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Gratis · elegí una vozMariela era una jirafa diferente. No es que tuviera dos cabezas, ¡no! Era que sus patas eran… ¡larguísimas! Tanto, que la llamaban Mariela Larguirucha. A veces, Mariela se sentía un poco torpe. Tropezaba con las raíces de los árboles y, cuando jugaba al escondite, ¡siempre la encontraban porque sus patas sobresalían por encima de los arbustos!
Un día, Mariela paseaba por la sabana cuando notó algo extraño. ¡El jardín de la Abuela Elefante había desaparecido! Donde antes florecían las margaritas más hermosas y crecían los tomates más jugosos, ahora solo había tierra seca y algunas rocas. La Abuela Elefante estaba muy triste. Sus orejas, normalmente alegres y ondeantes, colgaban como trapos húmedos.
"¡Ay, Mariela! ¿Qué vamos a hacer? Sin mi jardín, no puedo hacer mi famosa tarta de tomate para el festival de la sabana", suspiró la Abuela Elefante, limpiándose una lágrima con su trompa.
Mariela, a pesar de sus largas y torpes patas, tenía un gran corazón. "¡No se preocupe, Abuela Elefante! ¡Encontraremos su jardín!", exclamó con determinación. "Pero… ¿por dónde empezamos?", preguntó Damián, el pequeño mono que siempre acompañaba a Mariela en sus aventuras.
Mariela pensó un momento. Sus largas patas le permitían ver cosas que otros animales no podían. Se subió a la roca más alta y miró a lo lejos. "¡Miren!", gritó, señalando con su largo cuello. "Veo unas huellas extrañas que se dirigen hacia el Bosque Susurrante".
El Bosque Susurrante era un lugar misterioso y un poco temido por los animales de la sabana. Se decía que allí vivían criaturas extrañas y que los árboles susurraban secretos incomprensibles. Pero Mariela estaba decidida a ayudar a la Abuela Elefante, así que, junto con Damián, se adentró en el bosque.
El bosque estaba oscuro y lleno de sombras. Los árboles se alzaban como gigantes silenciosos, y el suelo estaba cubierto de hojas crujientes. De repente, escucharon un sonido: ¡un hipo! Se acercaron con cuidado y encontraron a un pequeño jabalí, llamado Hugo, llorando desconsoladamente.
"¿Qué te pasa, Hugo?", preguntó Mariela con suavidad.
"¡Me he perdido!", sollozó Hugo. "Estaba jugando con mis amigos y me alejé demasiado. Ahora no sé cómo volver a casa".
Mariela y Damián se miraron. Tenían que encontrar el jardín de la Abuela Elefante, pero no podían dejar a Hugo solo. "¡Nosotros te ayudaremos a encontrar el camino a casa!", dijo Damián.
Gracias a las largas patas de Mariela, pudieron ver por encima de los arbustos y encontrar el camino que Hugo había seguido. Después de un rato, llegaron a la casa de Hugo, donde sus padres lo esperaban con los brazos abiertos. Hugo, muy agradecido, les dijo:
"¡Gracias por ayudarme! Sé algo que les puede interesar. Vi a unos gnomos llevando unas flores y unos tomates hacia la cueva del Monte Gruñón. Parecían muy sospechosos".
¡Los gnomos! Mariela y Damián sabían que los gnomos eran pequeños y traviesos, pero nunca habían robado nada a nadie. Se dirigieron hacia el Monte Gruñón, un lugar rocoso y desolado, donde se decía que vivía un viejo dragón cascarrabias.
Cuando llegaron a la cueva, escucharon risas y cantos. Asomándose con cuidado, vieron a los gnomos disfrutando de un banquete. ¡Estaban comiendo los tomates de la Abuela Elefante y decorando la cueva con sus margaritas!
Mariela, con su voz más fuerte, gritó: "¡Gnomos! ¿Por qué han robado el jardín de la Abuela Elefante?".
Los gnomos se asustaron mucho al ver a Mariela, tan alta y con esas patas tan largas. El jefe de los gnomos, un tipo pequeño con un gorro rojo, se acercó tembloroso.
"Lo sentimos mucho", dijo el jefe gnomo. "Estábamos muy aburridos y queríamos hacer una fiesta. Vimos el jardín de la Abuela Elefante y pensamos que sería perfecto para decorar nuestra cueva".
Mariela respiró hondo. "Robar no está bien", dijo con firmeza. "Deben devolver el jardín a la Abuela Elefante y pedirle perdón".
Los gnomos, arrepentidos, recogieron las flores y los tomates y, junto con Mariela y Damián, volvieron a la sabana. La Abuela Elefante estaba muy contenta de recuperar su jardín. Los gnomos le pidieron perdón y prometieron no volver a robar nada a nadie. Para celebrar el regreso del jardín, la Abuela Elefante preparó la tarta de tomate más grande y deliciosa que jamás se había visto. ¡Todos los animales de la sabana disfrutaron del banquete!
Mariela, la jirafa Larguirucha, se sintió muy orgullosa de haber ayudado a la Abuela Elefante. Descubrió que sus largas patas, aunque a veces torpes, también le permitían ver más allá y ayudar a los demás. Y desde ese día, Mariela Larguirucha fue conocida no solo por sus patas largas, sino también por su gran corazón y su valentía.
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