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Gratis · elegí una vozMaría era una niña curiosa y de ojos brillantes que vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas. A María le encantaba explorar la chacra de su abuelo, un lugar lleno de colores, olores y sonidos maravillosos. La chacra era su lugar favorito en el mundo. Allí crecían tomates rojos y jugosos, calabazas anaranjadas gigantes, y maíz amarillo brillante que se mecía con el viento.
Un día, mientras caminaba entre las plantas de maíz, María escuchó un ruido suave. Era un sonido como de un llanto. Siguió el sonido hasta que llegó a un pequeño claro al borde del bosque. Allí, vio a un venado joven, con una pata lastimada. El venado la miró con sus grandes ojos marrones, llenos de miedo y dolor.
María sintió mucha pena por el venado. Se acercó lentamente, hablándole con suavidad. "No te preocupes, pequeño," le dijo. "No te haré daño. Te ayudaré." El venado pareció entenderla, y se quedó quieto mientras María examinaba su pata. Tenía una espina clavada.
Con mucho cuidado, María sacó la espina de la pata del venado. El venado gimió un poco, pero no se movió. Después, María buscó algunas hojas de una planta medicinal que su abuela le había enseñado a reconocer. Las machacó entre sus manos y las aplicó sobre la herida del venado.
"Esto te ayudará a curarte más rápido," le dijo María al venado. El venado lamió la mano de María, como agradeciéndole su ayuda. María sonrió. Se sentía feliz de haber podido ayudar al animalito.
Durante los días siguientes, María visitó al venado todos los días. Le llevaba agua fresca y hojas tiernas para comer. Poco a poco, el venado fue recuperando su fuerza. Se movía con más facilidad y ya no parecía tan asustado.
Un día, mientras María le daba de comer al venado, escuchó un sonido diferente. Era el sonido de otros venados, que se acercaban al claro. El venado herido levantó la cabeza y miró hacia el bosque. Parecía reconocerlos.
De repente, aparecieron otros venados, una familia completa. La madre venado se acercó al venado herido y lo lamió suavemente. Los otros venados lo rodearon, como dándole la bienvenida de nuevo a su manada.
María sintió una gran alegría al ver a la familia de venados reunida. Sabía que había llegado el momento de despedirse de su amigo. Se acercó al venado herido y lo acarició por última vez.
"Adiós, pequeño," le dijo María. "Cuídate mucho y sé feliz." El venado la miró a los ojos, como diciéndole adiós también. Luego, se unió a su familia y juntos se adentraron en el bosque.
María se quedó mirando cómo se alejaban los venados. Se sintió un poco triste, pero también muy feliz. Sabía que había hecho lo correcto al ayudar al venado. Había aprendido que incluso los animales más salvajes necesitan ayuda a veces, y que todos podemos hacer algo para ayudar a los demás.
Regresó a la chacra, donde su abuelo la esperaba. Le contó todo lo que había pasado con el venado. Su abuelo la escuchó atentamente y luego le sonrió.
"Hiciste muy bien, María," le dijo su abuelo. "Siempre debemos ayudar a los animales y cuidar de la naturaleza. La chacra nos da mucho, y nosotros debemos darle mucho a cambio."
María abrazó a su abuelo. Sabía que tenía razón. La chacra era un lugar mágico, lleno de vida y de amor. Y ella, como la guardiana de la chacra, debía protegerla y cuidarla siempre.
A partir de ese día, María siguió explorando la chacra, pero con una nueva mirada. Ya no solo veía los colores y los olores, sino que también veía la vida que palpitaba en cada rincón. Aprendió a escuchar los sonidos de los animales, a reconocer las huellas en la tierra, y a entender los secretos de la naturaleza.
Y cada vez que veía un venado a lo lejos, recordaba al venado que había ayudado y sonreía, sabiendo que había hecho una pequeña, pero importante, diferencia en el mundo.
Un día, mientras ayudaba a su abuelo a cosechar el maíz, María encontró una pequeña pluma blanca en el suelo. La recogió y la guardó en su bolsillo. Sabía que era un regalo del venado, un recordatorio de su amistad y de la importancia de cuidar de la naturaleza.
Desde entonces, María siempre llevaba la pluma blanca consigo, como un amuleto de buena suerte y como un símbolo de su amor por la chacra y por todos los seres vivos que la habitaban. Y cada vez que la miraba, recordaba la lección que había aprendido: que incluso las acciones más pequeñas pueden tener un gran impacto en el mundo.
La chacra siguió siendo su lugar favorito, un lugar mágico donde la vida florecía y donde la amistad entre una niña y un venado había demostrado que el amor y la compasión pueden superar cualquier barrera.
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