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En un pequeño pueblo donde las casas tenían techos de tejas rojas y los jardines olían a jazmín, vivía una niña llamada Luna. Luna tenía siete años, una curiosidad inagotable y un cabello castaño oscuro lleno de rizos que siempre parecían tener vida propia. Pero lo que más definía a Luna era su amor por la noche. Mientras otros niños temían a la oscuridad, ella encontraba en el cielo nocturno su mejor libro de cuentos.
Una noche de martes, mientras buscaba un calcetín perdido bajo su cama, la mano de Luna rozó algo frío y suave. No era un calcetín, ni un juguete olvidado. Era una pequeña caja de madera de caoba, decorada con grabados de lunas crecientes y cometas. Al tocarla, la caja emitió un suave zumbido, como el ronroneo de un gato, y un hilo de luz plateada escapó por la cerradura.
Con el corazón latiendo con fuerza, Luna abrió la tapa. De repente, su habitación se llenó de un resplandor cegador. ¡No eran joyas ni monedas lo que había dentro, sino estrellas! Eran pequeñas esferas de luz dorada, del tamaño de canicas, que flotaban y daban vueltas por el aire, emitiendo sonidos que recordaban al tintineo de campanillas de cristal. Sin embargo, Luna notó algo preocupante: las estrellas no brillaban con fuerza. Su luz era tenue, parpadeante, como si estuvieran cansadas o tristes.
—¿Qué hacen aquí abajo? —susurró Luna, extendiendo una mano. Una de las estrellas se posó en su palma, sintiéndose tibia pero vibrante.
De repente, un golpe suave en el marco de la ventana la sobresaltó. Allí, posado sobre el alféizar, estaba Oliver, un gran búho nival de plumaje blanco como la nieve, que llevaba un elegante chaleco de terciopelo azul. Oliver no era un búho común; era el Guardián de los Sueños del pueblo.
—Se han caído, Luna —dijo Oliver con una voz profunda y calmada—. Durante la gran tormenta de meteoritos de la semana pasada, estas pequeñas se desprendieron del firmamento. Si no regresan a su lugar antes de que el sol asome en el horizonte, se apagarán para siempre y el cielo nocturno perderá su alegría.

Luna sintió una punzada de responsabilidad. Ella amaba esas luces. No podía permitir que se apagaran.
—¿Cómo puedo ayudarlas, Oliver? —preguntó la niña, ajustándose sus pijamas amarillos con estrellas blancas.
—Debemos llevarlas a la Colina de los Suspiros, el punto más alto del valle —explicó el búho—. Desde allí, el velo entre la tierra y el cielo es más delgado. Pero el camino es largo y la noche es corta.
Sin dudarlo, Luna metió con cuidado a las estrellas de vuelta en la cajita, dejando la tapa entreabierta para que pudieran respirar, y salió por la ventana siguiendo a Oliver. El bosque que rodeaba el pueblo se veía diferente de noche. Los árboles parecían gigantes amigables y las flores nocturnas se abrían para verlos pasar. A medida que avanzaban, Luna sentía que la cajita en sus manos se volvía más pesada, como si las estrellas estuvieran recuperando su energía gracias a la cercanía de la naturaleza.
En el camino, se enfrentaron a pequeños desafíos. Tuvieron que cruzar el Arroyo de Plata saltando sobre piedras resbaladizas y atravesar el Túnel de los Helechos Gigantes. En un momento, una ráfaga de viento estuvo a punto de arrebatarle la caja a Luna, pero ella la abrazó contra su pecho con valentía. Oliver volaba bajo, guiándola con el brillo de sus grandes ojos dorados.
—Ya casi estamos, Luna —animó Oliver—. Mira, allí está la cima.

Finalmente, llegaron a la Colina de los Suspiros. Desde allí, el mundo parecía infinito. El cielo era un lienzo de color púrpura y azul profundo, esperando a sus habitantes perdidos. Luna abrió la caja por completo. Las estrellas salieron disparadas, pero en lugar de subir, se quedaron revoloteando alrededor de Luna, formando una corona de luz sobre sus rizos castaños.
—Tienen miedo —comprendió Luna—. Están lejos de casa y no saben cómo volver.
Luna cerró los ojos y recordó todas las veces que había mirado el cielo y pedido deseos. Recordó la paz que sentía al ver la Vía Láctea. Empezó a cantar una suave canción de cuna que su abuela le enseñó, una melodía sobre viajes y regresos. Al escucharla, las estrellas empezaron a vibrar con una intensidad nueva. El color dorado se volvió blanco puro y radiante.
Una a una, las estrellas comenzaron a elevarse. Subieron como globos de luz, dejando tras de sí estelas de polvo cósmico. Luna las vio ascender más y más alto, hasta que encajaron perfectamente en los huecos vacíos del cielo, como piezas de un rompecabezas mágico. El firmamento se iluminó de tal manera que incluso las flores del valle parecieron despertar por un instante.
—Lo lograste, pequeña guardiana —dijo Oliver, posándose en su hombro.
Cuando Luna regresó a su habitación, el primer rayo de sol comenzaba a asomar. Estaba agotada pero inmensamente feliz. Dejó la cajita de madera, ahora vacía y silenciosa, sobre su mesita de noche. Sin embargo, al mirar dentro una última vez, vio que en el fondo quedaba un pequeño rastro de escarcha plateada que nunca se derretía.
Desde esa noche, cada vez que Luna miraba hacia arriba, sentía que una de las estrellas le guiñaba un ojo especialmente a ella. Y aunque la cajita estaba vacía, Luna sabía que la verdadera magia no estaba guardada bajo su cama, sino esparcida por todo el universo, esperando a ser descubierta por aquellos que no temen a la oscuridad.
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