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Había una vez una gatita llamada Luna, cuyo pelaje era tan gris como una nube de tormenta y sus ojos tan amarillos como dos pequeñas lunas llenas. Luna era una gatita muy especial, pero tenía un pequeño problema que le causaba muchos dolores de cabeza: ¡era extremadamente impaciente! Si su plato de leche no estaba servido en el mismo instante en que sentía hambre, Luna maullaba con tanta fuerza que parecía que el techo iba a salir volando. Si jugaba con una pelota de lana y el hilo se enredaba un poquito, se bufaba y se marchaba a otra habitación, abandonando el juego por puro aburrimiento.
Para Luna, el mundo debía moverse a toda velocidad, como si todo estuviera en una carrera constante. Una luminosa mañana de primavera, mientras el rocío todavía brillaba como diamantes sobre la hierba, Luna salió al jardín y vio algo que la dejó fascinada. Era una mariposa de un color azul tan intenso que parecía un pedacito de cielo caído a la tierra. La mariposa bailaba con elegancia entre los arbustos de lavanda y las rosas rojas.

—¡Te atraparé ahora mismo! —pensó Luna con determinación.
Sin pensarlo dos veces, la gatita se lanzó en un salto acrobático, pero la mariposa, con un leve aleteo, se elevó justo a tiempo. Luna no se rindió. Corrió de un lado a otro, saltando sobre las macetas de terracota, trepando por el tronco del viejo manzano y dando volteretas en el aire. Sin embargo, cuanto más rápido corría Luna, más rápido parecía volar la mariposa. Frustrada y con el corazón latiendo a mil por hora, Luna se dejó caer sobre la hierba, agotada y con la lengua afuera.

Se quedó allí, muy quieta, simplemente observando cómo las nubes desfilaban lentamente por el cielo. El jardín estaba tranquilo. Decidió cerrar los ojos un momento y escuchar el susurro del viento entre las hojas. Por primera vez en su vida, Luna no tenía prisa por ir a ninguna parte. Se convirtió en una pequeña estatua de terciopelo gris, fundiéndose con el paisaje.
De repente, sintió un roce casi imperceptible en la punta de su oreja derecha. Luego, algo ligero como un pétalo de flor se posó con delicadeza sobre su nariz. Luna abrió los ojos muy despacio. ¡Allí estaba! La mariposa azul descansaba tranquilamente sobre ella, moviendo sus alas al ritmo de la respiración de la gatita. Luna no intentó atraparla; simplemente disfrutó de aquel momento mágico. Comprendió entonces que la paciencia no era solo esperar, sino saber disfrutar del silencio hasta que las cosas buenas deciden llegar por su cuenta.
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