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Gratis · elegí una vozMariola era una niña de pelo marrón y flequillo, muy alegre y juguetona. Vivía en una casita pintada de colores, rodeada de un jardín lleno de flores que siempre parecían sonreírle. Cada mañana, Mariola se levantaba con una energía imparable, lista para descubrir nuevas aventuras.
Un día, mientras jugaba al escondite con su gato Bigotes, Mariola notó algo extraño. El arcoíris que solía aparecer después de la lluvia, ese arcoíris brillante y colorido que adornaba el cielo, ¡había desaparecido! Mariola se sintió triste. El arcoíris era como un amigo que siempre la saludaba con sus colores vibrantes.
"¡Bigotes, el arcoíris se ha ido!" exclamó Mariola, con los ojos llenos de preocupación. Bigotes, un gato atigrado muy inteligente, maulló en señal de comprensión y frotó su cabeza contra la pierna de Mariola.
Juntos, Mariola y Bigotes decidieron emprender una búsqueda para encontrar el arcoíris perdido. Mariola se puso sus botas de goma rojas, cogió su mochila favorita y, con Bigotes siguiéndola de cerca, salió de la casa.
Primero, fueron a ver a la señora Rosalba, la florista del pueblo, que siempre tenía las flores más bonitas y conocía todos los secretos del jardín. "Señora Rosalba, ¿ha visto usted el arcoíris? ¡Ha desaparecido!" preguntó Mariola.
La señora Rosalba, con una sonrisa amable, respondió: "Querida Mariola, he notado que el cielo está un poco más gris de lo normal. Quizás el arcoíris se ha ido a descansar a un lugar especial. Intenta buscarlo cerca del río Susurrante, dicen que allí se esconden las hadas y los duendes."
Mariola y Bigotes se dirigieron al río Susurrante. El río cantaba una melodía suave mientras corría entre las piedras. Allí encontraron a Don Ernesto, el pescador, que estaba sentado en la orilla con su caña de pescar.
"Don Ernesto, ¿ha visto usted el arcoíris?" preguntó Mariola.
Don Ernesto se rascó la barba y dijo: "He oído que el arcoíris necesita mucha alegría y risas para mantenerse brillante. Tal vez se ha ido a un lugar donde haya más felicidad. Intenta buscarlo en el Parque de las Sonrisas, allí siempre hay niños jugando y riendo."
Mariola y Bigotes corrieron al Parque de las Sonrisas. El parque estaba lleno de niños jugando, corriendo y riendo. Mariola buscó por todas partes, pero no encontró ni rastro del arcoíris.
De repente, Mariola vio a una niña sentada sola en un banco, con la cabeza gacha y los ojos llenos de lágrimas. Mariola se acercó a ella con cuidado.
"Hola," dijo Mariola, "¿estás bien?"
La niña levantó la vista y dijo: "No, estoy muy triste. He perdido mi osito de peluche favorito."
Mariola sintió mucha pena por la niña. Sin pensarlo dos veces, Mariola sacó de su mochila su juguete favorito, un pequeño oso de trapo llamado Tito, y se lo ofreció a la niña.
"Toma, puedes quedarte con Tito," dijo Mariola, "él te hará compañía y te ayudará a sentirte mejor."
La niña miró a Tito con sorpresa y luego abrazó a Mariola con fuerza. "¡Muchas gracias!" exclamó la niña, con una sonrisa radiante.
En ese mismo instante, ¡algo mágico sucedió! Un rayo de luz brillante iluminó el cielo y, de repente, ¡el arcoíris apareció de nuevo, aún más brillante y colorido que antes!
Mariola se dio cuenta de que el arcoíris no se había ido realmente. Simplemente necesitaba un poco de amor, alegría y generosidad para volver a brillar. Mariola aprendió que la felicidad no se encuentra buscando algo especial, sino compartiendo lo que tenemos con los demás.
Mariola y Bigotes regresaron a casa con el corazón lleno de alegría. Esa noche, Mariola miró al cielo y vio el arcoíris brillando con fuerza. Sabía que siempre que hubiera amor y generosidad en el mundo, el arcoíris nunca desaparecería.
Al día siguiente, Mariola fue al parque y encontró a la niña jugando felizmente con Tito. Mariola se sintió muy contenta de haber compartido su juguete favorito. Y cada vez que veía el arcoíris en el cielo, recordaba la aventura del arcoíris perdido y la importancia de compartir la alegría con los demás.
Mariola continuó siendo una niña alegre y juguetona, siempre dispuesta a ayudar a los demás y a compartir su felicidad. Y Bigotes, su fiel compañero, siempre estuvo a su lado, listo para vivir nuevas aventuras. Juntos, Mariola y Bigotes demostraron que incluso la más pequeña acción de bondad puede iluminar el mundo y traer de vuelta el arcoíris perdido.
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