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Había una vez una niña llamada Martina Isabella Martín, de 4 años de edad. Vivía en una casita color pastel con un jardín lleno de flores que parecían sacadas de un cuento de hadas. Martina Isabella, o Tina para abreviar, tenía el cabello rizado como un sol pequeño y ojos grandes y curiosos que brillaban con cada nueva aventura que imaginaba.
Un día soleado, después de un chaparrón repentino, Tina salió a explorar su jardín. El aire olía a tierra mojada y a rosas recién florecidas. De repente, ¡allí estaba! Un arcoíris, brillante y hermoso, se extendía desde su jardín hasta más allá de las colinas. Tina nunca había visto un arcoíris tan cerca. Era tan vibrante que parecía que podía tocarlo.
"¡Oh! ¡Qué maravilla!" exclamó Tina, con los ojos brillando de emoción. Pero justo cuando extendía su manita para tocar el color rojo del arcoíris, ¡puf! El arcoíris empezó a desvanecerse. Primero el rojo, luego el naranja, después el amarillo… ¡Hasta que desapareció por completo!
Tina se quedó boquiabierta. "¡No! ¿A dónde se fue?" Se sintió muy triste. El arcoíris era tan bonito y ahora se había ido. Decidida a encontrarlo, Tina se puso sus botas de goma amarillas, tomó su regadera (por si acaso las flores necesitaban un poco más de agua) y emprendió su aventura.
Primero, caminó hasta el final de su jardín, donde encontró a Don Conejo, un conejo anciano con gafas en la nariz, mordisqueando una zanahoria. "Buenos días, Don Conejo", dijo Tina. "¿Ha visto usted a dónde se ha ido el arcoíris?"
Don Conejo se quitó las gafas y miró a Tina con curiosidad. "¿El arcoíris? ¡Claro que sí! Lo vi escabullirse hacia el Bosque Susurrante. Pero ten cuidado, pequeña. Dicen que el bosque está lleno de travesuras."
Tina, sin miedo, agradeció a Don Conejo y se adentró en el Bosque Susurrante. Los árboles eran altos y sus hojas susurraban secretos al viento. El sol apenas se colaba entre las ramas, creando sombras danzantes. Tina cantaba una canción alegre para no tener miedo.
De repente, escuchó un llanto. Siguió el sonido hasta que llegó a un pequeño claro. Allí, sentada en una seta gigante, estaba una hada con alas rotas. "¿Qué te pasa, pequeña hada?" preguntó Tina con dulzura.
El hada sollozó. "Estaba pintando el arcoíris cuando, ¡ay! Me caí y me rompí una ala. Ahora no puedo volar y el arcoíris se ha escapado."
Tina pensó por un momento. "¡Ya sé! Yo te ayudaré a arreglar tu ala." Con mucho cuidado, Tina usó una hoja grande y un poco de savia de árbol para crear un vendaje para el ala del hada.
"¡Muchas gracias!" exclamó el hada, sintiéndose mucho mejor. "Ahora puedo volar y ayudarte a encontrar el arcoíris. Sigamos el rastro de colores."
Juntas, Tina y el hada siguieron un rastro de pequeñas manchas de color que el arcoíris había dejado caer. El rastro las llevó a través del Bosque Susurrante, cruzando un río cantarín y subiendo una colina empinada.
Finalmente, llegaron a una cueva oscura y misteriosa. "Aquí termina el rastro", dijo el hada con un poco de miedo. "Pero dicen que en esta cueva vive un dragón dormilón."
Tina, aunque un poco asustada, respiró hondo y entró en la cueva. El aire era frío y húmedo. En el fondo de la cueva, acurrucado sobre una montaña de tesoros, dormía un dragón verde. El dragón tenía una pequeña botella de cristal a su lado. Dentro de la botella, ¡estaba el arcoíris!
Tina se acercó al dragón con cuidado. Vio que el dragón parecía triste, incluso mientras dormía. Tina recordó que a veces, cuando estaba triste, necesitaba un abrazo. Con valentía, Tina acarició suavemente la cabeza del dragón.
El dragón abrió un ojo. Al ver a Tina, no rugió ni escupió fuego. En cambio, suspiró. "¿Quién eres tú?" preguntó con voz ronca.
"Soy Tina", respondió la niña. "Y estoy buscando el arcoíris. ¿Por qué lo tienes guardado?"
El dragón suspiró de nuevo. "Lo guardé porque estaba solo. El arcoíris es tan bonito y me hace sentir menos solo."
Tina entendió. A veces ella también se sentía sola. "Pero el arcoíris es para todos", dijo Tina. "Debería estar en el cielo para que todos puedan disfrutarlo."
El dragón lo pensó un momento. Luego, con cuidado, le entregó la botella a Tina. "Tienes razón. El arcoíris debe ser libre."
Tina y el hada salieron de la cueva. Tina abrió la botella y, ¡puf!, el arcoíris salió volando, volviendo a pintar el cielo con sus colores brillantes. El dragón salió de la cueva y sonrió al ver el arcoíris. Ya no se sentía solo. Tenía dos nuevas amigas.
Tina, el hada y el dragón jugaron juntos hasta que el sol se puso. Tina regresó a su casita color pastel, sintiéndose muy feliz. Había recuperado el arcoíris, hecho nuevas amigas y aprendido que a veces, la valentía y la amabilidad pueden solucionar cualquier problema. Y cada vez que veía un arcoíris, recordaba su maravillosa aventura y sonreía.
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