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Gratis · elegí una vozMarie era una niña de ocho años con ojos grandes y curiosos, que vivía en París durante la Revolución Francesa. No vivía en un castillo ni comía pasteles lujosos, como la reina. En cambio, vivía en una pequeña casa en un barrio humilde, donde a menudo el hambre era un invitado no deseado. Su padre era zapatero, y aunque trabajaba duro, no siempre había suficiente dinero para comprar pan.
Un día, mientras Marie ayudaba a su madre a coser, escucharon el clamor de la calle. "¡Libertad! ¡Igualdad! ¡Fraternidad!" gritaban las personas. Marie no entendía todo lo que decían, pero sabía que algo grande estaba pasando. Su madre suspiró y dijo: "Ojalá esta revolución traiga pan para todos".
Esa noche, Marie no podía dormir. Pensaba en el pan. ¡Pan fresco, crujiente! Soñaba con campos de trigo dorados y hornos calientes. De repente, recordó algo que había escuchado a su abuela contar: que una dama llamada Madame Roland, una mujer inteligente y valiente que apoyaba la revolución, a menudo compartía comida con los necesitados.
Al día siguiente, Marie decidió ir a buscar a Madame Roland. Sabía que era una tarea difícil, ya que París era una ciudad enorme y caótica. Pero la idea de conseguir un poco de pan para su familia la llenaba de valentía. Se puso su mejor vestido, uno remendado pero limpio, y salió a la calle.
El camino estaba lleno de gente. Soldados con uniformes azules marchaban con sus rifles. Carros llenos de provisiones pasaban a toda velocidad. Marie caminaba con cuidado, evitando ser pisoteada. Preguntó a varias personas por Madame Roland, pero nadie parecía saber dónde encontrarla. Algunos la miraban con desconfianza, otros simplemente la ignoraban.
Finalmente, después de horas de búsqueda, encontró a un anciano vendiendo flores. Le preguntó tímidamente por Madame Roland. El anciano sonrió y le dijo: "Ah, la dama de la bondad. Vive cerca de la Place des Vosges. Sigue recto por esta calle y luego gira a la derecha".
Marie siguió las indicaciones del anciano y, después de un rato, llegó a una hermosa plaza. Vio una casa elegante con flores en las ventanas. Dudó por un momento, pero luego respiró hondo y tocó el timbre.
La puerta fue abierta por una amable señora con un vestido sencillo. Marie le explicó su situación con voz temblorosa. Le contó sobre su familia, sobre el hambre y sobre su sueño de tener pan. La señora escuchó atentamente, con los ojos llenos de compasión.
"Mi querida niña", dijo la señora, "Soy Manon Roland. Entra, tengo algo para ti".
Marie entró en la casa. Era mucho más lujosa que la suya, pero no se sentía intimidada. Madame Roland la llevó a la cocina, donde había una gran mesa llena de comida. Había pan, queso, fruta y hasta un pequeño pastel.
Madame Roland le dio a Marie una gran hogaza de pan recién horneado. "Toma esto para tu familia", dijo. "Y recuerda, la revolución es para todos, especialmente para los más necesitados".
Marie agradeció a Madame Roland con lágrimas en los ojos. Salió de la casa con el pan en sus brazos. El pan olía delicioso, y sabía que su familia estaría muy feliz.
De camino a casa, Marie vio a un niño pequeño sentado en la calle, llorando. Estaba sucio y hambriento. Marie sintió pena por él. Recordó las palabras de Madame Roland: "La revolución es para todos".
Sin dudarlo, Marie partió un trozo de pan y se lo ofreció al niño. El niño la miró con sorpresa y luego tomó el pan con avidez. Empezó a comer con entusiasmo, y una sonrisa apareció en su rostro.
Marie continuó su camino a casa, sintiéndose feliz y orgullosa. No solo había conseguido pan para su familia, sino que también había compartido un poco de esperanza con otra persona. Sabía que la revolución no sería fácil, pero creía que, con valentía y bondad, podrían construir un futuro mejor para todos.
Cuando llegó a casa, su familia la recibió con alegría. El pan era delicioso, y esa noche todos comieron hasta saciarse. Marie les contó sobre Madame Roland y sobre el niño que había encontrado en la calle. Su familia se sintió inspirada por su generosidad.
Desde ese día, Marie siguió ayudando a los demás. Aprendió que la revolución no solo se trataba de luchar por la libertad, sino también de compartir lo que uno tiene con los que más lo necesitan. Y siempre recordaría el pan de la esperanza, el pan que le había dado Madame Roland y el pan que había compartido con un niño hambriento en las calles de París. Recordaría que incluso en los tiempos más oscuros, la bondad y la esperanza podían florecer.
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