Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozMariani era una niña de rizos color caramelo y ojos como dos aceitunas brillantes. Le encantaba jugar, correr y cantar, pero… ¡ay, cómo le costaba escuchar! Su mamá le decía: "Mariani, ¡ponte el abrigo!", y Mariani seguía jugando con sus muñecas. Su papá le pedía: "Mariani, ¡lava tus manos!", y Mariani salía corriendo al jardín. No era que Mariani fuera traviesa, ¡simplemente no escuchaba! Parecía que sus oídos tenían tapones invisibles, especialmente cuando se trataba de instrucciones.
Un día, Mariani fue de excursión con su familia al Bosque de los Susurros. Era un lugar mágico, lleno de árboles altísimos que parecían tocar el cielo, flores de colores vibrantes y pequeños arroyos cantarines. Su abuela, una señora sabia y con una sonrisa arrugada, le advirtió: "Mariani, cariño, no te alejes del camino. El Bosque de los Susurros puede ser confuso para quienes no escuchan."
Mariani, por supuesto, no escuchó. Tan pronto como vio una mariposa azul brillante, la siguió sin pensar, adentrándose cada vez más en el bosque. La mariposa revoloteaba entre los árboles, guiándola a través de un laberinto de hojas y ramas. Mariani reía y corría, olvidándose por completo de las palabras de su abuela.
De repente, la mariposa desapareció. Mariani se detuvo, mirando a su alrededor. Los árboles parecían más altos y oscuros, y los susurros del bosque, que antes eran melodiosos, ahora sonaban como un murmullo confuso. Mariani se dio cuenta de que se había perdido.
El miedo comenzó a apoderarse de ella. Llamó a su mamá y a su papá, pero solo el eco de su voz le respondió. Se sentó al pie de un árbol, con lágrimas corriendo por sus mejillas. "¡Ojalá hubiera escuchado a la abuela!", sollozó.
De repente, escuchó una voz suave. "¿Estás perdida, pequeña?"
Mariani levantó la vista y vio a una ardilla de pelaje rojizo sentada en una rama. La ardilla la miraba con ojos curiosos.
"Sí, me he perdido", respondió Mariani, secándose las lágrimas.
"Para encontrar el camino de regreso, debes escuchar", dijo la ardilla. "El bosque te hablará, pero solo si prestas atención."
Mariani frunció el ceño. ¿Escuchar al bosque? No entendía cómo.
"Cierra los ojos", le indicó la ardilla. "Respira hondo y escucha con el corazón."
Mariani obedeció. Cerró los ojos, respiró hondo y trató de escuchar. Al principio, solo escuchó el viento entre las hojas. Pero luego, poco a poco, comenzó a distinguir otros sonidos: el goteo del agua, el canto de los pájaros, el zumbido de los insectos. Y entre todos esos sonidos, escuchó un susurro suave: "Sigue el arroyo… sigue el arroyo…"
Mariani abrió los ojos y vio un pequeño arroyo que serpenteaba entre los árboles. Recordó que su abuela le había dicho que el arroyo la llevaría de regreso al camino principal. Siguió el arroyo, prestando atención a cada sonido, a cada señal. Escuchaba el crujir de las hojas bajo sus pies, el llamado de un búho a lo lejos, el aroma de las flores silvestres. Por primera vez, Mariani realmente escuchaba.
Después de un rato, escuchó voces familiares. "¡Mariani! ¡Mariani!"
Corrió hacia las voces y vio a su mamá y a su papá, que la abrazaron con fuerza. Estaban muy preocupados.
"¡Estábamos tan asustados!", dijo su mamá.
"¿Cómo supiste dónde encontrarnos?", preguntó su papá.
"La ardilla me ayudó", respondió Mariani. "Me dijo que escuchara al bosque."
Su mamá y su papá se miraron sorprendidos. No habían visto ninguna ardilla.
Desde ese día, Mariani aprendió a escuchar. Ya no ignoraba las instrucciones de su mamá y su papá. Prestaba atención a las conversaciones y a los sonidos que la rodeaban. Descubrió que escuchar no solo la ayudaba a evitar problemas, sino que también le permitía descubrir cosas nuevas e interesantes. Aprendió a escuchar a sus amigos, a sus maestros y, lo más importante, a su propio corazón. Y aunque a veces todavía se distraía, siempre recordaba la lección que aprendió en el Bosque de los Susurros: que escuchar es un regalo valioso, que nos conecta con el mundo que nos rodea y nos ayuda a encontrar nuestro camino. Y de vez en cuando, cuando caminaba por el bosque, creía escuchar el susurro de una ardilla rojiza, agradeciéndole por haber aprendido a escuchar.
Mariani siguió explorando el mundo, pero siempre con los oídos y el corazón bien abiertos. Ahora entendía que escuchar no era solo oír, sino comprender, conectar y aprender. Y aunque a veces el mundo era ruidoso y confuso, ella sabía que siempre podía encontrar la calma y la claridad si simplemente se tomaba un momento para escuchar, como le había enseñado el Bosque de los Susurros.
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