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Gratis · elegí una vozEn el corazón del Reino Champiñón, donde los hongos hablan y los árboles aplauden cuando alguien cuenta un buen chiste, vivían los famosos hermanos: Mario (el valiente) y Luigi (el… más asustadizo, pero con gran corazón).
Una tarde tranquila, mientras jugaban a lanzar caparazones a una canasta (con puntuación profesional y todo), un pequeño duende con barba de musgo llegó corriendo, agitando los brazos.
—¡Auxilio! ¡Terrible tragedia! ¡Un dragón ha secuestrado a la Princesa Peach! ¡Y no uno cualquiera… es el temido… FLATULENCIO!
Mario alzó una ceja.
—¿Flatulencio?
—Sí, así se llama. Y no, no es un apodo. Se lo puso él mismo. Dice que su aliento derrite montañas… y otras cosas más.
—¿Y qué quiere a cambio de la princesa? —preguntó Luigi, que ya empezaba a sudar frío.
—Dice que quiere... ¡un pastel de champiñones gigantes cubierto de chispitas doradas y un castillo con jacuzzi! ¡¡Y nadie le quiere dar eso!!
Mario se puso serio.
—¡Vamos por la princesa!
El Bosque de las Setas Sospechosas
Los hermanos se internaron en el Bosque de las Setas Sospechosas, acompañados por un grupo de duendes armados con ramitas puntiagudas. El camino era oscuro, y a cada paso crecían más y más setas con cara sospechosa.
—¿Eso nos está mirando? —dijo Luigi señalando una seta con ojos y una sonrisa malvada.
—¡No las toquen! —gritó un duende— ¡Son venenosas! Las planta Flatulencio para intoxicar viajeros… y dice que combinan con la decoración.
Saltando, esquivando y conteniendo la respiración cada vez que una seta los miraba raro, Mario y Luigi avanzaron. Pero entonces…
¡Tortugas Furiosas en Acción!
—¡Cuidado! —gritó otro duende— ¡Tortugas con caparazón giratorio, a las doce!
Una banda de Koopas salvajes, con gafas de sol y música techno, comenzó a girar como trompos endemoniados por el camino.
—¡Sálvese quien pueda! —gritó Luigi mientras una tortuga casi le pule los bigotes.
Mario tomó impulso, pisó una roca, giró en el aire y… ¡PUM! Saltó sobre tres tortugas en línea.
—¡Combo de caparazón triple! —gritó, como si fuera parte de un videojuego.
Una vez pasaron las tortugas (que se fueron girando hasta perderse en el horizonte), los duendes les dieron una hoja mágica.
—Les dará el poder de flotar por unos segundos. Úsenla sabiamente. O para hacer piruetas. Como quieran.
El Castillo del Dragón Flatulencio
Finalmente, llegaron al Castillo de Flatulencio. Era enorme, negro con rayas fucsias (porque el dragón tenía “sentido del diseño”, según él), y olía… cómo decirlo… como si alguien hubiera hecho una sopa de calcetines usados.
Mario y Luigi entraron al castillo tapándose la nariz.
—¡Qué peste! ¡Este castillo necesita ventanas! —dijo Luigi con los ojos llorosos.
En el gran salón, sobre un trono hecho de huesos de mazorcas y cojines de nube, estaba él: el gran, temible, algo redondito y muy oloroso Dragón Flatulencio.
—¡MWAJAJAJA! ¿Han venido por la princesa, eh? —rugió, echando una bocanada de humo verdoso.
—¡Sí! —respondió Mario—. ¡Y no nos iremos sin ella!
—Pues yo no me iré sin mi pastel de champiñones gigantes. ¿Quién va a ceder primero?
—¡Tú! —dijo Luigi, que sorpresivamente lanzó un caparazón hacia un candelabro, que cayó sobre la cola del dragón.
—¡AY, MIS ESCAMAS PREFERIDAS! —gritó Flatulencio mientras trataba de alcanzarse con la garra.
En ese momento, Mario trepó una columna, saltó sobre el trono, y usó la hoja mágica para flotar hacia la jaula encantada donde estaba Peach.
—¡Marioooo! —dijo ella—. ¿Trajiste pastel?
—No, pero traje a Luigi, que es igual de dulce.
Luigi, sorprendido por el cumplido, resbaló y cayó justo en el botón mágico que abría la jaula. ¡Qué suerte!
—¡Salgamos antes de que el dragón se eche otro rugido! —gritó Peach.
Mientras escapaban, Flatulencio trató de perseguirlos, pero al correr, pisó una de sus propias setas venenosas (que había olvidado que estaban ahí).
—¡Ay nooo! ¡Me siento... flatulento! —gritó antes de quedar atrapado en una burbuja mágica que los duendes le lanzaron.
De regreso al Reino
La princesa, Mario, Luigi y los duendes fueron recibidos con una gran fiesta. Había música, pastel de estrellas (sin champiñones venenosos), y globos con la cara de Flatulencio dibujada por los niños del reino.
Peach abrazó a sus héroes.
—Gracias, Mario. Gracias, Luigi. ¿Qué puedo hacer para recompensarlos?
—Podrías... no volver a meterte en castillos de dragones —dijo Luigi, limpiándose el sudor.
—O al menos que el próximo dragón huela mejor —añadió Mario.
Todos rieron, hasta los duendes, que brindaron con jugo de zarzaparrilla.
Y así, con bigotes en alto y corazones contentos, los hermanos Bross regresaron a casa, listos para su siguiente aventura... ¡pero con mascarillas, por si acaso!.
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