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Luna era una niña con el pelo tan brillante como las estrellas. Le encantaba jugar en el parque con su amigo Beto, un oso de peluche que la acompañaba a todas partes.
Una mañana, Luna se despertó sintiéndose diferente. Su garganta le picaba como si tuviera hormiguitas dentro.
—¡Mamá! —llamó Luna con voz ronca—. ¡Mi garganta suena rara!
Mamá entró al cuarto y tocó la frente de Luna.
—Tienes la frente caliente, cariño —dijo mamá con voz suave—. Creo que tienes fiebre.
—¿Qué es la fiebre? —preguntó Luna abrazando a Beto.
—Es cuando nuestro cuerpo se calienta más de lo normal porque está luchando contra los gérmenes que nos quieren hacer daño —explicó mamá.
Luna miró a Beto con ojos asustados.
—¿Hay gérmenes en mi cuerpo? ¡No los quiero aquí!
Esa noche, Luna no podía dormir bien. Su nariz comenzó a gotear y tenía que sonarse a cada rato. Se sentía cansada pero no podía descansar.
—Beto —susurró Luna a su oso de peluche—, creo que hay un monstruo dentro de mi nariz.
Beto no respondió, pero sus ojitos brillantes parecían entender
Cuando Luna finalmente se durmió, soñó que veía a un pequeño monstruo verde y pegajoso sentado en su nariz.
—¡Hola! —dijo el monstruo agitando sus manitas verdes—. Soy Moquito, el Monstruo de los Mocos. He venido a quedarme un tiempo contigo.
—¡No te quiero aquí! —exclamó Luna en su sueño—. ¡Haces que me sienta mal!
—Lo siento mucho —respondió Moquito—, pero así es cómo funciona un resfriado. Estaré aquí unos días, pero prometo irme si me tratas bien.
—¿Qué tengo que hacer para que te vayas? —preguntó Luna.
A la mañana siguiente, mamá llevó a Luna a ver al Doctor Sabio. Luna llevó a Beto escondido en su mochila.
El Doctor Sabio tenía unas gafas grandes y redondas y una sonrisa amable. Revisó la garganta de Luna, escuchó su pecho y miró dentro de sus oídos con una lucecita.
—Tienes un resfriado, Luna —dijo el Doctor Sabio—. Pero no te preocupes, todos nos resfriamos de vez en cuando.
—¿Conoce usted a Moquito? —preguntó Luna.
El Doctor Sabio sonrió.
—¿Moquito? ¿Es un amigo tuyo?
—No es mi amigo —explicó Luna—. Es el Monstruo de los Mocos que vive en mi nariz ahora. Quiero que se vaya.
—Ah, entiendo —dijo el Doctor Sabio guiñándole un ojo—. Para que Moquito se vaya, necesitas seguir mis consejos mágicos.
Luna se inclinó hacia adelante, muy interesada. Hasta Beto, desde la mochila, parecía querer escuchar.
—Primero —dijo el doctor levantando un dedo—, debes beber mucha agua y jugos. A Moquito no le gusta nadar.
—Segundo —continuó levantando otro dedo—, debes descansar mucho en tu cama. Moquito odia el descanso.
—Tercero, debes comer frutas y verduras. Los poderes de las frutas hacen que Moquito se debilite.
—Y cuarto, lo más importante: debes lavarte las manos con agua y jabón muchas veces al día. ¡Moquito huye del jabón!
Luna escuchó atentamente y prometió seguir todos los consejos.
De regreso a casa, Luna estaba decidida a vencer a Moquito. Le contó a Beto su plan de batalla.
—Primero, vamos a beber mucha agua —dijo Luna mientras mamá le servía un vaso grande.
Luna bebió toda el agua e incluso pidió más. Luego comió una deliciosa sopa de verduras que papá había preparado especialmente para ella.
—¡Toma esto, Moquito! —decía Luna cada vez que comía una cucharada de sopa.
Después, Luna se lavó las manos cantando una canción que le había enseñado el Doctor Sabio:
"Lava, lava, lavaré, A Moquito espantaré. Agua y jabón usaré, Y muy pronto sanaré."
Al caer la noche, Luna se acostó temprano con Beto a su lado. Mamá le leyó un cuento y le puso un paño húmedo en la frente para bajar la fiebre.
—Buenas noches, cariño —dijo mamá dándole un beso—. Mañana te sentirás mejor.
Luna se durmió y volvió a soñar con Moquito, pero esta vez el monstruo parecía más pequeño y menos verde.
—No me gusta el agua ni las verduras —se quejó Moquito—. Y ese jabón me da cosquillas.
—Te dije que te fueras —respondió Luna con valentía—. Seguiré los consejos del Doctor Sabio hasta que desaparezcas.
Al día siguiente, aunque Luna todavía se sentía un poco mal, decidió dibujar cómo imaginaba a los ayudantes que luchaban dentro de su cuerpo contra Moquito.
Con sus crayones, dibujó pequeños soldaditos blancos con escudos y espadas.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó papá mirando el dibujo.
—Son mis defensas —explicó Luna—. El Doctor Sabio me dijo que dentro de nuestro cuerpo hay pequeños ayudantes que luchan contra los gérmenes malos como Moquito.
Papá miró el dibujo con admiración y sonrió.
—Esos pequeños ayudantes se llaman glóbulos blancos —explicó papá—. Son los valientes guardianes que protegen nuestro cuerpo.
Luna añadió más detalles a sus soldaditos, dibujándoles capas brillantes y cascos relucientes.
—¡Vamos, glóbulos blancos! —susurró Luna al dibujo—. ¡Ustedes pueden vencer a Moquito!
Al tercer día, Luna se despertó sintiéndose mucho mejor. Su nariz ya no goteaba tanto y podía respirar más fácilmente. La garganta ya no le dolía como antes.
—¡Beto! —exclamó Luna abrazando a su oso—. ¡Creo que los glóbulos blancos están ganando la batalla!
Durante el desayuno, Luna comió toda su fruta y bebió un gran vaso de jugo de naranja.
—Estás haciendo un excelente trabajo cuidando tu cuerpo —dijo mamá orgullosa—. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mucho mejor —respondió Luna con una sonrisa—. Moquito está cada vez más pequeñito.
Esa noche, en sus sueños, Luna vio de nuevo a Moquito. Ahora era tan pequeño que apenas podía verlo.
—Me estoy yendo, Luna —dijo Moquito con voz débil—. Tus glóbulos blancos son muy fuertes, y todo ese jabón, agua y comida saludable me han debilitado.
—¿Volverás algún día? —preguntó Luna, curiosa.
—Quizás algún día —admitió Moquito—. Pero ahora ya sabes cómo vencerme.
Al despertar a la mañana siguiente, Luna se sentía completamente recuperada. Su nariz estaba seca, no tenía fiebre y sentía tanta energía que quería saltar de la cama.
—¡Mamá, papá! —gritó Luna con entusiasmo—. ¡Moquito se ha ido! ¡Los glóbulos blancos ganaron!
Y así fue como Luna, con la ayuda de Beto, el Doctor Sabio y sus valientes glóbulos blancos, venció al Monstruo de los Mocos, aprendiendo una importante lección sobre cómo cuidar su salud.
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