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Gratis · elegí una vozMartina era una niña muy especial. No tenía hermanos, pero sí dos mascotas muy particulares: Amadeo, un perro salchicha con una personalidad de payaso, y Gato, un gato siamés con aires de nobleza. Martina los quería con todo su corazón, ¡como si fueran sus propios hijos!
Un día, Martina estaba jugando en el parque con Amadeo. Amadeo, con su cuerpo largo y patitas cortas, corría detrás de una ardilla con entusiasmo desmedido. Gato, por su parte, observaba la escena desde una banca, con una mirada de superioridad felina. De repente, una niña pequeña, llamada Sofía, se acercó a Martina.
"¡Qué perro tan gracioso!" exclamó Sofía, señalando a Amadeo, que ahora estaba intentando escalar un árbol sin mucho éxito. "¿Es tu hijo?"
Martina se quedó helada. "¿Mi hijo? ¡No! Amadeo es mi... mi... ¡mi perro!", respondió, aunque sintió un pequeño pinchazo de duda. La forma en que quería a Amadeo y a Gato era diferente, sí, pero ¿no se parecían acaso al amor que una madre siente por sus hijos? Los cuidaba, los alimentaba, jugaba con ellos, se preocupaba cuando estaban enfermos…
Más tarde, de vuelta en casa, Martina estaba cepillando el suave pelaje de Gato. El gato ronroneaba suavemente, disfrutando de la atención. "Gato", le dijo Martina, "¿alguna vez te has sentido como... como mi hijo?"
Gato abrió un ojo, la miró con su mirada penetrante, y luego volvió a cerrar los ojos, como si la pregunta fuera demasiado insignificante para merecer una respuesta. Pero Martina no podía sacarse la idea de la cabeza. ¿Acaso estaba loca? ¿Era normal querer tanto a tus mascotas que las consideraras parte de tu familia… incluso como hijos?
Esa noche, Martina tuvo un sueño muy extraño. Soñó que Amadeo y Gato se habían transformado en dos bebés adorables. Amadeo, con sus orejas caídas y su entusiasmo contagioso, gateaba por toda la casa, riendo a carcajadas. Gato, con su elegancia innata y su mirada seria, observaba a Amadeo con una expresión que oscilaba entre la exasperación y el cariño. Martina, en el sueño, los abrazaba a los dos, sintiendo un amor inmenso.
Al despertar, Martina se sintió confundida. ¿Qué significaba ese sueño? Decidió hablar con su abuela, una mujer sabia y comprensiva. "Abuela", le dijo Martina, "¿es normal querer tanto a tus mascotas? A veces siento que Amadeo y Gato son como mis hijos".
La abuela sonrió. "Mi querida Martina", dijo, "el amor puede tomar muchas formas. El amor que sientes por tus mascotas es un amor puro y sincero. Los cuidas, los proteges, los amas incondicionalmente. En cierto sentido, sí, son parte de tu familia, y puedes considerarlos como hijos si así lo sientes en tu corazón".
Las palabras de su abuela tranquilizaron a Martina. Entendió que no había nada de malo en querer a Amadeo y a Gato como si fueran sus hijos. Lo importante era el amor que sentía por ellos, y el cariño que ellos le correspondían.
Al día siguiente, Martina preparó un festín especial para Amadeo y Gato. Les puso un plato extra de su comida favorita, les dio muchos mimos y jugó con ellos durante horas. Amadeo ladraba de alegría, moviendo la cola sin parar. Gato, por su parte, ronroneaba suavemente, frotándose contra las piernas de Martina.
Esa tarde, Sofía volvió al parque. "¡Hola, Martina!" saludó Sofía. "¿Cómo está tu... perro?"
Martina sonrió. "¡Hola, Sofía!" respondió. "Amadeo está muy bien. Y Gato también. Son mis mejores amigos, mi familia... ¡son como mis hijos!"
Sofía la miró con curiosidad, pero no dijo nada. Simplemente sonrió y comenzó a jugar con Amadeo. Martina se sentó en la banca, observando a los dos, sintiendo una inmensa felicidad. Había aceptado su forma especial de querer a Amadeo y a Gato, y sabía que ellos la querían a ella de la misma manera.
Desde ese día, Martina siguió cuidando de Amadeo y Gato con el mismo amor y dedicación. Aprendió a entender sus necesidades, a respetar sus personalidades, y a disfrutar de su compañía. Amadeo seguía siendo un payaso, Gato seguía siendo un noble, y Martina seguía siendo la niña especial que los amaba con todo su corazón, como si fueran sus propios hijos. Y al final, eso era lo que realmente importaba: el amor, la amistad y la familia, sin importar la especie.
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