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En el corazón del Centro Espacial, donde los motores rugen y los sueños despegan hacia las estrellas, vivía una gata muy especial llamada Luna. Luna no era una felina común de sofá y siestas largas. Era una gata calicó, con manchas blancas, naranjas y negras, y unos ojos verdes tan brillantes que parecían contener galaxias enteras. Mientras sus compañeros de la base se conformaban con cazar saltamontes en los jardines, Luna pasaba las noches sentada sobre los techos de los hangares, observando fijamente a la Luna, esa esfera brillante que ella estaba convencida de que era el ovillo de lana más grande y magnífico del universo.
Luna conocía todos los rincones de la NASA. Sabía qué ingenieros dejaban caer trozos de atún y quiénes le permitían dormir sobre los cálidos monitores de las salas de control. Pero su lugar favorito era el hangar del 'Explorador-1', un cohete blanco y reluciente que se alzaba como un gigante hacia el cielo. Los astronautas la llamaban 'la jefa de seguridad' y le habían fabricado un pequeño arnés azul y un casco plateado a su medida, bromeando sobre su destino espacial. Lo que ellos no sabían era que Luna se tomaba esas bromas muy en serio.
La noche del gran lanzamiento, el ambiente estaba cargado de electricidad. Luna vio cómo los astronautas se preparaban y, aprovechando un descuido durante la carga de suministros, se escabulló dentro de la cabina principal. Se escondió detrás de un panel de cables tibios y esperó. De repente, un estruendo sacudió el mundo. Luna sintió una presión inmensa que la empujaba contra el suelo, como si un perro gigante estuviera sentado sobre ella. Pero después de unos minutos de vibraciones intensas, ocurrió algo mágico: el peso desapareció.

Luna salió de su escondite y soltó un maullido de asombro. Ya no caminaba; flotaba. Sus patas no tocaban el suelo y su cola se movía lentamente en el aire como una serpiente perezosa. Miró por la escotilla circular y se le erizó el pelaje de la emoción. Allí estaba la Tierra, una canica azul y blanca flotando en la negrura más profunda que jamás hubiera visto.
—¡Miau! —exclamó, viendo cómo unas gotas de agua flotaban a su alrededor como burbujas de cristal.
En la cabina, un pequeño robot de mantenimiento llamado Orbitrón, que parecía una esfera metálica con un solo ojo brillante, se acercó a ella. Orbitrón no hablaba, pero emitía pitidos amistosos. Juntos, la gata y el robot exploraron la nave en gravedad cero. Luna descubrió que cazar burbujas de agua en el espacio era mucho más divertido que perseguir punteros láser en la Tierra.

A medida que se acercaban a su destino, Luna buscó su gran ovillo plateado. Sin embargo, al mirar de cerca la superficie de la Luna a través del telescopio de la nave, se dio cuenta de que no era lana suave, sino una roca llena de cráteres y polvo gris. Por un momento, se sintió decepcionada. Pero entonces, Orbitrón señaló hacia el otro lado de la galaxia. Allí, una nebulosa lejana brillaba con colores púrpuras, rosas y dorados, retorciéndose en el espacio como si alguien hubiera desenredado una madeja de seda cósmica.
—Ese es el verdadero ovillo —pensó Luna, maravillada—. Y es mucho más hermoso de lo que imaginé.
Durante los días siguientes, Luna se convirtió en un miembro vital de la tripulación. Ayudaba a Orbitrón a alcanzar cables en rincones estrechos y mantenía la moral alta con sus ronroneos rítmicos que resonaban en los pasillos de metal. Aprendió que el espacio no era un lugar vacío y frío, sino un jardín de luces esperando ser explorado.
Cuando llegó el momento de regresar, Luna se acomodó nuevamente en su rincón seguro. El reingreso fue intenso, con llamas anaranjadas lamiendo las ventanas de la nave, pero ella no tuvo miedo. Sabía que Orbitrón y los astronautas la cuidarían. La cápsula aterrizó con un suave chapuzón en el océano y, cuando los equipos de rescate abrieron la escotilla, se llevaron la sorpresa de sus vidas.
Allí estaba Luna, la gata calicó, con su casco plateado puesto y una mirada de serenidad absoluta. Se había convertido en la primera gata en orbitar el planeta y regresar para contarlo. Al volver a la base, le sirvieron un tazón de leche fresca y le dieron una medalla dorada que colgaba de su arnés azul. Luna volvió a dormir en los hangares, pero ahora, cuando miraba al cielo nocturno, ya no buscaba un ovillo de lana. Sabía que allá arriba, entre las estrellas, había dejado un amigo robot y un universo lleno de misterios que ahora llamaba hogar.
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