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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón escondido del mapa donde las nubes parecen de algodón de azúcar y el sol siempre brilla con un tono dorado, un país maravilloso llamado Romerania. Romerania no era un país común; era famoso en el mundo entero por ser el lugar más fragante de la Tierra. Sus colinas estaban cubiertas de un manto infinito de romero verde, lavanda violeta y flores de azahar que perfumaban hasta el último rincón de las casas.
En el corazón de este aromático lugar vivía Mariana, una niña de ojos vivaces y cabello alborotado que siempre llevaba una ramita de romero detrás de la oreja. Mariana era conocida por su curiosidad inagotable y su amor por la naturaleza. Cada mañana, salía al campo con su canasta de mimbre para recolectar flores secas y ayudar a su abuela a preparar saquitos de olor que repartían entre los vecinos.
Sin embargo, una mañana de primavera, algo extraño sucedió. Al abrir su ventana, Mariana no sintió el habitual abrazo del aroma a bosque y flores. El aire estaba vacío, neutro, como si el mundo se hubiera quedado sin alma. Salió corriendo al jardín y, para su sorpresa, las flores seguían allí, pero no olían a nada. Las abejas daban vueltas confundidas y los pájaros habían dejado de cantar.
—¡Abuela! —gritó Mariana entrando a la cocina—. ¡Romerania se ha quedado sin perfume!
Su abuela, con rostro preocupado, asintió lentamente. —Dice la leyenda, Mariana, que el aroma de Romerania proviene de la Fuente de la Esencia, escondida en la Gran Cueva de los Susurros. Si el corazón de la fuente se entristece o se ensucia, los aromas se desvanecen. Solo alguien con un corazón puro y un gran amor por nuestra tierra puede devolverle su fragancia.
Mariana no lo pensó dos veces. Se calzó sus botas más resistentes, guardó un poco de pan y queso en su morral y emprendió el viaje hacia la Gran Cueva de los Susurros, situada en las montañas más altas del norte. En el camino, se encontró con un zorro de pelaje rojizo llamado Azafrán. El zorro estaba estornudando, pues el polvo gris que ahora cubría las plantas lo molestaba.
—¿A dónde vas con tanta prisa, pequeña humana? —preguntó Azafrán, frotándose el hocico.
—Voy a la Fuente de la Esencia —respondió Mariana con determinación—. Romerania necesita recuperar su aroma. ¿Quieres acompañarme?
Azafrán, que conocía los senderos de la montaña como la palma de su pata, aceptó de inmediato. Juntos cruzaron ríos de agua cristalina y escalaron colinas que antes olían a tomillo. A medida que subían, el paisaje se volvía más gris y silencioso. Finalmente, llegaron a la entrada de la cueva. Era inmensa y de sus paredes colgaban estalactitas que brillaban tenuemente.
En el fondo de la cueva encontraron la Fuente de la Esencia. Pero no era la fuente mágica que Mariana imaginaba. Estaba cubierta por una capa gruesa de ceniza gris y telarañas de olvido. El agua, que debía ser de colores vibrantes, estaba estancada y oscura.
—Es la tristeza del descuido —susurró Azafrán—. La gente se acostumbró tanto al aroma que olvidó cuidar el jardín y dar las gracias a la tierra.
Mariana se acercó a la fuente. Con sus manos pequeñas, comenzó a limpiar la ceniza. Azafrán ayudó usando su cola como un plumero suave. Mariana recordó las canciones que su abuela le cantaba mientras recolectaban romero y empezó a tararear una melodía dulce y llena de gratitud. Mientras cantaba, las lágrimas de emoción de la niña cayeron en el agua estancada.
De repente, un destello verde esmeralda brotó del fondo de la fuente. El agua comenzó a burbujear y a transformarse en un arcoíris líquido. Un estallido de fragancia, más potente y delicioso que cualquier otro que Mariana hubiera sentido jamás, salió disparado de la cueva, viajando por los valles y las montañas de Romerania.
El aroma a romero fresco, a tierra mojada y a flores dulces regresó con una fuerza renovada. Las flores en los campos abrieron sus pétalos de par en par, las abejas retomaron su baile y la alegría volvió a los rostros de los habitantes del país.
Cuando Mariana y Azafrán regresaron al pueblo, fueron recibidos con música y flores. La niña ya no era solo la pequeña recolectora; ahora era la Guardiana de los Aromas. Desde ese día, los habitantes de Romerania nunca olvidaron agradecer a la tierra por sus regalos. Mariana siguió caminando por las colinas, siempre con su ramita de romero tras la oreja, pero ahora acompañada por un zorro rojizo y el perfume más dulce que el mundo haya conocido jamás.
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