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Gratis · elegí una vozCuando tenía dieciséis años, era más tímida que un ratoncito en una biblioteca. Si alguien decía mi nombre fuerte, ¡pum!, mis mejillas se ponían rojas como tomates. Y si me preguntaban algo de repente, tartamudeaba como un pollito perdido. No sabía qué hacer con mis manos, ¡siempre estaban escondidas en mis bolsillos! Tampoco sabía qué decir, y mucho menos cómo explicar lo que sentía.
Y luego estaba él. Mi… bueno, mi primer novio. Se llamaba Mateo, y era igual que yo. ¡Quizás incluso un poquito más tímido!
Íbamos a la misma escuela desde hacía años. Compartíamos clases de matemáticas (¡qué aburrimiento!), recreos donde comíamos sándwiches de queso, y a la señora Pérez, que siempre nos regañaba por hablar. Pero nunca hablábamos mucho entre nosotros. Nos mirábamos, eso sí. Nos mirábamos como si estuviéramos actuando en una película sin sonido.
Un día, no me acuerdo quién fue (¡quizás el viento!), alguien dijo algo sobre nosotros. Y de pronto, ¡zas!, éramos novios.
Pero, ¿qué significaba eso de ser novios? ¡Ninguno de los dos lo sabía muy bien!
Nuestro “noviazgo” era como un secreto compartido. Caminábamos juntos hasta casa después de la escuela, en silencio, observando las hormigas en la acera. Por las noches, nos mandábamos mensajitos por el celular. Mensajitos larguísimos, llenos de preguntas raras que no sabíamos cómo contestar. Por ejemplo: “¿Te gusta más el azul o el verde?” o “¿Crees que los perros sueñan con huesos?”.
Pero lo que más hacíamos era tomarnos de la mano. ¡Ay, Dios mío, las manos! Nuestras palmas sudaban como si acabáramos de lavar los platos. Estábamos tan nerviosos… Era como si estuviéramos explorando un mundo nuevo, un mundo lleno de cosquillas en el estómago y mariposas en el corazón. Un mundo donde cualquier cosa podía salir mal, ¡y eso nos daba tanto miedo como emoción!
Un día, estábamos sentados en el parque, tomados de la mano, mirando a los patos nadar en el estanque. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y yo… ¡yo estaba a punto de explotar de nervios!
Mateo tosió suavemente. "Eh… Lucia?", dijo con una voz tan baja que casi no lo oí.
"¿Sí, Mateo?", respondí yo, con la voz temblorosa.
Él miró al estanque, luego a un árbol, luego a sus zapatos. ¡Estaba evitando mirarme a los ojos!
"¿Te… te gusta… eh… el helado de fresa?", preguntó finalmente.
Yo me reí. Una risita nerviosa, pero risa al fin y al cabo. "Sí, Mateo. Me encanta el helado de fresa".
Él suspiró, como si acabara de escalar una montaña. "A mí también", dijo. "Deberíamos… deberíamos comer helado de fresa algún día".
"Sí", dije yo. "Deberíamos".
Y nos quedamos ahí, tomados de la mano, mirando a los patos. No dijimos nada más. Pero en ese silencio, sentí algo cambiar. Ya no tenía tanto miedo. Ya no me sudaban tanto las manos. Sentí que Mateo y yo estábamos aprendiendo a ser novios, poquito a poco, a nuestro propio ritmo, con nuestras propias manos sudadas y nuestros propios corazones sonrojados.
Después de eso, las cosas empezaron a ser un poco más fáciles. Empezamos a hablar más, a reírnos más, a mirarnos a los ojos por más tiempo. Descubrimos que a los dos nos gustaban los mismos libros, las mismas películas y la misma pizza. Descubrimos que, aunque éramos tímidos, juntos éramos un poquito menos tímidos.
Un día, Mateo me regaló una flor. Una pequeña margarita que había arrancado del jardín de su abuela. Me la dio con las manos temblorosas y las mejillas rojas. Y yo, por primera vez, no tartamudeé cuando le di las gracias.
Nuestro noviazgo siguió siendo un poco torpe, un poco raro, un poco… ¡nosotros! Pero era nuestro noviazgo, y lo estábamos construyendo juntos, con cada mano sudada, con cada mensajito tonto, con cada mirada tímida.
Y aprendí que ser tímido no es malo. Solo significa que necesitas un poquito más de tiempo para abrirte, para mostrar tu verdadero yo. Y que a veces, la persona perfecta para ti es alguien que también necesita un poquito de tiempo para abrirse. Alguien con quien puedes tomarte de la mano, sudar un poquito, y explorar el mundo juntos, paso a paso.
Al final, comimos el helado de fresa. Y sí, estaba delicioso.
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