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Gratis · elegí una vozSara era una mamá normal. Le encantaba leer cuentos a Nicolás, de seis años, y peinar el cabello brillante de Candela, de cuatro. Un día, mientras horneaban galletas de chispas de chocolate, la radio interrumpió la música con una noticia escalofriante: ¡un apocalipsis zombie!
Al principio, Sara pensó que era una broma pesada. Pero cuando vio por la ventana al vecino, el Señor Rodríguez, tambaleándose con los brazos extendidos y un gruñido raro, supo que no lo era. El Señor Rodríguez, que siempre le daba caramelos a los niños, ¡era ahora un zombie!
"¡Nicolás! ¡Candela! ¡Rápido, a la bodega!", gritó Sara. La bodega era oscura y polvorienta, pero Sara la había preparado para emergencias: tenía agua embotellada, latas de frijoles, linternas y mantas calientitas.
Pasaron horas en la bodega. Afuera, los gruñidos y los golpes contra la puerta eran cada vez más fuertes. Nicolás tenía miedo y Candela lloraba, aferrándose a su osito de peluche. Sara los abrazó fuerte. "Todo estará bien", les susurró, aunque por dentro no estaba tan segura.
De repente, ¡BAM! La puerta de la bodega se abrió de golpe. Un zombie, con los ojos rojos y la ropa desgarrada, entró tambaleándose. Sara sintió el miedo helado, pero recordó que era una mamá. ¡Y las mamás protegen a sus hijos!
Sin pensarlo dos veces, Sara agarró la escoba que estaba en una esquina y ¡ZAS! Le dio al zombie un golpe en la cabeza. El zombie gruñó y se tambaleó hacia atrás. Sara aprovechó para empujarlo fuera de la bodega y cerró la puerta con llave.
"¡Tenemos que salir de aquí!", dijo Sara, con el corazón latiendo a mil por hora. "Pero, ¿cómo? Hay zombies por todas partes".
Nicolás, que era muy listo, sugirió: "Mamá, ¿recuerdas el túnel secreto que el abuelo construyó desde la bodega hasta el jardín?". El abuelo, un inventor excéntrico, había construido un túnel secreto para escapar de los osos (¡nunca hubo osos en su vecindario!). Sara había olvidado por completo el túnel.
Con la linterna, encontraron la entrada al túnel, escondida detrás de una estantería. Era estrecho y polvoriento, pero era su única esperanza. Se arrastraron por el túnel, Nicolás delante, Candela en medio y Sara detrás, empujando suavemente.
Después de lo que pareció una eternidad, salieron al jardín, detrás de un gran arbusto de rosas. El jardín estaba lleno de zombies, pero Sara tuvo una idea.
"Nicolás, Candela, recuerden la canción que siempre cantamos cuando jugamos a los indios?", preguntó Sara. Los niños asintieron. Sara comenzó a cantar la canción, con una voz fuerte y clara.
"¡Uh-ah! ¡Uh-ah! ¡Somos los guerreros valientes! ¡Uh-ah! ¡Uh-ah! ¡Espantamos a los miedosos!"
Mientras cantaban, Sara comenzó a bailar como un guerrero indio, moviendo los brazos y gritando. Nicolás y Candela la imitaron. Los zombies, confundidos por la canción y los bailes extraños, se detuvieron a mirarlos.
Sara aprovechó la confusión para llevar a Nicolás y Candela al garaje. Allí, estaba el viejo coche del abuelo, cubierto de polvo. Sara nunca había conducido un coche, pero recordó lo que su abuelo le había enseñado.
Respiró hondo, metió la llave, y... ¡VROOOOM! El coche arrancó. Sara apretó el acelerador y salió del garaje a toda velocidad, esquivando a los zombies.
Condujeron hasta la granja de la abuela Elena, que estaba lejos de la ciudad. La abuela Elena era una mujer fuerte y sabia, que sabía mucho sobre hierbas y plantas. Cuando llegaron, la abuela Elena los recibió con un abrazo cálido y una sonrisa.
"¡Sara, mis niños! Sabía que llegarían", dijo la abuela Elena. La abuela Elena había preparado la granja para el apocalipsis zombie. Tenía un huerto lleno de verduras, gallinas que ponían huevos y un sistema de defensa ingenioso: ¡lanzadores de calabazas gigantes!
En la granja de la abuela Elena, Nicolás y Candela estaban a salvo. Sara, la mamá que nunca había pensado que sería una heroína, se dio cuenta de que el amor y la valentía son las armas más poderosas. Y aunque todavía había zombies por ahí, sabía que juntos, podrían superar cualquier cosa. Aprendieron a cultivar, a cuidar de los animales y, lo más importante, a estar juntos y a apoyarse mutuamente. Sara se había convertido en ¡Mamá Zombie-Súper! y había salvado a sus hijos. Y cada noche, antes de dormir, Sara les contaba cuentos sobre guerreros valientes y mamás increíbles, recordándoles que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza y amor. La abuela Elena les enseñó a reconocer las plantas que curaban y a defenderse si era necesario. Finalmente el mundo volvió a la normalidad. Los científicos encontraron una cura y Nicolás, Candela y Sara regresaron a casa. Y aunque todo había vuelto a ser como antes, sabían que su familia era más fuerte que nunca.
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