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Había una vez una niña llamada Martina a la que le gustaba molestar mucho a todas las personas y criaturas que se cruzaban en su camino. No es que Martina fuera una niña malvada, pero sentía una curiosidad traviesa que la impulsaba a esconder los anteojos del abuelo, a jalarle las trenzas a su prima Sofía o a asustar a los gatitos del vecindario saltando detrás de los arbustos gritando: «¡Bú!». Para Martina, el mundo era un gran patio de juegos donde el objetivo principal era ver las reacciones de sorpresa o enfado de los demás. Sus padres le decían constantemente que llegaría un día en que sus bromas se volverían en su contra, pero ella solo se encogía de hombros y buscaba su próxima víctima. Una tarde de otoño, mientras el sol se ocultaba tiñendo el cielo de un color naranja intenso, Martina decidió que sería divertido esconder las herramientas del jardinero, el señor Bruno. El pobre hombre estaba terminando de podar los rosales y, cuando se dio la vuelta para buscar sus tijeras, Martina ya se las había llevado corriendo hacia el viejo desván de su casa. «¡Martina, vuelve aquí!», gritó el señor Bruno, pero la niña solo soltó una risita cristalina y desapareció por la puerta principal. El desván era un lugar lleno de polvo, cajas viejas y muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas inmóviles. Martina dejó las tijeras sobre un baúl de madera y se dispuso a bajar, pero algo extraño sucedió. Su propia sombra, que siempre la seguía obedientemente bajo la luz de la bombilla solitaria, comenzó a moverse de forma independiente. Martina se quedó helada. Vio cómo su sombra se estiraba, se separaba de sus pies y comenzaba a reír con un eco silencioso. De pronto, la sombra de Martina le quitó el lazo del pelo y lo lanzó lejos. «¡Oye, eso es mío!», exclamó Martina, olvidando por un momento que estaba hablando con una silueta de oscuridad. Pero la sombra no se detuvo ahí. Empezó a desordenar las cajas, a tirar los libros viejos y a hacerle cosquillas a Martina en los pies, justo cuando ella intentaba atraparla. Por primera vez en su vida, Martina experimentó lo que sentían los demás cuando ella los molestaba. Se sentía frustrada, un poco asustada y muy, muy incómoda. Intentó salir del desván, pero otras sombras empezaron a surgir de los rincones. La sombra de una silla se convirtió en un gigante que bloqueaba la puerta, y la sombra de una percha parecía un brazo largo que intentaba atrapar su mochila. Las sombras no eran malas, simplemente estaban imitando el comportamiento de Martina. Estaban «molestando» tal como ella lo hacía a diario. Martina se sentó en el suelo y empezó a llorar bajito. «Por favor, basta. No me gusta esto», sollozó. En ese momento, una voz suave y profunda surgió de entre los trastos viejos. Era la sombra del abuelo, que se proyectaba desde una antigua fotografía en la pared. «Martina», dijo la sombra con calma, «las sombras son el reflejo de lo que hacemos. Si tú siembras molestias, cosecharás sombras inquietas. El mundo te devuelve lo que tú le das». Martina comprendió entonces el peso de sus acciones. Pensó en la cara de tristeza del señor Bruno, en el susto de los gatitos y en el enojo de su prima Sofía. Se dio cuenta de que su diversión siempre era a costa de la paz de los demás. Con el corazón latiendo fuerte, Martina miró a su propia sombra y dijo: «Lo siento mucho. Prometo que desde ahora usaré mis juegos para hacer reír, no para molestar». Casi mágicamente, la sombra volvió a sus pies, pegándose suavemente a sus zapatos. Las demás sombras regresaron a su lugar, volviendo a ser objetos inanimados bajo la luz tenue. Martina bajó las escaleras a toda prisa, tomó las tijeras del jardinero y salió al jardín. El señor Bruno todavía estaba buscando, rascándose la cabeza con preocupación. «Señor Bruno, perdone. Se me cayeron y las encontré en el pasillo», mintió un poquito, aunque su intención era enmendar el error. El jardinero le sonrió con alivio y le dio las gracias. Al día siguiente, Martina sorprendió a todos. En lugar de esconder los anteojos del abuelo, se los limpió con cuidado y se los entregó con un beso. En lugar de jalarle el pelo a Sofía, le propuso jugar a las escondidas, pero esta vez sin trucos pesados. Los vecinos notaron un cambio increíble. La niña que antes era un torbellino de molestias se había convertido en una fuente de alegría y ocurrencias divertidas. Una noche, antes de dormir, Martina miró su sombra proyectada en la pared del cuarto por la lámpara de noche. La sombra le hizo un gesto de saludo con la mano y Martina le devolvió la sonrisa. Había aprendido que el respeto y la amabilidad eran mucho más divertidos que cualquier broma pesada. Desde entonces, en aquel pequeño pueblo, todos recordaban la historia de la niña que hablaba con las sombras, y Martina nunca más volvió a molestar a nadie, prefiriendo siempre ser la razón de una sonrisa genuina.
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