los valles y los mares. El sol, al sentir el toque cálido del oro, se desperezó y subió majestuoso, bañando todo el mundo con su luz dorada.
Lumina, cansada pero feliz, observó desde su ventana cómo el mundo despertaba. Los niños salían a jugar, los agricultores comenzaban su jornada y el Bosque Susurrante brillaba con un verde vibrante. Desde aquel día, Céfiro aprendió a ser más cuidadoso y, a veces, ayudaba a Lumina a secar los hilos recién teñidos. Lumina comprendió que, aunque su trabajo era solitario, contaba con amigos en la tierra que siempre estarían dispuestos a ayudarla a mantener viva la luz de la esperanza.
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