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Gratis · elegí una vozMariví era una niña lotera. No lotera de comprar boletos, sino lotera de tener mucha suerte y repartirla. Era simpática como un sol de verano, cariñosa como un abrazo de oso y divertida como un payaso haciendo malabares con plátanos. Su risa era contagiosa, como un estornudo en un salón lleno de gente. Pero en su clase, había un muro de piedra llamado Ernesto. Ernesto era... antipático. Siempre fruncía el ceño, nunca reía y parecía que le molestaba hasta el canto de los pájaros.
Un día, la maestra, Doña Clementina, anunció un proyecto: ¡Sembrar un jardín en el patio de la escuela! Mariví saltó de alegría. Le encantaban las flores, las mariposas y la tierra suave entre sus dedos. Ernesto, en cambio, puso los ojos en blanco. "Qué aburrimiento", murmuró.
Doña Clementina asignó a cada niño un compañero. ¡Oh, no! Adivinen a quién le tocó a Mariví: ¡Ernesto! Mariví, optimista como siempre, se acercó a él con una sonrisa radiante. "¡Hola, Ernesto! ¡Vamos a sembrar las flores más bonitas del mundo! ¿Qué te parece si plantamos girasoles? ¡Son como pequeños soles que nos alegran el día!"
Ernesto la miró con desdén. "Los girasoles son amarillos. El amarillo es un color soso. Prefiero las plantas carnívoras."
Mariví no se desanimó. "¡Plantas carnívoras! ¡Qué interesante! Pero, ¿por qué no plantamos un poquito de todo? Así tendremos un jardín lleno de sorpresas."
Ernesto gruñó, pero no dijo nada más. Así que, al día siguiente, comenzaron a trabajar. Mariví, con su energía inagotable, cavó agujeros, plantó semillas y regó las plantitas con cuidado. Ernesto, por su parte, se dedicó a observar a los bichos con una lupa, criticando la forma de las hormigas y la lentitud de los caracoles.
Un día, Mariví encontró una pequeña lombriz de tierra. "¡Mira, Ernesto! ¡Es una lombriz! ¡Ellas ayudan a que la tierra sea más fértil!" Ernesto la miró con desconfianza. "Las lombrices son asquerosas y babosas."
Mariví, en lugar de enojarse, le explicó con paciencia cómo las lombrices ayudan a las plantas a crecer. Le contó historias de tierras lejanas donde las lombrices eran consideradas sagradas. Ernesto, sorprendentemente, escuchó con atención. Por primera vez, pareció mostrar un poco de interés.
Pasaron los días y el jardín comenzó a florecer. Los girasoles se alzaron hacia el cielo, las margaritas sonreían al sol y hasta las plantas carnívoras mostraban sus afilados dientes con orgullo. Mariví seguía siendo la misma niña alegre y cariñosa, pero Ernesto... Ernesto parecía un poco menos gruñón. Incluso, una vez, Mariví lo sorprendió observando una mariposa con una leve sonrisa en los labios.
Un día, una terrible tormenta azotó la escuela. El viento sopló con fuerza, la lluvia cayó a cántaros y el jardín quedó destrozado. Las flores estaban caídas, las plantas rotas y la tierra cubierta de barro. Mariví llegó al jardín con el corazón encogido. ¡Todo su trabajo se había ido al traste!
Ernesto también estaba allí, observando el desastre con su habitual expresión seria. Mariví sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. De repente, sintió una mano en su hombro. Era Ernesto. "No te preocupes, Mariví", dijo con una voz suave que Mariví nunca le había escuchado. "Podemos arreglarlo. Podemos volver a sembrar."
Mariví lo miró sorprendida. ¿Ernesto... siendo amable? Juntos, comenzaron a recoger las flores caídas y a limpiar el barro. Ernesto, para sorpresa de todos, demostró ser un jardinero muy hábil. Sabía cómo entutorar las plantas rotas y cómo proteger las semillas del viento. Trabajaron duro, con paciencia y dedicación.
Después de varios días de arduo trabajo, el jardín volvió a ser hermoso. Las flores se alzaron de nuevo, las plantas se recuperaron y la tierra volvió a estar llena de vida. Pero lo más importante es que algo había cambiado en Ernesto. Su rostro ya no era tan adusto. Su mirada ya no era tan fría. Incluso, a veces, se le escapaba una pequeña sonrisa.
Un día, Mariví le preguntó: "Ernesto, ¿por qué antes eras tan... serio?"
Ernesto se encogió de hombros. "No sé. Supongo que pensaba que sonreír era una tontería. Pero ahora... ahora me doy cuenta de que es contagioso." Y, por primera vez, Ernesto sonrió de verdad. Una sonrisa grande, brillante y sincera. Una sonrisa que iluminó todo el jardín.
Mariví comprendió que Ernesto no era un muro de piedra, sino una semilla que necesitaba ser regada con cariño y paciencia. Y ella, Mariví, la niña lotera, había tenido la suerte de ser la jardinera que lo ayudó a florecer. Desde ese día, Mariví y Ernesto se convirtieron en los mejores amigos, compartiendo risas, aventuras y, por supuesto, el cuidado de su hermoso jardín. Y Ernesto, el niño que antes era antipático, aprendió que la sonrisa, al igual que la suerte, es algo que se puede compartir y multiplicar.
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