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Había una vez dos hermanos llamados Tomás y Lucía que vivían en un departamento muy especial. Su hogar no estaba en el centro de una ciudad ruidosa, sino justo al pie de una montaña tan grande que parecía tocar las nubes con su cima de piedra. A través de su ventana, los hermanos podían ver los árboles meciéndose con el viento y escuchar el canto de los pájaros por la mañana.
Un sábado soleado, Tomás y Lucía decidieron que era el momento perfecto para cumplir un sueño: adoptar un gatito. Con los ahorros de sus meriendas y mucha ilusión, salieron de casa tomados de la mano. Primero fueron a una veterinaria que estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, al llegar, el veterinario les dio una noticia triste: todos los gatitos ya habían encontrado un hogar.
—No se preocupen —dijo Lucía, tratando de animar a su hermano menor—, hay otra veterinaria a solo dos cuadras de aquí. ¡Seguro que allí nos espera nuestro nuevo amigo!
Y así fue. En la segunda veterinaria, dentro de una pequeña camita de lana, encontraron a un gatito chiquitito, blanco como la nieve pero con unas manchas naranjas muy divertidas que parecían pinceladas de mermelada. En cuanto el gatito vio a los hermanos, soltó un maullido agudo y empezó a ronronear. Fue amor a primera vista. Lo llamaron Manchitas.
Al llegar al departamento, la emoción de Manchitas era incontenible. Como era apenas un bebé, quería explorarlo todo a la velocidad del rayo. Corría por los pasillos, saltaba sobre los sillones y, en un descuido, ¡pum! Tiró un tazón de vidrio que estaba sobre la mesa ratona. El tazón se hizo pedazos y el agua se desparramó por el suelo. Tomás y Lucía pasaron la tarde limpiando travesuras, recogiendo juguetes mordidos y tratando de calmar al torbellino naranja y blanco.

Finalmente, cuando la luna se asomó por encima de la gran montaña, el cansancio venció a Manchitas. El gatito se acurrucó en su nueva mantita y se quedó profundamente dormido. Los hermanos, aliviados y cansados, también se fueron a sus camas, pensando que la aventura del día había terminado.
Pero a la madrugada, mientras todos roncaban bajito, Manchitas se despertó. Sus instintos de explorador estaban más despiertos que nunca. Vio que la pequeña ventana del lavadero había quedado apenas entreabierta y, con la agilidad de un pequeño tigre, saltó hacia afuera. No quería escaparse, solo tenía curiosidad por esa montaña gigante que brillaba bajo la luz plateada.
El gatito caminó por el sendero de tierra, trepó por unas rocas suaves y llegó a un claro en la ladera de la montaña. Allí, se acostó sobre la hierba fresca. El silencio era maravilloso. Manchitas miró hacia arriba y vio miles de estrellas titilando como diamantes en el cielo oscuro. Se sentía tan tranquilo y feliz que, sin darse cuenta, cerró sus ojitos y se quedó dormido bajo el manto celestial.
A la mañana siguiente, el pánico se apoderó del departamento.
—¡Tomás! ¡Manchitas no está! —gritó Lucía, revisando debajo de todas las camas.

Buscaron en el clóset, detrás de las cortinas y hasta dentro de las cajas de zapatos, pero el gatito había desaparecido. Desesperados, los hermanos salieron corriendo a la calle. Recorrieron toda la ciudad, preguntaron a los vecinos y buscaron en los parques, pero nadie había visto a un gatito blanco con manchas naranjas.
Con el corazón triste, regresaron a casa para imprimir carteles. Pusieron una foto de Manchitas que decía: 'Gatito perdido, lo extrañamos mucho'. Justo cuando terminaban de pegar el primer cartel en la entrada del edificio, el teléfono de su mamá sonó. Era un vecino que regresaba de su caminata matutina por la montaña.
—¡Hola! Creo que encontré a su gatito —dijo la voz al otro lado—. Está aquí arriba, en la primera ladera, durmiendo muy plácidamente cerca de unas flores silvestres.
Tomás y Lucía corrieron hacia la montaña más rápido de lo que jamás habían corrido. Allí estaba él, desperezándose y bostezando, sin saber que media ciudad lo estaba buscando. Al ver a sus dueños, Manchitas corrió hacia ellos y trepó por las piernas de Tomás hasta llegar a sus brazos.
—¡Ay, Manchitas! Nos diste un susto enorme —dijo Lucía mientras lo acariciaba—. Solo querías ver las estrellas, ¿verdad?
Desde ese día, los hermanos se aseguraron de cerrar bien todas las ventanas por la noche, pero también le compraron a Manchitas una cama especial junto a la ventana más grande, para que pudiera ver las estrellas de la montaña cada noche desde la seguridad de su hogar. Prometieron cuidarlo muchísimo, y Manchitas, a cambio, prometió no romper más tazones de vidrio, aunque de vez en cuando, todavía soñaba con tocar las estrellas con sus patitas de mermelada.
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