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Maite era una pastora muy especial. No cuidaba ovejas lanudas, ni cabras juguetonas. Maite pastoreaba estrellas. Vivía en la cima de la Montaña Centelleante, donde el cielo era tan oscuro que las estrellas parecían diamantes esparcidos sobre un terciopelo negro.
Cada noche, al caer el sol, Maite salía con su cayado hecho de madera de sauce y adornado con cascabeles de plata. Los cascabeles repiqueteaban suavemente, llamando a las estrellas. ¡Tintín, tintín, tintín! Y las estrellas, obedientes, comenzaban a descender desde lo alto del firmamento.
Había estrellas de todos los tamaños y colores. Unas eran grandes y brillantes, como la estrella Vega, que siempre guiñaba un ojo a Maite. Otras eran pequeñas y tímidas, como las estrellas de la Osa Menor, que se acurrucaban unas contra otras buscando calor. Maite las conocía a todas por su nombre y sabía cuál necesitaba más atención.
Su trabajo consistía en mantenerlas brillantes y felices. Las conducía por los caminos celestiales, asegurándose de que no se perdieran en la inmensidad del universo. Les contaba historias sobre la Tierra, sobre los niños que miraban al cielo y pedían deseos a las estrellas fugaces. Les cantaba nanas cósmicas que hacían que las estrellas parpadearan de alegría.
Una noche, Maite notó que una estrella, a la que llamaba Lucero, estaba muy apagada. Su luz, que normalmente era un faro en la oscuridad, apenas se distinguía. Maite se acercó a Lucero con preocupación.
"¿Qué te pasa, Lucero?", le preguntó Maite, acariciando su superficie con su mano.
Lucero suspiró tristemente. "Estoy cansada, Maite. Ya no tengo energía para brillar."
Maite sintió mucha pena por Lucero. Sabía que las estrellas necesitan energía para brillar, y esa energía la obtienen de la alegría y la admiración de los seres vivos. Últimamente, había notado que la gente en la Tierra estaba preocupada por otras cosas y se olvidaba de mirar al cielo.
"No te preocupes, Lucero", le dijo Maite con determinación. "Yo te ayudaré."
Maite pensó y pensó. ¿Cómo podía devolver la alegría a Lucero y hacer que la gente volviera a mirar al cielo? Entonces, tuvo una idea.
Al día siguiente, Maite bajó de la Montaña Centelleante y fue al pueblo más cercano. Allí, reunió a todos los niños y les contó la historia de Lucero, la estrella que estaba perdiendo su luz.
Los niños se sintieron muy tristes al escuchar la historia. Decidieron que tenían que hacer algo para ayudar a Lucero. Maite les propuso una idea maravillosa: organizar un festival de luces.
Durante días, los niños trabajaron con entusiasmo. Fabricaron farolillos de papel de todos los colores, pintaron cuadros brillantes con estrellas y constelaciones, y aprendieron canciones sobre el cielo y las estrellas.
Finalmente, llegó la noche del festival. El pueblo entero se iluminó con la luz de los farolillos. Los niños cantaron canciones, bailaron y contaron historias sobre las estrellas. La alegría y la emoción llenaron el aire.
Maite miró hacia el cielo. Y allí, ¡oh, sorpresa!, Lucero brillaba con más intensidad que nunca. Su luz era tan fuerte que iluminaba todo el pueblo.
Lucero había recuperado su energía gracias a la alegría y la admiración de los niños. Maite sonrió. Sabía que su trabajo era importante. Ella era la pastora de las estrellas, y su misión era mantenerlas brillantes y felices para que pudieran iluminar el mundo.
Desde aquella noche, los niños del pueblo nunca más se olvidaron de mirar al cielo. Cada noche, antes de dormir, miraban a Lucero y le enviaban un pensamiento de amor y alegría. Y Lucero, agradecida, brillaba con más fuerza que nunca, recordándoles que la magia y la esperanza siempre están ahí, en lo alto del cielo, esperando ser descubiertas.
Y Maite, la pastora de las estrellas, continuó su trabajo, cuidando de su rebaño luminoso y velando por la felicidad de todos.
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