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Había una vez en un reino lejano una joven princesa llamada Yanet. Yanet no era una princesa común; mientras otros niños soñaban con castillos de chocolate o dragones de juguete, ella pasaba sus tardes observando cómo las estrellas comenzaban a parpadear en el cielo. Yanet tenía siete años, una piel del color de la aceituna, y una cabellera tan lacia y oscura que siempre parecía tener una pequeña chispa de luz atrapada entre ellos. Siempre vestía su vestido favorito de color lavanda, adornado con delicados bordados de plata que brillaban como la luna llena.
Un atardecer, mientras exploraba los rincones más antiguos del jardín real, Yanet notó algo inusual. Detrás de una cortina de hiedra espesa y antigua, en un muro de piedra que todos creían sólido, asomaba el borde de una pequeña puerta dorada. Con el corazón latiendo con fuerza, Yanet apartó las hojas verdes y giró el pomo. La puerta se abrió sin un solo chirrido, revelando un sendero hecho de pétalos de flores que emitían un suave resplandor azulado.
Al cruzar el umbral, Yanet se encontró en un lugar que desafiaba toda lógica. Era el Jardín de los Sueños Susurrantes. Aquí, las flores no eran plantas comunes; eran grandes tulipanes de cristal, rosas de seda que cambiaban de color y árboles cuyas hojas parecían hechas de papel de estrellas. Sin embargo, algo estaba mal. El jardín, que debería haber estado lleno de vida y música, se veía apagado. Las flores colgaban sus cabezas y los colores eran pálidos, como una pintura olvidada bajo la lluvia.
—¿Hola? —susurró Yanet, su voz resonando dulcemente.

De detrás de un arbusto de bayas plateadas, emergió una criatura pequeña y peluda. Era un zorro de color naranja vibrante, pero lo más sorprendente eran las pequeñas alas transparentes que brotaban de su espalda.
—Llegas justo a tiempo, Princesa —dijo el zorro con una voz que sonaba como campanillas—. Soy Chispa, el guardián de este jardín. Los sueños de los niños del reino están perdiendo su brillo porque la gente ha olvidado cómo imaginar cosas imposibles. Si el jardín muere, las noches se volverán grises y vacías.
Yanet sintió una gran tristeza. Miró a su alrededor y vio una gran azucena azul que estaba casi marchita. Se acercó y, recordando las historias que su abuela le contaba, comenzó a narrar un cuento sobre un barco que navegaba por las nubes. A medida que hablaba, la flor comenzó a enderezarse y un brillo intenso emanó de sus pétalos.
—¡Eso es! —exclamó Chispa saltando de alegría—. ¡La imaginación es el agua de este jardín!

Chispa le explicó que para salvar el jardín por completo, debían llegar a la Gran Fuente de los Deseos en el centro del valle, la cual se había secado. El camino no era fácil. Tuvieron que cruzar el Puente de los Suspiros, que solo se volvía sólido si reías a carcajadas, y atravesar el Bosque de las Sombras Olvidadas, donde Yanet tuvo que usar su valentía para recordar que la luz siempre vence a la oscuridad.
Finalmente, llegaron a la fuente. Era una estructura majestuosa de cristal puro, pero su cuenco estaba vacío y polvoriento. En el centro de la fuente, había una pequeña ranura.
—Necesitamos la Semilla del Asombro —dijo Chispa con preocupación—. Pero solo aparece cuando alguien entrega su recuerdo más feliz.
Yanet cerró los ojos. Pensó en el día que aprendió a montar a caballo, en el olor del pan recién horneado en la cocina del castillo y en los abrazos de sus padres. Pero luego, pensó en el momento exacto en que abrió la puerta dorada y descubrió que la magia era real. Esa chispa de asombro puro se materializó en su mano como una perla luminosa. La colocó en la fuente y, de repente, un estallido de agua que parecía polvo de estrellas líquido brotó hacia el cielo.
El agua fluyó por los canales del jardín, tocando cada raíz y cada pétalo. El jardín explotó en una sinfonía de colores: violetas eléctricos, dorados solares y verdes esmeralda. Las flores comenzaron a cantar una melodía suave que viajó por el viento hasta las habitaciones de todos los niños de Somnia.
Yanet regresó a su habitación justo cuando la primera estrella de la noche se posaba sobre su ventana. Sabía que a partir de ahora, cada vez que un niño cerrara los ojos, encontraría un mundo lleno de aventuras gracias a que ella se atrevió a creer. Desde aquel día, Yanet no solo fue una princesa, sino la Guardiana Secreta de los Sueños, asegurándose de que la magia nunca dejara de florecer.
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