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Gratis · elegí una vozLuna era una niña especial. No es que tuviera súper poderes ni nada parecido, pero Luna ¡no quería dormir! Todas las noches, cuando el sol se despedía pintando el cielo de naranja y morado, y la luna comenzaba su guardia silenciosa, Luna comenzaba su propia rebelión contra el sueño.
“¡No tengo sueño, mamá!”, exclamaba, saltando en la cama como si fuera un trampolín. “¡Quiero jugar, leer un cuento, pintar un dragón, construir una nave espacial… cualquier cosa menos dormir!”
Su mamá, con paciencia infinita, intentaba convencerla. “Luna, cariño, hasta las estrellas necesitan descansar. Dormir es como recargar las pilas para tener energía para jugar al día siguiente.”
Pero Luna no se convencía. Para ella, dormir era una pérdida de tiempo. ¡Había tantas cosas interesantes que hacer en el mundo, incluso en la noche!
Una noche, mientras Luna daba vueltas en la cama, escuchó un pequeño ruido. *¡Tic, tac, tic, tac!* Venía de su reloj de pared, un reloj antiguo con un péndulo dorado que se movía sin parar.
“¿Quién anda ahí?”, preguntó Luna, incorporándose en la cama.
El reloj dejó de sonar. Luego, una vocecita diminuta respondió: “Soy el Tiempo, y estoy muy cansado.”
Luna se quedó boquiabierta. ¡Un reloj que habla!
“¿Cansado? ¿Pero tú eres el Tiempo! Se supone que siempre estás en movimiento.”, dijo Luna.
“Precisamente por eso estoy cansado”, respondió el Tiempo con un suspiro. “Nunca descanso. Y cuando tú no duermes, Luna, yo tengo que trabajar doble. Tengo que mantener tus sueños despiertos, evitar que se mezclen con la realidad, y asegurarme de que no te pierdas nada de lo que sucede mientras estás despierta. ¡Es agotador!”
Luna se sintió un poco culpable. Nunca había pensado en lo que implicaba no dormir. Siempre había creído que era algo que solo la afectaba a ella.
“Lo siento, Tiempo”, dijo Luna. “No sabía que te cansabas por mi culpa.”
“No te preocupes, pequeña”, respondió el Tiempo. “Pero si me permites darte un consejo, el sueño es un regalo maravilloso. En el sueño, puedes volar, nadar con sirenas, hablar con animales… ¡todo lo que tu imaginación te permita!”
Luna frunció el ceño. Nunca había pensado en el sueño como una aventura.
“¿De verdad?”, preguntó Luna.
“¡Por supuesto!”, dijo el Tiempo. “Solo tienes que dejarte llevar. Cerrar los ojos y… ¡zas! A un mundo nuevo.”
El Tiempo le contó a Luna sobre los jardines de nubes donde las ovejas cantaban canciones de cuna, sobre los ríos de chocolate que desembocaban en mares de malvaviscos, y sobre los árboles de caramelos que crecían bajo la luz de la luna de queso.
Luna escuchaba con los ojos muy abiertos. De repente, el sueño ya no parecía tan aburrido. Parecía… ¡divertido!
“¿Y cómo hago para llegar a ese mundo?”, preguntó Luna.
“Solo tienes que relajarte, respirar hondo y pensar en algo que te haga feliz”, dijo el Tiempo. “Y no te preocupes, yo te guiaré.”
Luna cerró los ojos. Pensó en su perrito Chispa, en el helado de fresa, y en el abrazo de su abuela. Sintió una sensación de calma y calidez que nunca antes había sentido.
De repente, se encontró en un jardín de nubes. Las ovejas cantaban una melodía suave y reconfortante. Un río de chocolate corría a sus pies, y el aroma dulce del malvavisco llenaba el aire.
Luna corrió a explorar. Vio árboles de caramelos de todos los colores y sabores. Se encontró con un unicornio blanco que le ofreció un paseo en su lomo. Voló sobre castillos de arena y nadó en lagos de limonada.
Fue la aventura más increíble que jamás había vivido. Y todo, gracias al sueño.
Cuando despertó, el sol ya brillaba a través de su ventana. Se sintió descansada, llena de energía y con ganas de empezar el día.
“¡Gracias, Tiempo!”, susurró Luna.
Desde aquella noche, Luna aprendió a amar el sueño. Ya no se resistía a dormir, sino que lo esperaba con ansias. Sabía que cada noche, el sueño la llevaría a un nuevo mundo de aventuras, donde todo era posible.
Y el Tiempo, por supuesto, estaba muy contento. Por fin podía descansar un poco, sabiendo que Luna estaba explorando los maravillosos mundos que el sueño tenía para ofrecerle. Y así, Luna, la niña que le tenía cosquillas al sueño, se convirtió en la reina de los sueños, explorando cada noche un nuevo rincón de su imaginación.
Ahora, cuando la luna llena brilla en lo alto, si escuchas con atención, quizás oigas el suave *tic, tac* del reloj, recordándote que el sueño es una aventura que vale la pena vivir.
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