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Gratis · elegí una vozYo era una niña muy, muy tímida. Imaginen que, si el profe decía mi nombre, ¡pum!, mi cara se ponía roja como un tomate. Si me preguntaban algo de sorpresa, me trababa y no podía decir ni “hola”. No sabía dónde poner las manos, ni qué decir, ¡y mucho menos cómo explicar lo que sentía! Y mi primer novio… bueno, él era igualito a mí. ¡Quizás hasta un poquito más tímido!
Nos conocíamos desde hace mucho tiempo. Íbamos a las mismas clases, jugábamos en el recreo y hasta sufríamos juntos con los profes que eran un poco aburridos. También compartíamos los cafés aguados de la cantina, ¡puaj! Pero fue en el último año de la escuela que algo cambió. Nos mirábamos mucho, como si estuviéramos en una película donde nadie hablaba. Un día, alguien – no me acuerdo quién fue – dijo algo, y de pronto… ¡éramos novios!
Aunque, si les soy sincera, ninguno de los dos sabía muy bien qué significaba eso de ser “novios”.
Nuestro “noviazgo” era como un acuerdo secreto. Caminábamos juntos hasta mi casa después de la escuela. Por las noches, nos mandábamos mensajitos por el celular. ¡Eran mensajes muy largos! Y a veces, nos hacíamos preguntas muy raras que ninguno sabía cómo contestar. Pero lo que más hacíamos era estar tomados de la mano. ¡Uy, qué nervios! Nuestras manos sudaban mucho. Era como si estuviéramos explorando un mundo nuevo, un mundo donde cualquier cosa podía salir mal. Eso nos daba mucho miedo, pero también mucha emoción.
Un día, después de caminar juntos y con las manos sudadas como siempre, llegamos a la puerta de mi casa. Yo estaba muy nerviosa. Quería decirle algo, pero no sabía qué. Él también parecía muy nervioso. Se mordía el labio y no me miraba a los ojos.
“Bueno…”, dije yo, con la voz temblorosa. “Nos vemos mañana.”
Él asintió con la cabeza, sin decir nada. Pero justo cuando me iba a dar la vuelta para entrar a mi casa, me tomó la mano con más fuerza.
“Espera…”, dijo él, casi en un susurro.
Me di la vuelta y lo miré. Su cara estaba roja, ¡más roja que mi tomate favorito!
“Yo…”, empezó a decir, pero se detuvo. Parecía que las palabras no querían salir de su boca.
Esperé pacientemente. Sabía que le costaba mucho hablar.
Finalmente, después de una larga pausa, dijo: “Yo… me gusta caminar contigo. Me gusta… tus mensajes tontos. Y… me gusta… tomarte de la mano.”
Mi corazón empezó a latir muy rápido. ¡Nunca me había dicho algo así! Yo también sentía lo mismo, pero me daba mucha vergüenza decirlo.
“A mí también…”, dije yo, con la voz apenas audible. “Me gusta caminar contigo. Me gustan… tus mensajes raros. Y… me gusta… tomarte de la mano, aunque suden mucho.”
Él sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero sincera. Y en ese momento, supe que no importaba si éramos tímidos y si nuestras manos sudaban. Lo importante era que nos gustaba estar juntos.
Al día siguiente, cuando nos vimos en la escuela, no nos tomamos de la mano de inmediato. Primero, nos miramos a los ojos y sonreímos. Luego, poco a poco, nuestras manos se acercaron y se entrelazaron. Ya no sentía tanto miedo, solo emoción. Y aunque seguían sudando un poquito, ¡ya no me importaba!
Con el tiempo, dejamos de ser tan tímidos. Aprendimos a hablar más, a expresar nuestros sentimientos y a reírnos de nuestras propias torpezas. Pero nunca olvidamos esos primeros días, esos días de manos sudorosas y mensajes secretos. Porque esos días fueron el comienzo de una linda amistad, una amistad que, con el tiempo, se convirtió en algo más. Y todo empezó con un simple gesto: tomarse de la mano, con miedo y con emoción. Y aunque ahora ya no somos novios, seguimos siendo grandes amigos. Y de vez en cuando, cuando nos vemos, nos tomamos de la mano… ¡y recordamos aquellos tiempos de manitas sudorosas y mensajes secretos!
Ahora sé que ser tímido no es malo. Solo significa que necesitas un poquito más de tiempo para abrirte a los demás. Y a veces, la persona que te ayuda a salir de tu caparazón es alguien tan tímido como tú. ¡Así que no tengan miedo de ser ustedes mismos! Y si tienen las manos sudorosas, ¡no se preocupen! ¡Alguien las encontrará perfectas tal como son!
¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado! Pero la aventura de ser tú mismo, ¡apenas comienza!
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