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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un lugar lleno de colores y alegría, una niña llamada Mara. A Mara le encantaban los colores, los puntos y, sobre todo, ¡los lunares! Tenía un cuaderno secreto lleno de círculos de todas las formas y tamaños. Había lunares grandes como globos, lunares pequeños como hormigas, lunares rojos como fresas, lunares amarillos como el sol, lunares verdes como hojas y hasta lunares morados brillantes que parecían sacados de un cuento de hadas.
Un día, mientras Mara dibujaba felizmente en su habitación, rodeada de sus lápices de colores y su cuaderno lleno de lunares, algo mágico sucedió. Un lunar naranja, ¡sí, un lunar de color naranja brillante!, saltó repentinamente del papel. Mara parpadeó sorprendida. ¿Estaba soñando?
El lunar naranja se estiró, se balanceó y luego, con una vocecita alegre, dijo:
—¡Hola, Mara! ¡Soy un lunar viajero! Me llamo Naranjito. ¿Te gustaría venir conmigo a mi mundo? Es un lugar maravilloso, lleno de alegría y color.
Mara, que era una niña muy curiosa y aventurera, no se lo pensó dos veces. Sus ojos brillaron de emoción. Un mundo lleno de lunares… ¡Era su sueño hecho realidad!
—¡Sí! ¡Sí, quiero ir! —exclamó Mara, con una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
Naranjito, el lunar viajero, saltó de alegría. Extendió una manita de color naranja y Mara la tomó con entusiasmo. De repente, la habitación comenzó a girar y a llenarse de colores brillantes. Todo se volvió borroso por un instante, y luego… ¡puf! Mara y Naranjito se encontraron en un lugar increíble.
¡Estaban en el País de los Lunares! Todo, absolutamente todo, estaba cubierto de lunares de colores. Las paredes de las casas eran de lunares rojos, amarillos y azules. El suelo era un mosaico gigante de lunares verdes y morados. Incluso las nubes en el cielo tenían lunares blancos y rosados. ¡Era un espectáculo asombroso!
Mara miró a su alrededor con la boca abierta. No podía creer lo que veía. El sol, en lugar de ser una simple esfera amarilla, tenía lunares de todos los colores, ¡y parecía sonreírles! Los árboles estaban llenos de frutas que eran lunares gigantes de diferentes sabores.
—¡Bienvenida al mundo de Yayoi! —anunció Naranjito, con orgullo—. Yayoi es una artista increíble que ama los lunares tanto como tú. Ella pintó todo este mundo con su gran imaginación y nunca deja de soñar.
Mara siguió a Naranjito por las calles del País de los Lunares. Vio niños jugando con pelotas que eran lunares gigantes, animales con lunares en su pelaje y flores con pétalos en forma de lunares. Todo era divertido, colorido y lleno de vida.
Llegaron a una casa muy especial, cubierta por completo de lunares de espejo. Naranjito le explicó que allí vivía Yayoi. Mara sintió un poco de nervios, pero también mucha emoción.
Naranjito llamó a la puerta y una voz suave y alegre respondió:
—¡Adelante!
Mara y Naranjito entraron. En el centro de la habitación, rodeada de lienzos cubiertos de lunares, estaba Yayoi. Era una mujer de rostro amable y ojos brillantes, que irradiaba alegría y creatividad.
—¡Hola, Mara! —dijo Yayoi, con una sonrisa cálida—. Naranjito me ha contado que te encantan los lunares. ¡A mí también me fascinan! Son mágicos, ¿verdad?
Mara asintió con entusiasmo. Yayoi la invitó a sentarse y le mostró sus pinturas. Cada cuadro era un universo de lunares, un mundo lleno de imaginación y color. Yayoi le explicó que los lunares representaban la conexión entre todas las cosas, la alegría de vivir y la belleza del mundo.
Mara pasó horas con Yayoi, aprendiendo sobre el arte y la importancia de soñar. Pintaron juntas, crearon nuevas formas de lunares y rieron mucho. Mara se dio cuenta de que Yayoi no solo pintaba lunares, sino que también pintaba la felicidad.
Pero el tiempo en el País de los Lunares pasaba rápido. Naranjito le recordó a Mara que debía regresar a su casa.
—¡Oh, no! —dijo Mara, con tristeza—. No quiero irme. Me estoy divirtiendo mucho aquí.
—Puedes volver cuando quieras —dijo Yayoi, abrazándola con cariño—. Solo tienes que cerrar los ojos, pensar en los lunares y desearlo con todo tu corazón. El País de los Lunares siempre estará aquí para ti.
Mara se despidió de Yayoi y de Naranjito. Cerró los ojos, pensó en los lunares y deseó volver a casa. De repente, sintió un suave tirón y se encontró de nuevo en su habitación, rodeada de sus lápices de colores y su cuaderno lleno de lunares.
Al principio, pensó que todo había sido un sueño. Pero luego, miró su mano y vio que tenía un pequeño lunar naranja brillante. Era una señal de que su aventura en el País de los Lunares había sido real.
Desde ese día, Mara nunca dejó de dibujar lunares. Pero ahora, sus lunares eran diferentes. Estaban llenos de la magia, la alegría y la creatividad que había encontrado en el mundo de Yayoi. Y cada vez que dibujaba un lunar, recordaba su aventura y sonreía, sabiendo que el País de los Lunares siempre estaría esperando su regreso.
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