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Gratis · elegí una vozMariana era muy, ¡muy! alegre. Su risa era como una campanita que tintineaba con cada travesura y cada descubrimiento. Le encantaban los gatos, todos ellos. Grandes, pequeños, gordos, flacos, peludos o casi calvos. En su casa vivían tres: Bigotes, una gata atigrada con un bigote blanco particularmente impresionante; Pelusa, un gatito negro juguetón que siempre se enredaba en sus pies; y Don Gato, un viejo siamés sabio y tranquilo que pasaba la mayor parte del día durmiendo al sol.
Cada viernes, el primo de Mariana, Alejandro, venía a visitarla. Alejandro era un poco más serio que Mariana, pero le encantaba jugar con ella, especialmente con los gatos. Este viernes no fue la excepción. Tan pronto como Alejandro llegó, Mariana lo arrastró al jardín.
"¡Mira, Alejandro! ¡Bigotes está tomando el sol!" exclamó Mariana, señalando a la gata atigrada que dormía plácidamente sobre una manta vieja.
Alejandro se acercó con cuidado y acarició a Bigotes. "¡Qué bigote tan largo tienes!" dijo.
Bigotes ronroneó suavemente y se acurrucó más en la manta. Mariana y Alejandro pasaron la tarde jugando con Pelusa, lanzándole una pelota de lana y riendo a carcajadas cuando el pequeño gato saltaba y daba volteretas. Don Gato, por supuesto, solo observaba con una mirada de sabia indiferencia.
Cuando llegó la hora de la merienda, la abuela de Mariana los llamó a la cocina. Después de comer galletas y beber jugo de naranja, Mariana y Alejandro volvieron al jardín para seguir jugando. Pero cuando buscaron a Bigotes, ¡ya no estaba!
"¡Bigotes! ¡Bigotes!" llamaron Mariana y Alejandro, pero la gata no apareció.
"¡Oh, no! ¿Dónde estará Bigotes?" preguntó Mariana, con los ojos llenos de preocupación.
Alejandro, siempre el más analítico, dijo: "Primero debemos buscar pistas. Tal vez haya algún rastro que nos indique dónde fue".
Comenzaron a buscar alrededor de la manta, revisando entre los arbustos y debajo de las macetas. De repente, Mariana gritó: "¡Mira! ¡Un bigote! ¡Pero… solo uno!"
En el suelo, justo al lado de la manta, yacía un bigote blanco, ¡exactamente igual al de Bigotes! Pero solo uno. El otro bigote de Bigotes parecía haber desaparecido.
"¡Esto es un misterio!" exclamó Alejandro, con los ojos brillantes de emoción. "¡El misterio del bigote desaparecido!"
Mariana y Alejandro se pusieron manos a la obra para resolver el misterio. Preguntaron a Pelusa, pero el gatito solo maulló y se frotó contra sus piernas. Intentaron hablar con Don Gato, pero el viejo siamés solo bostezó y cerró los ojos.
"Debemos buscar más pistas", dijo Alejandro. "Tal vez Bigotes se haya enganchado el bigote en algo".
Buscaron por todo el jardín, revisando cada flor, cada hoja y cada rincón. Finalmente, Mariana encontró algo brillante atrapado en una rama de un rosal. Era un pequeño trozo de cinta adhesiva, ¡y en él estaba pegado el otro bigote de Bigotes!
"¡Lo encontré! ¡Aquí está el otro bigote!" gritó Mariana, mostrando la cinta adhesiva a Alejandro.
"¡Pero… cómo llegó ahí?" preguntó Alejandro, confundido.
De repente, escucharon un ruido proveniente del garaje. Se acercaron con cuidado y abrieron la puerta. Allí, sobre una mesa, encontraron a Bigotes sentada tranquilamente, observando a la abuela de Mariana mientras envolvía regalos para el cumpleaños de su tía Sofía.
La abuela estaba usando cinta adhesiva para envolver los regalos, y al parecer, Bigotes se había acercado demasiado y uno de sus bigotes se había pegado a la cinta. Al asustarse, Bigotes había tirado de la cinta, llevándose el bigote con ella. El otro bigote, probablemente, se había desprendido en el jardín cuando intentaba liberarse.
Mariana y Alejandro se echaron a reír al darse cuenta de la solución del misterio. La abuela, al verlos, también se unió a la risa.
Con mucho cuidado, despegó el bigote de la cinta adhesiva y lo pegó de nuevo en la cara de Bigotes con un poco de miel. Bigotes, feliz de tener sus bigotes de vuelta, ronroneó y se acurrucó en el regazo de la abuela.
Esa noche, mientras Alejandro se preparaba para irse, Mariana le dijo: "¡Ese fue el mejor misterio de todos!"
Alejandro sonrió. "Sí, y aprendimos que incluso los misterios más grandes pueden tener soluciones muy simples".
Mariana le dio un abrazo a Alejandro y le dijo adiós. Sabía que el próximo viernes, cuando Alejandro volviera, tendrían otra aventura, ¡quizás con otro misterio por resolver! Y con la ayuda de sus gatos, ¡seguro que lo lograrían!
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