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Había una vez una niña llamada Martina. A la pequeña le encantaba ver dibujos animados de día y de noche. Un día, se despertó para ir al colegio y se dio cuenta de que tenía un gran poder... ¡descubrió que tenía la capacidad de cambiar la televisión de canal con solo pensarlo! Era algo asombroso y al principio le pareció muy divertido.
Su madre le dijo: "Martina, deja un rato la televisión, estás todo el día pegada a esa pantalla."
Ella le reclamó: "Pero Mamá, ¡estoy aprendiendo muchas cosas! ¿Sabías que salen charcos de barro en el suelo cuando llueve? ¡Lo vi en la tele!"
Podíamos ver que Martina era muy inteligente gracias a los programas que veía en la TV. Gracias a ellos aprendió datos muy curiosos, vocabulario en inglés y desarrolló un gran gusto por los animales. Sabía qué comían los osos polares, cómo se llamaban las diferentes partes de una flor y hasta podía contar hasta diez en inglés. Sin embargo, cuando sus padres le decían que ya era la hora de irse a dormir, se enfadaba mucho al no poder seguir viendo la tele. Quería ver más aventuras, aprender más cosas, ¡no quería perderse nada!
De repente, un día que estaba enfadada en el sofá porque su madre la había castigado sin ver la tele, de repente encontró un objeto extraño entre los cojines del sofá… ¡era un mando pequeño y brillante! No era un mando como los que había visto antes. Este era de un color plateado reluciente y parecía estar hecho de polvo de estrellas.
El mando tenía un botón de color dorado que decía: "Púlsame y crea".
Martina pensó: "¿Pasará algo si lo toco? Tal vez explote o me convierta en una rana… ¡qué emoción!"
Con un poco de miedo, pero mucha curiosidad, Martina pulsó el botón dorado. De repente, la televisión dejó de funcionar (¡para siempre!), pero todo el salón se iluminó de blanco. Poco a poco, comenzaron a aparecer elementos de sus programas favoritos: charcos de barro que olían a tierra mojada, animales de todas clases, nubes de algodón que flotaban en el aire, ¡incluso un pequeño volcán de chocolate!.
Martina recorrió todos los rincones del salón, recordando cada programa que había visto. Se imaginó miles de historias diferentes con cada elemento que iba viendo en el salón. El charco la recordaba a las aventuras de un patito feo, las nubes a un viaje en globo y los animales a una granja llena de amigos.
Jugó con los animales de su granja favorita, acariciando a las ovejas y dándole zanahorias a los conejos. Saltó entre las nubes, sintiéndose como si estuviera volando por el cielo. ¡Incluso probó un poquito del volcán de chocolate! No podía creer todo lo que estaba viendo, ¡se lo estaba pasando súper bien! Era mucho mejor que ver la televisión.
Al terminar, estaba muy feliz de todo lo que se había divertido y aprendido. Se sentía llena de energía y con la cabeza llena de ideas. Corrió a contárselo a sus padres, con la esperanza de que pudieran entender lo que había vivido.
Martina llamó a su madre y le dijo: "¡Mamá, he saltado en charcos de agua, he saltado entre las nubes y jugado con animales! ¡He creado todo un mundo en el salón! ¿Has visto?"
Su madre, al principio sorprendida por el desorden (¡había plumas y barro por todas partes!), sonrió al ver la cara radiante de su hija. "¿Has visto todo lo que has conseguido crear?", le dijo. "Pues todo ha sido usando tu imaginación, Martina. La televisión solo te mostraba cosas, pero tú tienes el poder de crear tus propias historias."
La niña se quedó pensativa. Miró el mando brillante en su mano y luego a su madre. "Tienes razón mamá", dijo. "A partir de ahora no veré tanto la televisión y crearé mis propias historias yo. ¡Que divertido ha sido!"
Desde aquel día, Martina dejó de ver tanto la televisión y empezó a usar su propia imaginación para crear miles de historias. Transformaba su habitación en un castillo, el jardín en una selva y la cocina en un laboratorio científico. Aprendió que la imaginación era mucho más poderosa que cualquier pantalla.
Además, le iba enseñando a todos sus amigos y amigas a poder crear y jugar con ella. Les contaba historias, les proponía juegos y les animaba a usar su propia imaginación. Juntos construyeron mundos fantásticos y vivieron aventuras increíbles.
Un día, Martina reunió a todos sus amigos y les dijo: "¿Queréis crear más historias conmigo? ¡El mundo está lleno de posibilidades!"
Y así, Martina y sus amigos siguieron explorando los límites de su imaginación, aprendiendo, creando y divirtiéndose juntos, ¡mucho más que si estuvieran viendo la televisión! Descubrieron que la mejor aventura es la que uno mismo crea.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Y si no te ha gustado, ¡inventa uno mejor!
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