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Érase una vez un niño llamado Martín a quien le gustaba leer cuentos de dragones, jugar al fútbol con sus amigos y comer montañas de helado de fresa. Martín era muy feliz haciendo sus actividades durante el día, pero esa felicidad se terminaba cuando escuchaba a su mamá decir “¡es hora de bañarse!” con singular alegría. La voz de su mamá resonaba como un trueno lejano, anunciando el fin de la diversión y el comienzo de una tortura, al menos así lo veía Martín.
Martín se escondía detrás del sillón, debajo de la mesa del comedor, ¡incluso una vez intentó camuflarse entre los peluches de su cama! Ponía cualquier pretexto cuando su mamá le decía que era momento de asearse. Decía que tenía que terminar un capítulo importantísimo de su libro, que el partido de fútbol aún no había terminado (aunque ya estuviera solo en el patio), o que el helado de fresa lo estaba esperando con ansias en el congelador (aunque se lo hubiera comido todo hace una hora).
Después de unos días a Martín se le juntó tanta mugre en el cabello que ya no pudo peinarse. Sus rizos castaños, que normalmente parecían un remolino de hojas secas en otoño, ahora parecían un nido de pájaros abandonado. Era como si el polvo de todas sus aventuras se hubiera instalado permanentemente en su cabeza, formando una capa impenetrable. Lo cual fue un excelente motivo para que un piojito, llamado Pío, decidiera ahí mudarse. Pío era un piojito aventurero, siempre en busca de un nuevo hogar confortable y lleno de… bueno, de lo que comen los piojos.
Mientras tanto, el piojito estaba muy cómodo y feliz en la cabellera de Martín. Se sentía como si hubiera encontrado el paraíso: un mundo cálido, oscuro y lleno de comida deliciosa. Pío estaba tan contento que decidió llamar a su familia para vivir ahí. Les envió un mensaje por correo… bueno, no exactamente por correo, sino por una especie de señal de piojo a piojo, que era mucho más rápida y eficiente. Pronto, una legión de piojitos, incluyendo a su abuela Piojilda, su tío Piojoso y sus primos Piojín y Piojita, se mudaron al cabello de Martín.
A Martín no le importó esa situación al principio. Estaba demasiado ocupado leyendo sus libros y jugando al fútbol como para notar la pequeña colonia que se había instalado en su cabeza. Sin embargo, después de un tiempo ya no pudo aguantar la comezón. Era una comezón insoportable, una comezón que lo obligaba a rascarse la cabeza sin parar. Se rascaba en clase, durante la cena, incluso mientras dormía. Parecía un osito rascándose contra un árbol.
Tanto se rascaba Martín, que su mamá, preocupada por su hijo, lo llevó al doctor. El doctor, después de examinar la cabeza de Martín con una lupa, le recomendó de manera urgente darse un buen chapuzón. “¡Un buen baño con champú especial!”, exclamó el doctor con una sonrisa. “¡Y peinarse con un peine fino!”
Al escuchar la recomendación del doctor, el piojito Pío y su familia demostraron mucha preocupación y pensaron firmemente qué hacer para arreglar la situación. Se reunieron en una asamblea de emergencia en la raíz del cabello de Martín. La abuela Piojilda propuso construir un sistema de túneles subterráneos para escapar del champú. El tío Piojoso sugirió disfrazarse de caspa. Los primos Piojín y Piojita simplemente lloraban desconsoladamente. Pío, sin embargo, tuvo una idea.
“¡Debemos convencer a Martín de que los baños son malísimos!”, exclamó Pío. “¡Debemos hacerle creer que el agua es nuestro peor enemigo!” Así que, durante la noche, mientras Martín dormía, Pío y su familia comenzaron a susurrarle al oído: “¡Los baños son terribles! ¡El agua te va a congelar! ¡El champú te va a dejar sin pelo!”
Pero Martín, aunque soñoliento, escuchó al doctor en su mente. Recordó la comezón insoportable y la mirada preocupada de su mamá. Ese día Martín aprendió la lección y decidió bañarse todos los días. No solo se bañó, sino que se lavó el pelo con el champú especial y se peinó con el peine fino. ¡Incluso disfrutó del agua tibia corriendo por su cuerpo! Descubrió que el baño no era tan terrible como pensaba, sino que era refrescante y relajante, lo cual le hace sentir una gran emoción.
Finalmente, los piojitos no tuvieron otra opción que mudarse a otra cabeza llena de mugre en donde pudieran todos juntos acurrucarse. Empacaron sus pequeñas maletas, se despidieron con tristeza del cabello de Martín y partieron en busca de un nuevo hogar. Se dice que encontraron un nuevo hogar en la cabeza de un espantapájaros, donde viven felices hasta el día de hoy.
Colorín colorado, este cuento se ha terminado.
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