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Gratis · elegí una vozMara era una liebre patagónica muy curiosa. Vivía en la inmensidad de la estepa, rodeada de arbustos espinosos y pastizales dorados. Corría y saltaba con sus hermanos, jugaba a las escondidas entre las matas de coirón y escuchaba las historias que contaba su abuela, la liebre más sabia de toda la Patagonia. Pero Mara tenía un secreto: soñaba con el mar.
Nunca había visto el mar. La estepa era su hogar, un lugar hermoso, pero las historias de su abuela sobre el "gran misterio azul", un lugar lleno de olas, peces brillantes y arenas suaves, la llenaban de una fascinación irresistible. La abuela contaba que al final de la estepa, donde la tierra se acababa, comenzaba el mar. "Allí", decía con voz suave, "el sol se refleja en el agua y las gaviotas bailan en el viento".
Un día, Mara decidió que ya era hora de dejar de soñar y empezar a vivir su aventura. Esperó a que el sol estuviera alto en el cielo y, sin despedirse de nadie, emprendió su viaje hacia el oeste. Sabía que era un camino largo y peligroso, pero la idea de conocer el mar la llenaba de valentía.
Al principio, todo parecía igual. La estepa se extendía interminable, con sus mismos arbustos y pastizales. Mara corría y corría, sintiendo el viento en sus largas orejas. De vez en cuando, se encontraba con algún guanaco curioso que la miraba pasar, o con un zorro gris que acechaba entre las sombras. Pero Mara no se detenía. Su objetivo era el mar, y nada la haría cambiar de opinión.
Después de varios días de viaje, el paisaje comenzó a cambiar. Los pastizales se volvieron más escasos, y las rocas más abundantes. El terreno se hizo más irregular y difícil de recorrer. Mara estaba cansada, pero siguió adelante, impulsada por su sueño.
Un día, mientras trepaba por una colina rocosa, Mara escuchó un sonido diferente. Era un sonido fuerte y constante, como un rugido lejano. Se detuvo y aguzó el oído. El sonido se hizo más fuerte, y Mara sintió una extraña vibración en el suelo. Con el corazón latiendo con fuerza, llegó a la cima de la colina y miró hacia abajo.
¡Allí estaba! El mar. Un inmenso manto azul que se extendía hasta el horizonte. Las olas rompían en la costa con un estruendo ensordecedor, y la espuma blanca salpicaba el aire. Mara nunca había visto algo tan grande y hermoso. Se quedó sin aliento, con los ojos llenos de lágrimas de emoción.
Bajó corriendo la colina y llegó a la playa. La arena era suave y fría bajo sus patas. Se acercó al agua con cautela y metió una pata. El agua estaba helada, pero no le importó. Se sentó en la arena y observó las olas durante horas. Vio gaviotas volando en círculos sobre su cabeza, escuchó el canto de las aves marinas y sintió la brisa salada en su cara.
De repente, vio algo que brillaba en la arena. Se acercó y descubrió una concha marina de colores. Era la concha más hermosa que jamás había visto. La recogió y la guardó en su bolsillo, como un recuerdo de su increíble aventura.
Mara pasó varios días explorando la costa. Nadó en el mar (aunque al principio le dio un poco de miedo), jugó con las olas y se hizo amiga de un grupo de pingüinos que vivían en una colonia cercana. Los pingüinos le contaron historias sobre el mar profundo, sobre los peces extraños y las criaturas misteriosas que habitaban en él.
Pero después de un tiempo, Mara empezó a sentir nostalgia. Extrañaba a su familia, a sus hermanos, a su abuela. Extrañaba la estepa, su hogar. Sabía que era hora de regresar.
Se despidió de sus amigos pingüinos y emprendió el viaje de regreso a la estepa. Llevaba consigo la concha marina, el recuerdo del mar y una nueva perspectiva sobre el mundo.
Cuando llegó a casa, su familia la recibió con alegría. Su abuela la abrazó con fuerza y le dijo: "Sabía que volverías. La estepa es tu hogar, pero el mundo es muy grande y hay mucho por descubrir".
Mara les contó a todos sobre su aventura, sobre el mar, las olas, los pingüinos y la concha marina. Sus hermanos la escucharon con atención, y desde ese día, todos soñaron con el gran misterio azul. Y aunque Mara amaba la estepa, siempre guardaría en su corazón el recuerdo del día en que conoció el mar.
Y cada vez que sentía el viento en su cara, o veía una nube blanca en el cielo, Mara cerraba los ojos y volvía a sentir la brisa salada, el sonido de las olas y la magia del mar.
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