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Gratis · elegí una vozLunita era un lobito de río muy especial. No le gustaba pescar salmones ni chapotear en el río Paraná como los demás. Lunita soñaba con la Luna. Cada noche, se sentaba en la orilla y miraba al cielo, maravillado con su brillo plateado. "¡Algún día, iré a la Luna!" exclamaba con entusiasmo, agitando sus pequeñas patitas. Los otros lobitos se reían de él. "¡La Luna está demasiado lejos!", le decían. "¡Es imposible que un lobito de río llegue hasta allá!"
Pero Lunita no se dejaba desanimar. Con su espíritu aventurero y su corazón lleno de sueños, decidió que encontraría la manera de viajar a la Luna. Primero, intentó construir una balsa con troncos y lianas, pensando en remar hasta el espacio. Pero la balsa se hundió al primer intento. Luego, intentó saltar lo más alto que podía, esperando alcanzar alguna estrella que lo llevara a su destino. Pero, por supuesto, solo logró caer de bruces en la arena.
Un día, mientras Lunita contemplaba la Luna con tristeza, una luciérnaga brillante se posó en su nariz. "¿Por qué estás tan triste, pequeño lobito?" preguntó la luciérnaga con su voz suave y melodiosa. Lunita le contó su sueño de viajar a la Luna y su frustración por no saber cómo lograrlo. La luciérnaga sonrió. "La Luna está muy lejos, es cierto," dijo. "Pero con ingenio y la ayuda de tus amigos, todo es posible."
La luciérnaga le propuso a Lunita pedir ayuda a la garza sabia del río. La garza era conocida por su inteligencia y por haber viajado por todo el mundo. Lunita, lleno de esperanza, corrió a buscar a la garza. La encontró pescando tranquilamente en la orilla. Le contó su sueño y le pidió consejo. La garza escuchó atentamente y luego dijo: "Para llegar a la Luna, necesitas un vehículo especial. Un vehículo que vuele más alto que las nubes y más rápido que el viento."
La garza sugirió que Lunita construyera un cohete. Al principio, Lunita no sabía qué era un cohete, pero la garza se lo explicó pacientemente. Le dijo que era una máquina poderosa que utilizaba fuego para impulsarse hacia arriba. Lunita se entusiasmó con la idea. Juntó a todos sus amigos: los castores, las ardillas, los monos y hasta los perezosos. Les explicó su plan y les pidió ayuda. Al principio, algunos estaban escépticos, pero la determinación de Lunita era contagiosa y pronto todos se unieron al proyecto.
Los castores se encargaron de cortar los árboles y construir la estructura del cohete con troncos fuertes y resistentes. Las ardillas recolectaron hojas secas y ramas pequeñas para hacer el combustible. Los monos, con su agilidad, se encargaron de atar las piezas y asegurar que todo estuviera bien sujeto. Incluso los perezosos, aunque lentos, ayudaron a transportar materiales importantes. La luciérnaga, con su luz brillante, iluminaba el trabajo durante la noche.
Después de muchas semanas de arduo trabajo, el cohete estaba listo. Era una estructura imponente, hecha de madera y cubierta de hojas secas. Lunita estaba emocionado y nervioso. Subió a la cabina del cohete, se abrochó el cinturón de seguridad (hecho de lianas) y esperó con el corazón latiendo a mil por hora. La garza encendió el combustible con una chispa. El cohete tembló, soltó una nube de humo y, con un estruendo ensordecedor, ¡despegó!
Lunita gritó de alegría mientras el cohete se elevaba hacia el cielo. Dejó atrás el río Paraná, los árboles y a sus amigos. Pronto, vio las nubes pasar a su lado y las estrellas brillar con intensidad. Después de un largo viaje, finalmente llegó a la Luna. La Luna era aún más hermosa de lo que había imaginado. Era blanca, suave y llena de cráteres misteriosos. Lunita saltó del cohete y comenzó a explorar. Corrió, saltó y jugó en la superficie lunar, dejando pequeñas huellas de lobito de río en el polvo estelar.
Después de un tiempo, Lunita sintió nostalgia de su hogar y de sus amigos. Se despidió de la Luna con una sonrisa y regresó al cohete. Encendió los motores y, con un suspiro, emprendió el viaje de regreso a la Tierra. Al llegar, sus amigos lo recibieron con abrazos y vítores. Lunita les contó sus aventuras en la Luna y les mostró las rocas lunares que había traído como recuerdo.
Desde ese día, Lunita se convirtió en un héroe para todos los lobitos de río. Demostró que no hay sueño imposible si uno se lo propone con determinación y con la ayuda de los amigos. Y aunque siguió disfrutando de pescar salmones y chapotear en el río Paraná, nunca olvidó su aventura en la Luna, la aventura que le enseñó que el cielo no es el límite, ¡cuando hay huellas de lobito de río en la Luna!
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