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Gratis · elegí una vozEvelyn Vallejos, pero todos la conocían como Lyna, era una niña muy curiosa. Vivía en un pueblito chiquito rodeado de montañas verdes y un río brillante. A Lyna le encantaba explorar, y siempre andaba buscando nuevas aventuras. Un día, mientras jugaba cerca del río, Lyna notó algo extraño. ¡El arcoíris que siempre aparecía después de la lluvia había desaparecido! El cielo se veía triste y gris, y las flores parecían haber perdido su color. Lyna se preocupó mucho. El arcoíris era la alegría del pueblo, y sin él, todo parecía un poco apagado.
"¡Esto no puede ser!", exclamó Lyna. "¡Tengo que encontrar el arcoíris!".
Y así, Lyna comenzó su aventura. Primero, fue a ver a Don Benito, el anciano sabio del pueblo. Don Benito vivía en una casita en la cima de la montaña y conocía todos los secretos del valle.
"Don Benito, ¡el arcoíris se ha ido!", le contó Lyna, con los ojos llenos de preocupación.
Don Benito se rascó la barba blanca y sonrió tristemente. "Ah, Lyna, el arcoíris es muy travieso. A veces se esconde cuando la gente olvida apreciar la belleza que los rodea. Dicen que para encontrarlo, hay que seguir el camino de las sonrisas y encontrar el lugar donde la alegría es más pura".
Lyna agradeció a Don Benito y bajó de la montaña, pensando en sus palabras. "El camino de las sonrisas… ¿dónde encontraré eso?", se preguntó. Decidió empezar por la plaza del pueblo, donde siempre había niños jugando.
Al llegar a la plaza, Lyna vio que los niños estaban jugando, pero no parecían muy felices. Jugaban sin entusiasmo, y sus risas no sonaban tan alegres como siempre. Lyna se acercó a un grupo de niños que estaban jugando a la rayuela.
"Hola", les dijo Lyna. "¿Por qué no están sonriendo? ¿Qué les pasa?".
Uno de los niños, un chico llamado Mateo, respondió: "Es que sin el arcoíris, todo es aburrido. Ya no tenemos ganas de jugar".
Lyna pensó por un momento. "¡Ya sé!", exclamó. "Vamos a jugar a algo que nos haga reír mucho. ¡Vamos a jugar a las escondidas!".
Los niños al principio no estaban muy convencidos, pero Lyna los animó y pronto todos estaban corriendo y riendo, buscando los mejores escondites. Lyna era muy buena para hacer reír a los demás, y pronto la plaza se llenó de carcajadas.
Mientras jugaban, Lyna notó algo brillante en el cielo. ¡Era un pequeño fragmento de arcoíris! Estaba muy tenue, casi invisible, pero estaba allí. Lyna entendió que la alegría de los niños estaba haciendo que el arcoíris volviera poco a poco.
Después de jugar a las escondidas, Lyna y los niños decidieron ir a visitar a la abuela Rosa, que vivía en una casita cerca del bosque. La abuela Rosa era famosa por sus deliciosas galletas y sus cuentos maravillosos.
Al llegar a la casa de la abuela Rosa, Lyna y los niños la encontraron muy triste. "Ay, niños", dijo la abuela Rosa. "Ya no tengo ganas de hornear galletas. Sin el arcoíris, todo me parece muy triste".
Lyna tuvo una idea. "Abuela Rosa, ¿por qué no nos cuentas una de tus historias? Eso siempre nos alegra el día".
La abuela Rosa sonrió un poco y comenzó a contar una historia sobre un valiente caballero y una princesa que rescató un unicornio mágico. Su voz era suave y melodiosa, y los niños escuchaban atentamente, imaginando las aventuras del caballero y la princesa.
Mientras la abuela Rosa contaba su historia, Lyna volvió a mirar al cielo. ¡El fragmento de arcoíris era un poco más grande! La alegría de la historia estaba haciendo que el arcoíris recuperara su color.
Después de escuchar la historia, Lyna y los niños ayudaron a la abuela Rosa a hornear galletas. Amasaron la masa, cortaron las galletas con formas divertidas y las decoraron con chispas de colores. La cocina se llenó del delicioso aroma de las galletas recién horneadas, y la abuela Rosa volvió a sonreír.
Lyna miró al cielo por última vez. ¡El arcoíris estaba casi completo! Faltaba solo un pequeño fragmento.
Lyna se dio cuenta de que para encontrar el arcoíris, no solo había que encontrar la alegría, sino también compartirla con los demás. Decidió volver a la plaza del pueblo y compartir las galletas con todos los que se encontrara.
Cuando llegó a la plaza, Lyna compartió las galletas con los niños, los ancianos y todos los que estaban allí. Todos probaron las deliciosas galletas de la abuela Rosa y sonrieron. La plaza se llenó de risas, alegría y el delicioso aroma de las galletas.
Y entonces, sucedió algo mágico. El último fragmento del arcoíris apareció en el cielo, completando el hermoso arco que iluminaba todo el pueblo. El cielo volvió a ser azul, las flores recuperaron su color y la alegría regresó a los corazones de todos.
Lyna sonrió. Había encontrado el arcoíris perdido, no buscándolo en un lugar lejano, sino creando alegría y compartiéndola con los demás. Y desde ese día, Lyna siempre recordaba que la verdadera belleza está en las pequeñas cosas y en la alegría que compartimos con los que nos rodean.
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